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sobre Sempere
Uno de los pueblos menos poblados con vistas al embalse de Bellús
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A primera hora, cuando el sol todavía llega bajo desde el este, una campana rompe el silencio del valle. Suena seca, breve, y vuelve el murmullo de los campos. En Sempere, un municipio que ronda la treintena larga de habitantes, las mañanas tienen ese ritmo lento de los pueblos pequeños: alguna puerta que se abre, un coche que arranca, y poco más.
Está en la Vall d’Albaida, entre colinas suaves cubiertas de olivos, almendros y parcelas de cultivo que cambian de color según la estación. No hay grandes edificios ni plazas amplias. El pueblo es, básicamente, un pequeño grupo de casas agrupadas en torno a la iglesia, con fachadas encaladas, persianas verdes o marrones y puertas de madera que el sol ha ido aclarando con los años.
La iglesia parroquial, de origen antiguo —suele situarse en época moderna, aunque ha tenido reformas— tiene un campanario sencillo que se ve desde casi cualquier punto del término. Sus muros de piedra clara reflejan mucho la luz del mediodía, de esas horas en las que el pueblo queda prácticamente quieto.
Un puñado de calles
Recorrer Sempere lleva poco tiempo. Las calles son cortas y con pocas bifurcaciones, algunas con ligera pendiente. A ratos el pavimento cambia y deja ver tramos más viejos, y en varias fachadas aparecen balcones estrechos con barandillas de hierro.
En la calle principal todavía se ven casas con portones grandes y tejados de teja árabe, algunos ligeramente combados por el paso de los años. Muchas viviendas guardan patios interiores; desde la calle a veces se escapa el olor de la leña o del almuerzo cuando las puertas quedan entornadas.
No es un sitio de pasear con prisa. En diez minutos lo has cruzado, pero si te quedas un rato empiezan a aparecer detalles: una pared de piedra irregular, una parra que da sombra a una entrada, el sonido de una radio dentro de una casa.
Bancales y caminos alrededor
Al salir del núcleo urbano aparecen enseguida los bancales. La Vall d’Albaida está llena de estas terrazas agrícolas que se adaptan a las laderas, sostenidas por muros de piedra seca. Desde algunos caminos rurales se abre la vista hacia el valle y, en días claros, hacia la zona del embalse de Beniarrés al fondo.
Los almendros cambian mucho el paisaje según el momento del año. A finales de invierno florecen y durante unas semanas el campo se llena de manchas blancas y rosadas. Luego llega el verde más apagado del verano y, más tarde, el tono polvoriento del otoño.
Hay varios caminos agrícolas por los que se puede caminar sin dificultad, aunque conviene llevar agua y algo de protección contra el sol: la sombra escasea fuera del casco urbano.
Vida diaria en un pueblo muy pequeño
Con tan pocos vecinos, el movimiento es limitado. Las tareas del campo siguen marcando parte del día a día, y muchos residentes tienen relación con pueblos cercanos como Albaida, Montaverner o Bufali, donde se concentran los servicios y las tiendas.
En Sempere hay un local social donde a veces se reúnen los vecinos, sobre todo en fechas señaladas. El resto del tiempo el ambiente es tranquilo, incluso en verano.
Fiestas que reúnen a quienes vuelven
Las celebraciones más visibles suelen llegar en verano, cuando regresan familiares y antiguos vecinos. Tradicionalmente se dedica una fiesta a Sant Vicent Mártir, con actos religiosos y algún pasacalle sencillo por las calles del pueblo.
La Semana Santa también se recuerda con actos pequeños, muy locales. No hay grandes procesiones ni despliegues; más bien encuentros entre vecinos que se conocen desde siempre.
Cuándo acercarse
La primavera y el otoño son los momentos más agradecidos para pasear por los caminos de alrededor. La temperatura suele ser suave y el campo cambia bastante de aspecto.
En verano el calor aprieta al mediodía. Si vas, compensa llegar temprano o acercarte al atardecer, cuando la luz cae sobre los bancales y el valle empieza a enfriarse poco a poco.
Sempere no tiene mucho que “ver” en el sentido habitual de una visita turística. Lo que hay es otra cosa: el sonido de las campanas en un pueblo diminuto, el olor de la tierra después de regar un huerto, y esa sensación de que todo ocurre un poco más despacio que en el resto del valle. Una parada corta, pero con tiempo para mirar alrededor.