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sobre Xeresa
Pueblo entre naranjos y montaña con ruta botánica hacia el Mondúver
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Las campanas de San Antonio de Padua repican a las siete y media de la mañana cuando todavía la niebla del marjal no se ha levantado. Desde la plaza, el sonido rebota contra las fachadas de tonos pastel y se pierde hacia el Mondúver, la montaña que vigila este rincón de la Safor. Si uno piensa en el turismo en Xeresa a esa hora temprana, la escena no tiene nada de turística: un par de coches que pasan despacio, alguna persiana que se abre y el olor a pan caliente que se escapa a la calle.
El tiempo que se queda quieto
Caminar por el casco antiguo es encontrarse con portones de madera gastada por el sol y herrajes que han ido oxidándose con los años. La iglesia, levantada entre los siglos XVII y XVIII, tiene esa torre cuadrada tan común en la Safor: muros gruesos y un campanario sobrio que se ve desde casi cualquier punto del pueblo.
Las calles siguen un trazado irregular que recuerda a la antigua alquería musulmana de Xaresa. No quedan restos visibles de aquella etapa, pero el dibujo del barrio antiguo —calles que se estrechan, esquinas que obligan a girar— suele delatar ese origen.
En el parque de les Oliveres hay dos olivos que aquí se consideran milenarios. Sus troncos retorcidos parecen más anchos que altos, y el mayor necesita varias personas para rodearlo con los brazos. Están en medio del pueblo, creciendo lentamente desde mucho antes de que los moriscos fueran expulsados en 1609 y las tierras cambiaran de manos.
Donde el agua cuenta historias
La Font del Molí, que suele fecharse hacia el siglo XV, sigue manando agua fría entre piedras húmedas y algo de musgo. Durante siglos marcó uno de los puntos clave del riego tradicional de la huerta. Desde aquí el agua se repartía por acequias y pequeños canales que los agricultores todavía identifican por su nombre.
Hoy muchos campos usan sistemas modernos, pero todavía hay parcelas donde el agua corre despacio por la acequia, haciendo ese sonido continuo que se oye desde el camino cuando todo lo demás está en silencio.
El lavadero municipal, construido a principios del siglo XX, conserva los pilones de piedra alineados bajo una estructura sencilla. Durante décadas fue un lugar de conversación diaria. Ahora se usa poco, aunque en verano no es raro ver a chavales jugando con el agua o a algún vecino refrescando el suelo con una manguera. Las losas tienen el desgaste de miles de golpes de ropa contra la piedra.
La tierra que mira al mar
La ruta que cruza la marjal de Xeresa atraviesa una llanura agrícola protegida de varios cientos de hectáreas. Los caminos de tierra pasan entre acequias, campos de cítricos y pequeñas zonas de vegetación salina. En otoño, algunas plantas como la salicornia cambian a tonos rojizos que contrastan con el verde oscuro de los naranjos.
El mar queda a unos seis kilómetros en línea recta, pero se nota en el aire. Algunos días llega una brisa ligera que trae olor salado y enfría un poco las tardes de verano.
La Ruta dels Corrals sube hacia el Mondúver por senderos pedregosos donde aún aparecen antiguos corrales de piedra seca. A medida que se gana altura el paisaje se abre: hacia el este se adivina la línea del Mediterráneo; hacia el interior, las sierras de la Safor levantan perfiles duros, casi dentados.
Cuando el pueblo se viste de fiesta
En agosto suelen celebrarse las fiestas patronales dedicadas a Sant Isidre y a la Mare de Déu dels Dolors. Durante esos días las calles cambian bastante: balcones con mantones, mesas largas en la calle y música que se alarga hasta bien entrada la madrugada. La verbena es el centro de todo: gente de varias generaciones bailando pasodobles o simplemente charlando con una cerveza en la mano.
La celebración de la Mare de Déu del Carme, en julio, suele ser más tranquila. Aunque la tradición está ligada al mar, aquí se vive en la plaza del pueblo, con cenas populares improvisadas donde aparecen tomates recién cogidos, pimientos asados y melones abiertos a navaja.
Cómo perderse sin prisa
El sendero señalizado PR‑CV 153 sube hacia la Font del Mondúver en una ruta que ronda los 16 kilómetros entre ida y vuelta. Hay tramos de subida sostenida y conviene llevar agua, sobre todo en verano. El recorrido atraviesa zonas de pinar y claros desde donde se ve buena parte de la Safor.
La fuente aparece al final, brotando directamente de la roca caliza. Bajo los árboles cercanos siempre hay algo de sombra y la temperatura baja unos grados, lo que se agradece después de la subida.
Para visitar la necrópolis islámica de Xeresa normalmente hay que pedir información en el ayuntamiento. Se encuentra en la zona industrial de La Servana, entre naves modernas y carreteras de servicio. Allí se documentaron centenares de tumbas excavadas en la roca, datadas entre los siglos X y XIII. Resulta extraño caminar por ese lugar sabiendo que durante siglos fue un espacio funerario musulmán orientado hacia La Meca.
Cuándo ir: la primavera suele ser el momento más agradable. Los naranjos están en flor y el aroma se nota incluso al entrar al pueblo en coche. En verano el calor aprieta y las rutas por la montaña se hacen más duras a partir del mediodía. Agosto trae ambiente y reencuentros familiares, pero también más ruido y tráfico en calles que normalmente son tranquilas.
Xeresa no vive de grandes monumentos ni de la playa —aunque la costa esté cerca—. Aquí el ritmo sigue marcado por la huerta, la montaña del Mondúver y las estaciones de la naranja. Quien pase unos días lo notará enseguida: las horas se miden más por la luz del día que por el reloj.