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sobre Albaida
Villa histórica con un importante conjunto monumental y tradición en la elaboración de cera y textiles
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Hay un momento, justo cuando atraviesas el arco de la calle Mayor, en el que entiendes de qué va el turismo en Albaida. No es un golpe de efecto ni una plaza monumental que te deje boquiabierto. Es más bien una suma de cosas pequeñas: las campanas marcando la hora, alguien charlando desde un balcón, el olor a pan que sale de alguna casa cercana. Y piensas: vale, esto funciona de otra manera.
El truco de los títeres
El MITA (Museu Internacional de Titelles) es como ese amigo que colecciona cosas raras y al principio no sabes muy bien qué pensar… hasta que te lo enseña. Y entonces te quedas un rato más del previsto.
El museo está dentro del antiguo palacio de los Milà i Aragó y reúne títeres de medio mundo. Hay muchísimos —más de mil, según cuentan— y de estilos muy distintos. Algunos parecen sacados de un teatro de barrio, otros tienen un aire ceremonial que impone bastante.
Lo mejor es cuando aparecen los títeres tradicionales de Albaida, hechos con cartón. Sí, cartón. Durante años se fabricaban con lo que había a mano, a veces incluso con cajas reutilizadas. Ese tipo de inventiva muy de pueblo: si no hay materiales finos, se tira de ingenio.
La coca de mollitas (y otras cosas que se comen aquí)
Pedir una coca de mollitas en Albaida es un poco como pedir un plato muy local en casa de alguien: si no sabes lo que es, te miran un segundo para ver de dónde sales.
La base recuerda a una pizza blanca, pero arriba lleva miga de pan desmenuzada con aceite, ajo y pimentón. Suena simple —lo es—, pero funciona. Crujiente por arriba, tierna por dentro. De esas cosas que empiezas probando por curiosidad y acabas terminando sin darte cuenta.
La olla de blat juega en otra liga. Es un guiso con trigo que se ha cocinado aquí desde hace generaciones. Tiene ese aspecto de plato contundente que antes se hacía para alimentar a media familia con lo que hubiera en la despensa. Hoy se sigue preparando por tradición… y porque entra muy bien cuando aprieta el frío.
Cuando el pueblo se mueve
En verano, alrededor de la Fira de Sant Jaume, Albaida cambia bastante el ritmo. Aparecen puestos en las calles, huele a comida recién hecha y la sensación es la de una feria de las de antes: vecinos que se paran a hablar, críos correteando y gente que ha vuelto al pueblo por unos días.
También suelen organizar actividades culturales a lo largo del año. Una de las más curiosas gira alrededor del libro y la edición artesanal. Si te cruzas con alguien explicando cómo se encuaderna un libro como si fuera cirugía, seguramente estás en una de esas jornadas.
Pasear un poco antes de comer
Alrededor de Albaida hay varios caminos fáciles de seguir. La llamada ruta dels Molins recorre el entorno del río y pasa por antiguos molinos hidráulicos. Hoy quedan restos, paneles y tramos de sendero bastante tranquilos. Es el típico paseo que haces sin prisa, más por estirar las piernas que por marcar kilómetros.
La Senda de l’Albaida sigue en parte la ribera. En algunos puntos el agua se remansa y, cuando hace calor, no es raro ver a chavales chapoteando. Es de esos momentos en los que piensas que la gente del pueblo tiene gimnasio natural gratis.
El momento de irse
Albaida no es un lugar que te deje sin palabras a los cinco minutos. Funciona más bien como esos bares de siempre: no son los más espectaculares de la ciudad, pero cuando pasas cerca acabas entrando.
Tiene su ritmo, sus costumbres y un par de cosas bastante singulares —lo de los títeres no se ve todos los días—. Y además se recorre fácil.
Mi consejo: ven una mañana, date una vuelta por el casco histórico, entra al museo de los títeres y busca una panadería donde tengan coca de mollitas. Con eso ya tienes una buena foto del pueblo.
Luego te vas. Y probablemente, algún día que pases cerca otra vez, te apetezca parar. Porque Albaida tiene justo ese tipo de sitio que no necesita llamar demasiado la atención para quedarse en la memoria.