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sobre Serra
Corazón de la Sierra Calderona con castillo y rutas de montaña muy populares
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Hay algo gracioso en subir al castillo de Serra: te pasas un buen rato caminando por un sendero que parece que no va a ninguna parte y, de repente, boom, acabas en una roca alta con media sierra delante. Si el día está claro, el horizonte llega muy lejos, hacia el Mediterráneo. Es como cuando subes al ático de casa de tu abuela y descubres que desde allí se ve todo el barrio, pero aquí en versión montaña y con mucho más viento.
El castillo que no es un castillo (pero funciona)
Lo primero que te dicen cuando llegas a Serra es: “sube al castillo”. Y piensas: vale, otro castillo más. Pero en realidad lo que hay arriba no es el típico castillo de torres redondas. Son restos de una fortaleza de época andalusí, levantada cuando lo importante era controlar el territorio, no salir bien en las fotos.
Las piedras que quedan llevan siglos ahí arriba, encajadas en la roca como si formaran parte de la montaña. Y la subida deja claro por qué eligieron este sitio. Cuesta. Cada curva parece la última y el sendero decide que no, que todavía queda otro tramo más.
Cuando llegas arriba se entiende todo: el viento pega fuerte y la sierra se abre en todas direcciones. Sacas el móvil para hacer una foto, la miras, y piensas lo mismo que pensamos todos: esto en pantalla pierde bastante.
Las torres que vigilaban el territorio
Si te quedas con ganas de más altura, en Serra hay un recorrido conocido como la Ruta de las Torres. Son varias torres defensivas repartidas por las colinas cercanas —Ria, la Ermita, Satarenya, la del Señor— levantadas en el mismo contexto que la fortaleza.
La gracia del asunto es cómo funcionaban juntas. Desde una torre se veía la siguiente, y así podían avisarse con señales de humo o fuego cuando algo no iba bien. Una cadena de avisos que cruzaba la sierra colina a colina. Pensarlo hoy tiene algo curioso: un sistema de mensajes rapidísimo… pero del siglo medieval.
La Cartuja de Porta Coeli y su historia tranquila
Después de tanto sendero y tanta piedra, el contraste llega bajando hacia la Cartuja de Porta Coeli. Es un monasterio cartujo fundado en el siglo XIII en un valle bastante cerrado, rodeado de pinos y silencio.
El edificio que se ve hoy es posterior, fruto de reformas y ampliaciones, pero el lugar sigue teniendo ese aire calmado que suelen tener las cartujas. Aquí vivió Bonifacio Ferrer, a quien tradicionalmente se atribuye una de las primeras traducciones de la Biblia al valenciano en el siglo XV. Pensarlo impresiona un poco: páginas y páginas copiadas y traducidas a mano, siglos antes de que existiera algo parecido a un procesador de texto.
Serra, un pueblo que vive a su ritmo
Serra ronda los tres mil y pico habitantes. No es un pueblo museo ni pretende parecerlo. Hay coches aparcados, gente que sube la compra por cuestas, vecinos que se saludan en la calle. Vida normal.
Está dentro del Parque Natural de la Sierra Calderona, y eso se nota enseguida. Desde el propio pueblo salen senderos en varias direcciones, aparecen fuentes en mitad del monte y el paisaje cambia rápido entre barrancos, pinares y lomas rojizas. Conducir por aquí también tiene lo suyo: curvas, más curvas, y la sensación constante de que la carretera intenta adaptarse como puede a la montaña.
Consejo de amigo: ven con tiempo
Mi consejo después de pasar por Serra es sencillo: no vengas con prisa. Entre la subida al castillo, algún tramo de la sierra y un paseo por el pueblo, el día se va solo.
Lleva agua y algo de comida en la mochila. Cuando empiezas a subir hacia las ruinas no hay nada arriba salvo piedra, viento y vistas largas.
Y si al final del día te sientas a comer por la zona, pregunta por el conejo al romero. Es una preparación bastante típica de la sierra: carne sencilla, hierbas del monte y aceite de oliva. Cocina de la que no necesita mucha explicación.
Serra tiene sus cosas: hace viento, algunas cuestas se notan en las piernas y el casco urbano no es de esos que parecen sacados de una postal. Pero tiene otra ventaja: sigue siendo un pueblo vivido, no un decorado. Y eso, cuando sales a caminar por la Calderona, se agradece bastante.