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sobre Tavernes de la Valldigna
Ciudad entre mar y montaña con playa turística y la Cueva del Bolomor
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El olor a azahar te atraviesa antes de ver el pueblo. Es marzo y los naranjos de la huerta están en flor, un perfume dulce que se mezcla con la humedad salada que llega desde el mar, a unos pocos kilómetros. Desde la estación del tren —la línea que hoy conecta València con Dénia— se ve la sierra que cierra la Valldigna como una herradura abierta hacia el Mediterráneo.
Tavernes queda en medio de ese hueco: montaña detrás, mar delante y, entre ambos, una llanura de huerta y marjal donde los caminos rectos pasan entre acequias y campos de naranjos.
El monasterio en el centro de la Valldigna
Las piedras del Real Monasterio de Santa María llevan aquí más de siete siglos. Jaime II impulsó su fundación a finales del siglo XIII y durante mucho tiempo fue el corazón religioso y económico de todo el valle.
El arco de Sant Bernat sigue en pie, grande y algo solemne, marcando la entrada al recinto. Al cruzarlo, el ruido de la carretera desaparece y queda solo el viento moviendo la hierba seca. En algunos muros todavía se adivinan restos de pintura y en la iglesia, cuando el sol entra por los huecos sin vidrio, la luz cae en rectángulos muy definidos sobre el suelo.
Durante siglos el monasterio fue un lugar de trabajo además de oración. Los monjes cultivaban la huerta del valle y, según recogen varios estudios históricos, aquí funcionó una de las primeras imprentas del antiguo Reino de Valencia.
Entre semana suele haber bastante tranquilidad. Los fines de semana es frecuente ver grupos de ciclistas que recorren la ruta que enlaza varios monasterios de estas comarcas.
Subir hacia Sant Llorenç y mirar el valle desde arriba
La sierra empieza prácticamente detrás del pueblo. En cuanto el asfalto se acaba aparece una pista de tierra rojiza que se mete entre pinos carrascos y romero. Cuando el sol calienta, el aire huele a resina y a monte seco.
La subida hacia la zona de Sant Llorenç es constante pero llevadera si se hace con calma. A ratos el sendero se abre y deja ver el valle entero: los naranjos formando un mosaico verde oscuro, las zonas de marjal más claras y, al fondo, el mar como una franja brillante cuando el día está limpio.
Cerca de la ermita hay varias fuentes que tradicionalmente han servido de descanso para senderistas y gente del pueblo que sube a caminar. El agua suele ser fresca incluso en verano, aunque conviene no confiarse y llevar la propia.
Si se alarga la ruta por la cresta, aparecen vistas hacia el castillo de Tavernes, una fortificación de origen islámico que desde lejos parece un bloque de piedra apoyado sobre la colina.
En días de viento la sierra puede ser incómoda; es mejor subir a primera hora de la mañana o al final de la tarde, cuando la luz cae más suave sobre el valle.
Lo que se cocina en las casas
En Tavernes la cocina sigue muy pegada a lo que sale de la huerta y de la marjal. En el mercado semanal —que todavía reúne a bastante gente mayor del pueblo— se ven capazos con judía plana, alcachofas en invierno y sacos de naranjas cuando empieza la temporada fuerte.
El arroz aquí suele ser más caldoso de lo que mucha gente espera. Se cocina despacio y se come en familia, más en casas que fuera. Antes del arroz no es raro que aparezcan pequeños fritos de pescado de la zona o platos sencillos como el espencat: berenjena y pimiento asados, aliñados con aceite y servidos sobre pan.
Los fines de semana, en algunas panaderías del pueblo se preparan cocas saladas desde muy temprano. Si pasas por la mañana, todavía sale el olor a masa caliente por la puerta.
La playa cuando el verano aún no ha llegado
La playa de Tavernes es larga y bastante recta, varios kilómetros de arena fina que en invierno parecen todavía más amplios. Fuera de la temporada alta el paseo marítimo queda casi vacío y solo se ven pescadores con las cañas clavadas en la orilla o gente caminando cerca del agua.
Cuando sopla levante el mar se vuelve oscuro y ruidoso; otros días amanece completamente plano, con una luz gris clara que se queda suspendida sobre la línea del horizonte.
En julio y agosto el ambiente cambia mucho. Si se busca algo de calma, conviene bajar temprano, antes de media mañana, o acercarse caminando hacia los extremos de la playa, donde suele haber más espacio.
Entre la playa principal y la zona de la Goleta todavía quedan pequeños pinares que dan algo de sombra y amortiguan el viento de la costa.
Un valle que sigue marcado por las cosechas
En Tavernes el calendario todavía se entiende mirando el campo. La naranja temprana empieza a recogerse en otoño, en invierno llegan las variedades más tardías y en marzo el azahar vuelve a perfumar todo el valle.
El sonido del tren que cruza la llanura sigue siendo parte del paisaje. Pasa entre huertos y acequias camino de la costa, y por la mañana temprano se oye a lo lejos como un rumor metálico que atraviesa la huerta todavía cubierta de rocío.