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sobre Salem
Pueblo a los pies del Benicadell rodeado de naturaleza y fuentes
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A primera hora de la mañana, cuando el sol empieza a tocar las fachadas de la calle Mayor, Salem todavía está medio en silencio. Alguna persiana se abre, se oye una puerta de garaje, y el canto de los mirlos baja desde los almendros que hay en los huertos cercanos. La luz entra entre las ramas y dibuja manchas irregulares sobre las paredes encaladas. En un pueblo pequeño como este, el día arranca despacio y casi siempre con ese mismo ritmo.
Salem, en la Vall d’Albaida, apenas supera los cuatrocientos habitantes. Está a unos 360 metros de altitud, en una zona donde el paisaje agrícola sigue marcando el calendario. Olivos, almendros y algo de viña ocupan buena parte de las laderas cercanas. A finales de invierno los almendros florecen antes de que el resto del campo despierte, y durante unos días los bancales se llenan de blanco y rosa pálido. Después llega el verde más seco del verano y, con el otoño, el tono oscuro de los olivares.
Si uno se fija desde las pequeñas elevaciones que rodean el pueblo, se entienden mejor esas laderas trabajadas durante generaciones: terrazas sostenidas por muros de piedra seca que zigzaguean pendiente arriba. No son grandes extensiones continuas, sino parcelas estrechas, adaptadas a lo que permitía la montaña.
Calles tranquilas y huellas del pasado agrícola
El centro de Salem se recorre en poco tiempo. La iglesia parroquial de Santa María ocupa uno de los puntos visibles del casco urbano. Su aspecto es sobrio, con un campanario rectangular que sobresale entre los tejados. El edificio ha pasado por varias reformas —algo habitual en pueblos de este tamaño— y el interior mezcla elementos de distintas épocas: arcos sencillos, paredes claras y algunos retablos que suelen situarse en torno al siglo XVIII.
Alrededor de la iglesia empiezan calles estrechas donde todavía se ven detalles de la vida agrícola que sostuvo el pueblo durante décadas. Puertas de madera gruesa, portones altos por donde entraban carros, rejas de hierro ya algo gastadas por el tiempo. En algunas casas aún se distinguen antiguos corrales o dependencias donde se guardaban animales y herramientas.
De vez en cuando aparece un patio interior con macetas de romero o albahaca. Cuando el sol cae por la tarde, ese olor a plantas aromáticas se mezcla con el de la tierra seca de los huertos cercanos.
Caminos entre bancales y barrancos
El paisaje que rodea Salem no funciona como telón de fondo: es parte del día a día. Desde el propio pueblo salen varios caminos rurales que cruzan campos en terrazas y pequeñas zonas de monte bajo. Algunos siguen el curso de barrancos estacionales que solo llevan agua después de lluvias fuertes.
Hay senderos que conectan con pueblos cercanos de la Vall d’Albaida, y otros simplemente rodean las laderas más próximas. No son recorridos largos ni espectaculares, pero ayudan a entender cómo se organizaba el territorio: parcelas pequeñas, muros de piedra levantados a mano y caminos que serpentean para salvar el desnivel.
En primavera el campo está más activo, con cereal joven y almendros ya cuajados. En otoño la luz se vuelve más baja y el paisaje cambia de color casi cada semana. En verano conviene salir temprano; a media mañana el sol cae directo sobre los bancales y hay pocos tramos con sombra.
Si uno camina en silencio por estas sendas es fácil oír rapaces planeando sobre los campos o el sonido seco de las abubillas entre los matorrales.
Fiestas y vida local
La vida social del pueblo sigue bastante ligada al calendario festivo. En agosto suelen celebrarse las fiestas patronales, cuando regresan muchos vecinos que viven fuera y el pueblo cambia de ritmo durante unos días.
También se mantienen celebraciones religiosas como las de Semana Santa o el Domingo de Ramos, que recorren las calles estrechas del casco urbano con pasos pequeños y participación sobre todo de gente del propio pueblo.
En el ámbito culinario siguen presentes platos tradicionales de la zona. En muchas casas se prepara olleta —un guiso contundente con verduras, legumbres, arroz y carne— y distintas cocas saladas que dependen bastante de lo que haya en la huerta o en la despensa.
Cómo llegar y cuándo ir
Para llegar a Salem desde Valencia lo habitual es dirigirse hacia la comarca de la Vall d’Albaida y, desde la zona de Ontinyent o Albaida, continuar por carreteras comarcales que atraviesan campos y pequeñas sierras. El último tramo ya discurre entre pueblos pequeños y bancales.
Conviene venir con coche, porque el transporte público en esta parte de la comarca es limitado. Aparcar dentro del pueblo suele ser sencillo salvo en días de fiesta.
Primavera y otoño son los momentos más agradables para recorrer los caminos cercanos. En verano el calor aprieta bastante a partir del mediodía, y en invierno las mañanas pueden ser frías aunque el sol suele aparecer pronto.
Salem no es un lugar de grandes monumentos ni de actividad constante. Más bien es uno de esos pueblos donde el paso del tiempo se percibe en los detalles: un muro de piedra cubierto de líquenes, el sonido del viento en los almendros o el olor a tierra húmeda después de una lluvia corta. Aquí lo interesante está en mirar alrededor con calma.