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sobre El Palomar
Pueblo tranquilo con chopos y zonas recreativas naturales
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A media mañana, cuando el sol empieza a calentar los bancales de la Vall d’Albaida, los caminos alrededor de El Palomar todavía guardan algo de humedad del riego nocturno. Si caminas despacio se nota en el aire: tierra mojada, hojas de naranjo, y ese olor ligeramente amargo de los almendros cuando están en flor. El pueblo aparece sin demasiada ceremonia, con sus calles cortas y tranquilas y el sonido ocasional de una persiana que se abre.
El Palomar está en la parte central de la Vall d'Albaida, entre Albaida y Montaverner, en una zona de huerta y pequeños campos que cambian de color según la estación. Aquí viven algo menos de seiscientas personas y el ritmo sigue bastante ligado al campo. No es raro ver tractores cruzando despacio la calle principal o vecinos cargando cajas de fruta en una furgoneta al caer la tarde.
Rastro de siglos en sus construcciones
El punto más reconocible es la iglesia parroquial de San Miguel Arcángel. El edificio actual tiene origen en el siglo XVI, aunque ha pasado por varias reformas con los años. Desde la plaza se ve el campanario asomando por encima de las casas bajas, y cuando suenan las campanas el sonido se esparce rápido porque el pueblo es pequeño y las calles están muy cerca unas de otras.
Las casas mantienen bastante del aspecto tradicional: fachadas claras, balcones de hierro y portones de madera que en verano suelen quedar entreabiertos para que circule el aire. Entre ellas aparecen algunas viviendas más grandes, levantadas cuando la agricultura de la zona tenía más peso económico. Aún se ven aleros de teja vieja, paredes gruesas y patios interiores donde suele haber un limonero o un pozo.
Si sales andando hacia los márgenes del pueblo, enseguida empiezan los caminos agrícolas. Muchos pasan entre bancales de almendros y naranjos, separados por muros bajos de piedra seca. En invierno y a comienzos de primavera la luz cae muy limpia sobre estos campos, y desde las pequeñas lomas cercanas se ve bien el mosaico de parcelas que rodea El Palomar.
Caminar por los alrededores
Más que un lugar para pasar muchas horas dentro del casco urbano, El Palomar funciona como base tranquila para moverse por esta parte de la Vall d’Albaida. Hay varios caminos rurales que salen del propio pueblo y enlazan con sendas que utilizan agricultores y vecinos para moverse entre campos.
Uno de los recorridos más sencillos atraviesa zonas de cítricos y pequeñas acequias. En días templados se oye el agua correr y el zumbido constante de los insectos entre las hojas. Otros caminos suben poco a poco hacia colinas bajas desde las que se ve buena parte del valle.
Conviene llevar calzado cerrado y agua, incluso en trayectos cortos. En verano el calor aprieta pronto, y a partir del mediodía caminar por los caminos sin sombra puede hacerse pesado. La época más agradable suele ir desde finales de invierno hasta mediados de primavera, cuando los almendros están en flor y los campos todavía conservan humedad.
Lo que se come en casa
La cocina que se mantiene en El Palomar es la de interior valenciano: platos de cuchara cuando refresca y arroces contundentes en reuniones familiares. Entre ellos aparece el arròs amb fesols i naps o distintos arroces secos hechos con productos de la zona.
También es habitual la matanza del cerdo en casas que conservan esa costumbre, de donde salen embutidos curados durante el invierno. Son sabores directos, sin demasiadas complicaciones, pensados para comer después de una mañana de trabajo en el campo.
Fiestas y momentos del año
Las celebraciones dedicadas a San Miguel Arcángel suelen concentrar buena parte de la vida social del pueblo a finales de septiembre. Durante esos días hay procesiones, música en la calle y reuniones largas entre vecinos. No es una fiesta pensada hacia fuera; más bien se vive de puertas adentro, con familiares que vuelven al pueblo para pasar unos días.
En primavera ocurre algo más silencioso: la floración del almendro. Los caminos de alrededor se llenan de blancos y rosados muy suaves, y muchos vecinos salen a caminar por los bancales al atardecer, cuando la luz baja y el valle queda casi en silencio.
Llegar y moverse
Desde Valencia se llega en coche en algo menos de una hora, entrando a la Vall d’Albaida por carreteras comarcales que atraviesan campos y pequeños núcleos. El acceso al pueblo es sencillo y se puede aparcar en calles cercanas al centro sin demasiada vuelta, sobre todo entre semana.
Si vas en pleno verano, merece la pena madrugar o esperar a última hora de la tarde para pasear. A mediodía el calor se queda pegado a las paredes blancas y el pueblo se recoge, como hacen muchos lugares del interior valenciano. Luego, cuando cae el sol, vuelven las conversaciones en la calle y el ruido de las sillas arrastrándose en las puertas de las casas.