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sobre Albatera
Población agrícola y comercial con un importante parque natural de montaña y tradición musical
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El olor te pilla antes de ver el pueblo. No es pan recién hecho ni el azahar de los anuncios. Es algo más pegajoso, más de huerta: cítricos al sol y tierra removida. Así empieza muchas veces el turismo en Albatera, con la ventanilla del coche medio bajada y esa mezcla de campo que te dice que ya estás en la Vega Baja.
El pueblo que se comió la breva (literalmente)
Hasta mediados del siglo XX, aquí salía una parte enorme de la breva que se exportaba desde España. Camiones cargados hasta arriba rumbo al norte de Europa desde un pueblo que entonces era bastante más pequeño que hoy. La gente mayor todavía habla de aquello como si fuera una temporada de vendimia eterna.
Quedan higueras sueltas por los márgenes de los caminos, aunque el paisaje ahora lo dominan más los limoneros y los naranjos. Lo ves cuando entras por carretera: parcelas ordenadas, acequias, bancales que llevan ahí décadas.
Ese origen agrícola todavía marca el ritmo del pueblo. Albatera no vive de aparentar. Aquí el jueves de mercadillo mueve medio centro y es fácil ver a los de siempre comentando la mañana en la puerta del bar. Un amigo de Crevillente me dijo una vez: “Es como Orihuela pero sin cámaras alrededor”. No es una definición científica, pero algo de verdad tiene.
La iglesia que tardó casi un siglo
La iglesia de Santiago Apóstol manda en el perfil del pueblo. Empezaron a levantarla en el siglo XVII y la obra se alargó casi cien años. Hoy cuesta imaginarlo, pero en aquella época los edificios importantes se hacían así: despacio y según hubiera dinero.
La torre se ve desde bastante lejos cuando te acercas por la autovía. Dentro mantiene ese aire barroco valenciano que aparece en muchas iglesias de la comarca.
Justo enfrente queda la portada del antiguo palacio de los Rocafull. Solo la portada. El resto del edificio desapareció hace tiempo. Es una imagen curiosa: una fachada noble incrustada en una construcción más reciente, como si alguien hubiera guardado un recuerdo de piedra del pasado del pueblo.
Cuando el gazpacho no es el que imaginas
Aquí el gazpacho no se bebe. Se come con cuchara.
El gazpacho de Albatera es un guiso espeso con trigo, legumbres y verduras de temporada. Plato de campo, de los que llenaban a los jornaleros antes de volver a la faena. Si vienes esperando algo frío con tomate, te llevas una sorpresa.
También aparece mucho la coca de mollitas. Lleva pan rallado, ajos, pimentón y carne desmenuzada. Bien hecha sale ligeramente tostada y con ese sabor que solo da el horno de leña.
Y luego está el plegado con hinojo, un pan tradicional que suele aparecer en panaderías del centro. Si pasas por la mañana lo notas enseguida. El olor hace de señal.
Moros y Cristianos a la manera de aquí
Las fiestas patronales llegan en verano y traen los Moros y Cristianos, que en esta parte de Alicante se viven con bastante intensidad.
Lo curioso es que muchos trajes no parecen recién salidos de un catálogo. Algunos llevan años pasando de una generación a otra. Eso le da a los desfiles un aire más cercano, menos de espectáculo preparado.
La pólvora también tiene su momento. Cuando arrancan las arcabucerías, el ruido rebota entre las fachadas y durante un rato todo el pueblo huele a pólvora.
Hay otras celebraciones a lo largo del año, más tranquilas y muy ligadas a la vida parroquial. En esas el ambiente cambia: menos desfile y más reunión familiar alrededor de la mesa.
Subir a la sierra de Albatera
Detrás del pueblo se levanta la sierra de Albatera. No es una montaña espectacular, pero funciona muy bien cuando te apetece caminar un rato y salir del asfalto.
Hay senderos señalizados que suben hacia la umbría. Algunos rondan los cinco kilómetros y tienen desnivel, pero nada exagerado. Lo interesante son las vistas: toda la Vega Baja extendida debajo, con las parcelas formando ese mosaico típico de la huerta.
En días claros incluso se intuye el mar al fondo.
Si vas con tiempo, también puedes acercarte al Cabezo Pardo, un yacimiento ibérico en un pequeño cerro. A primera vista parece solo un montículo de tierra, pero allí hubo un asentamiento importante. Lo normal es que no encuentres a nadie más.
Un lugar incómodo de la historia
En las afueras estuvo uno de los campos de concentración que funcionaron tras la Guerra Civil. Se levantó en esta zona por el espacio abierto y la cercanía del ferrocarril.
Hoy apenas quedan restos visibles. Alguna estructura aislada y referencias dispersas en el terreno. No es un sitio preparado para visitas ni hay grandes explicaciones allí mismo.
Aun así forma parte de la historia local, aunque no aparezca mucho en las guías.
Y quizá eso también explica Albatera. Un pueblo de huerta, de trabajo agrícola, con capas de historia que no siempre están señalizadas.
Si vienes desde la costa y te desvías un rato, lo entiendes rápido. Das una vuelta por el centro, comes algo contundente y, si te apetece, subes un rato a la sierra. En pocas horas te haces una idea bastante clara del lugar. A veces eso basta.