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sobre Cortes de Pallás
Espectacular paisaje de cañones del Júcar con embalse y rutas fluviales
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A primera hora, cuando el sol todavía no ha saltado la pared de roca que encierra el valle, el agua del Júcar apenas se mueve y el aire huele a pino seco. Así empieza muchas mañanas el turismo en Cortes de Pallás: con silencio, con las casas todavía en sombra y con el eco lejano de algún coche que sube despacio por la carretera de curvas que llega al pueblo.
Cortes de Pallás tiene algo más de setecientos habitantes y está encajado en un territorio áspero, de piedra clara y barrancos profundos. El río Júcar y el embalse marcan el ritmo del paisaje, pero lo que realmente manda es la Muela de Cortes, esa gran meseta que levanta el terreno de golpe y deja el valle abajo, como si alguien hubiera recortado la montaña con un cuchillo.
La zona forma parte del Parque Natural de la Muela de Cortes y Caroche. Aquí la vegetación no es exuberante: pinares que crecen donde pueden, matorral bajo que resiste el sol y corrientes de aire donde a menudo se ven rapaces planeando durante minutos sin mover apenas las alas.
Si vienes en verano, conviene moverse temprano. A partir del mediodía el calor se queda atrapado entre las paredes del valle y caminar por las cuestas del pueblo o por los senderos expuestos se hace más pesado.
El trazado del pueblo y una historia que aparece en los muros
El casco urbano se agarra a la ladera con calles estrechas y pendientes que obligan a ir despacio. En algunos tramos apenas cabe un coche, y no es raro ver a los vecinos charlando en la puerta mientras alguien intenta aparcar con paciencia.
Las casas, muchas encaladas, tienen balcones pequeños y persianas que filtran la luz fuerte del mediodía. En el centro del pueblo se levanta la iglesia parroquial dedicada a la Asunción. Su aspecto mezcla épocas distintas; basta mirar con calma las piedras de los muros para ver que no todo se construyó a la vez.
Desde algunos puntos altos del casco urbano el valle se abre hacia el sur. El Júcar aparece abajo, entre paredes de roca que el río ha ido excavando durante siglos. Al atardecer la luz se queda un rato en las crestas mientras el fondo del cañón ya está en sombra, y el contraste se nota mucho en los colores: gris claro arriba, verde oscuro junto al agua.
Caminar entre barrancos y agua
En Cortes de Pallás no hay prisa por acumular lugares. Lo habitual es elegir un sendero y dejar que el terreno marque el ritmo.
Algunas rutas siguen el curso del Júcar o se acercan al embalse. En verano hay zonas donde la gente suele bajar a refrescarse, aunque conviene observar bien el nivel del agua y evitar las horas centrales del día, cuando el sol cae de lleno sobre las rocas.
Subir hacia la Muela cambia completamente la perspectiva. El camino gana altura entre pinos y tramos pedregosos hasta que el valle queda abajo, amplio y silencioso. En días muy claros, mirando hacia el este, a veces se distingue una franja más luminosa en el horizonte que muchos identifican con el Mediterráneo, aunque no siempre se aprecia con nitidez.
En estas alturas es relativamente habitual ver rapaces: águilas, ratoneros o buitres que cruzan el cielo aprovechando las corrientes térmicas.
Agua quieta y aves en el embalse
Cerca del embalse el paisaje se vuelve más húmedo. El olor cambia: barro, vegetación mojada, madera vieja de los troncos que asoman en la orilla cuando baja el nivel.
Con unos prismáticos es fácil entretenerse un buen rato. Garzas reales posadas en las rocas, cormoranes secando las alas, alguna bandada que cruza el agua al amanecer. No es un lugar de grandes concentraciones de aves, pero sí de observación tranquila, sin ruido alrededor.
Lo que se come en las casas
La cocina de la zona sigue siendo directa y de temporada. En muchas mesas aparecen arroces caldosos con verduras de huerta, guisos de legumbres o platos donde las hierbas aromáticas del monte tienen bastante presencia.
El aceite de oliva, la miel o los cítricos de la comarca suelen acompañar comidas sencillas. En repostería aparecen tortas, magdalenas y otros dulces caseros que se preparan sobre todo en fiestas o reuniones familiares.
Fiestas y encuentros del pueblo
Las celebraciones más concurridas suelen llegar en agosto, alrededor de la festividad de la Asunción. Durante esos días el pueblo cambia de ritmo: más gente en las calles, música por la noche y actos que mezclan lo religioso con lo popular.
En primavera también es habitual alguna romería por los caminos cercanos. Familias y grupos de vecinos caminan juntos hasta un punto del término municipal donde se pasa el día al aire libre.
En verano, cuando el calor afloja por la noche, a veces se organizan actividades culturales en plazas o espacios abiertos. Nada grande: sillas plegables, vecinos conversando en voz baja y el eco del sonido rebotando contra la ladera oscura que rodea el pueblo.