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sobre Vallada
Conocida por el paraje de las Ermitas y el Túnel del Sumidor cueva kárstica única
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Hay un momento, justo cuando dejas atrás la autovía y empuntas hacia el interior, en el que el paisaje se vuelve más serio. Los naranjos empiezan a desaparecer, aparecen los almendros, y el coche se mete en una carretera que sube con calma. Ese momento suele coincidir con que Vallada ya está cerca. Y con que te das cuenta de que aquí la costa queda bastante lejos.
El pueblo que se esconde detrás del castillo
Llegar a Vallada es un poco como encontrar un cajón olvidado en un armario. No está escondido del todo, pero tampoco te lo tropiezas por casualidad. A unos 75 kilómetros de Valencia, el pueblo se agarra a una ladera a unos 200 metros de altitud. Y si levantas la vista, arriba del todo aparece el Castillo de Umbría, bastante más alto, como vigilando el valle.
No es uno de esos castillos restaurados que parecen recién sacados de una película. Aquí quedan restos, muros, trazas. Pero desde el pueblo impone. Es como ese vecino silencioso que siempre está ahí arriba.
El casco urbano tiene cuestas de las que te hacen cambiar el paso. Casas de piedra, calles estrechas, vida bastante normal de pueblo de interior. Nada de decorado. La iglesia de San Bartolomé, del siglo XVI, marca el centro de muchas cosas: la plaza, las conversaciones, y ese sonido de campana que aparece cuando menos te lo esperas.
El sendero que te hace ganarte las vistas
El PR‑CV 355 sube hasta el Castillo de Umbría. En el mapa parece una excursión corta —unos cuatro kilómetros—, pero la subida se nota en las piernas. Calcula alrededor de hora u hora y media si vas tranquilo.
Arriba quedan restos de la fortaleza que controlaba este paso natural entre valles. Según se cuenta, en el siglo XIII el castillo acabó en manos de Jaime I durante las campañas de conquista por la zona, y más tarde cambió de manos varias veces. Hoy lo que queda son muros y una panorámica bastante abierta sobre la Vall d’Albaida y la Costera. Es de esos sitios donde entiendes rápido por qué alguien decidió levantar una fortaleza ahí.
Si prefieres algo más tranquilo, por los alrededores hay varias cuevas conocidas en el término. La Cova dels Mosseguellos, por ejemplo, conserva arte rupestre de estilo levantino. No es un lugar al que llegues siguiendo simplemente el GPS; conviene informarse antes o preguntar en el pueblo, que aquí todavía funciona el sistema clásico de “¿por dónde se va a…?”.
El pan que lleva generaciones saliendo del mismo horno
En Vallada suele mencionarse un horno tradicional que lleva funcionando en el mismo lugar desde hace siglos. No es una cifra que veas escrita en la puerta, pero en el pueblo lo cuentan así, generación tras generación.
Allí siguen saliendo panes y dulces bastante ligados a la vida cotidiana. Si preguntas por la fogassa, seguramente alguien te dirá dónde encontrarla. Es un dulce sencillo de horno, más seco que una ensaimada y con ese punto de masa tradicional que engancha más de lo que parece.
También aparece mucho la coca de llanda, ese bizcocho plano que parece humilde hasta que lo pruebas. Suele llevar ese aroma a anís que te recuerda a meriendas de casa de los abuelos.
En septiembre, durante las fiestas de la Virgen de Gracia, el pueblo cambia de ritmo. Se cocina más en la calle, huele a dulce y a arroz, y se nota que las casas están abiertas más horas de lo normal.
El beato que hablaba árabe
Una de esas curiosidades que salen cuando empiezas a preguntar: Vallada ha tenido personajes religiosos bastante conocidos en su tiempo.
El Beato Ramón Martí, dominico nacido por aquí en el siglo XIII, estudió árabe y hebreo para poder debatir y predicar con comunidades judías y musulmanas. Su historia aparece en bastantes textos medievales, y en el pueblo su figura sigue muy presente.
Más cerca en el tiempo está el Pare Presentat (Fray Andrés Garrido), un mercedario recordado por su vida religiosa. En el pueblo hay una escultura dedicada a él desde finales del siglo XX.
No es algo que cambie un viaje, pero ayuda a entender cómo un municipio pequeño acaba acumulando historias que no esperarías.
Cuándo ir (y por qué septiembre tiene su gracia)
La primavera suele sentarle bien a esta zona. Los campos alrededor del pueblo cambian de color y las rutas de monte se llevan mejor que en pleno verano.
Pero septiembre tiene ambiente. Las fiestas de la Virgen de Gracia llenan las calles de música, actos y comidas populares. No es un evento pensado para visitantes; es más bien el calendario del propio pueblo funcionando.
En febrero se reparten los panecillos de San Blas, una tradición bastante extendida en esta parte de la Comunitat Valenciana. Y en mayo suele celebrarse una romería vinculada al Beato Ramón Martí.
La verdad del blogger
Vallada no es un sitio para llegar, hacer cuatro fotos y marcar una casilla en el mapa. El casco antiguo no es enorme ni está restaurado como un escenario. Y el castillo no parece de cuento.
Pero tiene algo que a veces se agradece mucho: normalidad.
Es ese tipo de pueblo donde puedes sentarte en una plaza y escuchar a dos vecinos discutir si este año lloverá antes o después de la feria. Y la conversación dura más que el café.
Mi consejo: sube al castillo si te gusta caminar, date una vuelta sin prisa por las calles del centro y prueba algún dulce de horno si lo ves. Luego siéntate un rato y deja que el pueblo vaya a su ritmo.
A veces viajar también es eso: bajar una marcha. Aquí se te da bastante bien.