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sobre Bellús
Pequeña población conocida por el embalse que lleva su nombre y sus aguas termales antiguas
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A media mañana, en el borde del pueblo, una hilera de naranjos se extiende hacia la llanura. La luz todavía es suave y se queda pegada a las hojas, que mezclan verdes brillantes con el naranja apagado de la fruta madura. En Bellús, en plena Vall d’Albaida, la agricultura no es solo el paisaje que rodea al pueblo: es el ritmo que marca el día. Con poco más de trescientos habitantes, aquí las horas se reparten entre los campos, las conversaciones cortas en la calle y ese olor constante a tierra húmeda y cítricos que aparece cuando el riego termina.
El pequeño centro del pueblo
El casco urbano se recorre en pocos minutos. La iglesia de Sant Pere Apòstol, de origen del siglo XVI, ocupa el punto más reconocible: una plaza sencilla con bancos de piedra y farolas de hierro. A ciertas horas del día apenas pasa nadie y lo único que se oye es el eco de los pasos sobre las losas.
Desde allí salen calles cortas —Carrer Major, Carrer de la Pau— que conservan el aspecto de los pueblos agrícolas de la comarca: puertas anchas de madera, rejas oscuras en las ventanas y portones pensados para carros o animales. Las fachadas son sobrias, algunas con cal ya algo gastada por el sol. No hay demasiadas concesiones a lo decorativo; las casas responden más a la utilidad que a otra cosa.
Caminos entre huertos y acequias
En cuanto se sale del núcleo urbano aparecen los caminos rurales. Muchos siguen el trazado de acequias antiguas que todavía llevan agua hacia los campos. Caminar por aquí significa avanzar entre parcelas pequeñas: naranjos, algunos olivares, huertos que cambian de aspecto según la estación.
En primavera el azahar se nota incluso antes de verlo. El olor queda suspendido en el aire, sobre todo después de una lluvia reciente. No hace falta planificar una ruta concreta; basta con elegir un camino y seguirlo un rato. Eso sí, conviene dejar el coche en el pueblo y continuar a pie, porque las pistas agrícolas se estrechan enseguida y siempre hay tractores entrando o saliendo de las parcelas.
Desde alguna loma baja cercana se entiende bien la forma de la Vall d’Albaida. Los bancales dibujan líneas muy precisas en la tierra y, al fondo, aparecen las sierras que cierran el valle. También se escucha a ratos el paso lejano de los coches por la A‑7, recordando que el silencio aquí nunca es absoluto.
Mientras se camina van apareciendo detalles: corrales medio abandonados, eras de piedra donde antes se trabajaba el grano, herramientas viejas apoyadas contra un muro. Algunas siguen en uso; otras simplemente se han quedado ahí.
Fiestas y costumbres que siguen en el calendario
Las tradiciones del pueblo siguen marcando algunos momentos del año. En verano suelen celebrarse las fiestas dedicadas a Sant Pere Apòstol, cuando las calles se llenan más de lo habitual y hay procesiones y encuentros vecinales.
En enero, alrededor de San Antonio Abad, es habitual ver la bendición de animales. Caballos, perros y algún que otro animal de granja pasan frente al sacerdote mientras los vecinos reparten dulces tradicionales como los rollets d’anís. Son celebraciones pequeñas, muy de pueblo, donde casi todos se conocen.
Un paseo corto para entender el lugar
Si pasas por Bellús con poco tiempo, basta con una vuelta tranquila por el centro y después salir hacia alguno de los caminos agrícolas que empiezan en las afueras. En menos de media hora ya estás rodeado de campos.
El terreno es bastante llano, con pendientes suaves. No hay grandes rutas señalizadas, pero sí muchos caminos que se cruzan entre sí. A menudo terminan en una pequeña elevación desde la que se ve el valle entero.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
Entre primavera y principios de otoño el paisaje tiene más movimiento: brotes verdes, floración de los naranjos, campos en actividad. En verano el calor aprieta bastante al mediodía; si vas a caminar, mejor hacerlo temprano o cuando el sol empieza a bajar.
Tras lluvias fuertes algunos caminos de tierra se vuelven resbaladizos y el barro se pega bien a las suelas. Llevar calzado cerrado ayuda.
Bellús está a unos 70 kilómetros de Valencia. Se llega por la A‑7 y después por carreteras comarcales que atraviesan la Vall d’Albaida entre campos. El último tramo es tranquilo pero algo estrecho, así que conviene conducir sin prisas.
El pueblo tiene pocos servicios orientados al turismo. Muchos visitantes pasan solo unas horas, combinándolo con otros pueblos de la comarca. Y quizá esa sea la forma más natural de conocerlo: una parada breve, un paseo entre huertos, el olor de los naranjos en el aire y el sonido lejano del agua corriendo por las acequias.