Artículo completo
sobre Sollana
Pueblo arrocero junto a la Albufera con el paraje del Tancat de Milia
Ocultar artículo Leer artículo completo
El turismo en Sollana se entiende mejor si se empieza por el agua. El municipio está en la Ribera Baixa, muy cerca de la Albufera, en un territorio que durante siglos fue marjal. La presencia de la Acequia Real del Xúquer —uno de los grandes sistemas de riego históricos del llano valenciano— explica por qué aquí hay arrozales, huerta y naranjos donde antes predominaban zonas salobres. El canal empezó a desarrollarse tras la conquista cristiana del siglo XIII y todavía hoy sigue organizando el paisaje y buena parte de la vida agrícola.
A primera hora del día, cuando la niebla se queda baja sobre los campos de arroz, el sonido del agua es constante. No es un detalle menor: durante generaciones marcó los ritmos de riego y, en la práctica, la economía local.
El agua que ordena el pueblo
La trama de Sollana tiene bastante que ver con ese sistema de acequias. El casco antiguo creció junto a los canales principales y muchas calles siguen su dirección. Son vías rectas, sin grandes desniveles, con casas bajas que miran hacia la huerta. En esta parte de la Ribera la arquitectura doméstica siempre ha tenido algo de funcional: portales amplios, patios para las labores agrícolas y fachadas sencillas.
La Acequia Real del Xúquer riega una superficie muy amplia de la Ribera y continúa siendo clave para el cultivo del arroz y los cítricos. El reparto del agua sigue reglas tradicionales de riego que, con matices, se mantienen desde hace siglos.
Cerca de ese trazado hidráulico se levanta también la torre‑castillo, el elemento más antiguo que suele señalarse en el municipio. Su origen no está del todo claro, aunque se relaciona con estructuras defensivas medievales vinculadas al control del territorio agrícola y de los caminos hacia la Albufera.
Restos y memoria del pasado
A varios kilómetros del núcleo urbano se encuentra la torre de Trullás. Es una construcción aislada, cilíndrica y muy sobria, asociada a un antiguo asentamiento de época islámica que desapareció con el tiempo. Hoy queda la torre como referencia en medio del paisaje de arrozales.
El camino hasta allí atraviesa parcelas agrícolas y acequias menores; es un recorrido habitual para quienes salen en bicicleta por esta parte de la Ribera. En invierno, cuando los campos están inundados, el terreno se convierte en una lámina de agua donde la torre aparece casi como una isla.
Dentro del pueblo, la llamada iglesia del Raval ocupa el lugar donde hubo un convento mercedario que desapareció en el siglo XIX tras los procesos de desamortización. La portada conserva rasgos renacentistas y el edificio mantiene la presencia que suele tener este tipo de templos en los barrios históricos.
A este lugar se asocia un dicho popular valenciano: «tens més tecles que l’orgue de Sollana». Se refiere a alguien que habla demasiado. El órgano al que alude la expresión ya no se conserva, pero el refrán sigue escuchándose en la comarca.
Fiestas y calendario agrícola
Como en muchos pueblos de la Ribera Baixa, el calendario local está bastante ligado al campo. Durante el otoño suelen organizarse ferias o jornadas relacionadas con los productos de la huerta y los cítricos, cuando la recolección empieza a notarse en las calles.
La principal celebración religiosa se dedica a Santa María Magdalena, en julio. Es un momento en que las tradiciones musicales valencianas —dulzaina y tabal— vuelven a ocupar el centro del pueblo y las procesiones recorren las calles del casco antiguo.
Cómo acercarse y recorrerlo
Sollana está a poca distancia de València y se puede llegar por carretera en poco tiempo. También hay conexión de transporte público con la capital y con otros municipios de la Ribera.
El casco urbano se recorre andando sin dificultad. Los puntos que suelen llamar más la atención están cerca entre sí: la torre‑castillo, la iglesia del Raval y algunos elementos ligados al antiguo sistema hidráulico, como pozos y acequias históricas.
Quien tenga algo más de tiempo puede seguir alguno de los caminos que salen hacia la marjal y los arrozales. Son trayectos llanos, muy usados por ciclistas, que ayudan a entender cómo el agua y la agricultura han dado forma al paisaje de Sollana. En primavera, cuando florecen los naranjos, el aire mezcla el olor de azahar con la humedad de la marjal, una combinación muy característica de esta parte de la Ribera.