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sobre Benejúzar
Población de la Vega Baja conocida por su romería del Pilar y su entorno de huerta
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Llegué a Benejuzar un martes a las 11 de la mañana y el pueblo parecía cerrado. No tipo "todo cerrado por siesta", sino tipo cuando entras en un bar a media mañana y todavía están levantando la persiana. Las calles tranquilas, persianas a medio bajar, ese silencio de pueblo que no tiene prisa por arrancar el día. Hasta que doblé una esquina y me encontré con la plaza del mercado. Ahí estaba todo el mundo: mayores con bolsas de rafia discutiendo sobre tomates, un tipo vendiendo melones desde la furgoneta, y el olor a pan recién hecho que te golpea como cuando pasas por delante de una panadería en ayunas.
El pueblo que no se vende
Benejúzar no es de esos que te reciben con un cartel de "bienvenido, turista". Tiene 5.625 habitantes repartidos en 9 kilómetros cuadrados, que viene a ser como meter a toda la gente de un instituto grande en un puñado de calles y huerta alrededor. La densidad se nota cuando te cruzas con alguien: te miran, te saludan, te preguntan de dónde eres con la naturalidad con la que en otros sitios te preguntan la hora. Es el tipo de sitio donde el forastero encaja rápido, como cuando te sientas en una mesa de dominó y en cinco minutos ya estás comentando la jugada.
La primera iglesia que ves es San Miguel, del siglo XVI. Está bien, tiene su gracia, pero lo curioso viene cuando te enteras de que Benejúzar tiene tres iglesias para un pueblo que se recorre andando en un rato, más o menos lo que tardas en dar dos vueltas a un parque de ciudad. La de San Jaime es del XVIII, la del Rosario del XIX... Es como si cada generación hubiera pensado: “ya que estamos, levantamos otra”. Al final el mapa del pueblo queda salpicado de templos como cuando en una casa antigua vas ampliando habitaciones según crece la familia.
La comida que no encontrarás en los folletos
Aquí no vienen los guiris buscando paella. Lo que te ponen es cocido con pelotas, que suena a plato de chiste pero es un estofado serio. Carne, caldo potente y unas albóndigas enormes que parecen hechas con la misma lógica que las croquetas de las abuelas: cuanto más grandes, mejor. Me lo sirvieron en un plato que parecía cuenco de desayuno americano, y cuando terminé estaba igual que después de una comida familiar de domingo: con ganas de tumbarme diez minutos y no hablar con nadie.
El gazpacho con ajos no es el andaluz que conoces. Aquí llega caliente, espeso, y con un golpe de ajo que te acompaña el resto del día como cuando te pasas con el alioli en un arroz.
Lo que más me gustó fue la olla de cardet, un guiso de judías blancas que parece humilde hasta que pruebas el caldo. El secreto, me dijo la dueña de la casa donde comí, está en dejarlo reposar varios días. “Como el matrimonio”, añadió, “al principio está fuerte, pero con el tiempo se pone bueno”. No sé si hablaba del guiso o de su marido.
Cuando el pueblo se despierta
En octubre, alrededor del día 7, Benejúzar se vuelca con la Virgen del Rosario. Los días previos ves gente preparando carrozas, ensayando bandas, discutiendo quién lleva qué. El ambiente recuerda un poco a cuando una familia grande organiza una boda: siempre hay alguien colgando luces, otro probando el sonido y tres personas discutiendo sobre detalles que nadie más nota.
La Semana Santa también mueve mucho al pueblo. Las procesiones son de esas que entiendes cuando ves de cerca a alguien cargando un paso enorme bajo el sol. Desde fuera parece una mezcla rara de fe, tradición y resistencia física, como esas pruebas deportivas en las que te preguntas por qué alguien querría hacerlo… hasta que ves la cara de quien participa.
El paseo que nadie te recomienda
La Ruta de la Vega Baja son unos 12 kilómetros por huerta que parecen interminables filas de limoneros. No hay miradores ni grandes panorámicas. Es más bien como caminar por el almacén de fruta más grande que te puedas imaginar, con acequias cruzando los campos y el olor cítrico flotando en el aire cuando aprieta el sol.
El tramo del Segura hacia Orihuela sigue la misma lógica. Unos 8 kilómetros de ribera tranquila donde lo más emocionante puede ser ver una garza o cruzarte con un pescador que lleva allí desde temprano, con la paciencia de quien mira un partido de ajedrez.
La Ruta de los Molinos es la más curiosa. Son unos 5 kilómetros visitando molinos de agua que ya no trabajan pero siguen ahí, plantados junto a las acequias como muebles antiguos que nadie tira porque forman parte de la casa. El molino de la Calcetera está medio derruido, pero si te acercas todavía se distingue la rueda. Da la sensación de estar mirando una herramienta que fue importante durante siglos, como cuando encuentras en un trastero la máquina de coser de tu abuela.
Lo que no te cuentan
Benejúzar habla un valenciano mezclado con murciano que suena a alguien cambiando de marcha a mitad de frase. Los mayores lo usan con naturalidad, a veces incluso delante de ti, convencidos de que no pillas nada. Es un poco como cuando dos amigos cambian de idioma en medio de la conversación y tú te quedas intentando seguir el hilo.
Pero resulta que “paquete” aquí no es un insulto, es un tipo de embutido. Y cuando te ofrecen “un trocito de paquete” lo dicen con la misma normalidad con la que en otros sitios te ofrecen una loncha de chorizo.
La cestería es uno de esos oficios que todavía resisten. En la plaza hay una señora que teje palmas mientras charla. Sus manos se mueven rápido, casi sin mirar, igual que quien pela pipas viendo la tele. Cuenta que su abuela hacía cestas para recoger naranjas. Ahora salen más bien centros de mesa y encargos pequeños. “Es lo que hay”, dice, mientras ata una tira verde con una facilidad que parece memoria muscular.
El consejo que no pediste
No vengas a Benejúzar buscando el pueblo típico valenciano de postal. No hay playa cerca, ni castillo dominando el horizonte, ni una calle pensada para fotos. Lo que hay es vida cotidiana.
Un bar donde el café llega en vaso grueso, como los de antes. Un panadero que abre muy temprano y cierra cuando se acaba el pan, con la misma lógica que un kiosco de barrio. Y mucha gente que lleva aquí toda la vida porque su mundo está a pocas calles de distancia.
Si vienes un martes por la mañana, caminas sin prisa por la huerta y te sientas un rato en la plaza, puede que al principio pienses que no pasa gran cosa. Pero luego te quedas mirando cómo la gente entra y sale de las tiendas, cómo se saludan desde la otra acera, y el tiempo empieza a ir más despacio. Como cuando te sientas en un banco sin mirar el móvil.
A la semana quizá ni recuerdes monumentos ni fotos. Pero sí ese silencio raro que tienen algunos pueblos, ese gazpacho con ajos que te acompañó todo el día y la sensación de haber estado en un sitio que funciona con su propio ritmo, sin preocuparse demasiado por gustar a quien pasa.