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sobre Benferri
Pequeño municipio de la Vega Baja con historia señorial; rodeado de cítricos y tranquilidad
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Las campanas de San Jerónimo repican a las ocho de la mañana y el eco se pierde entre los naranjos. Desde la plaza, donde un grupo de vecinos ya ha empezado a colocar mesas largas para una comida compartida, se ve cómo el sol recién levantado tiñe de oro las paredes claras de la torre. Benferri despierta despacio, como quien sabe que el día es largo y que aquí las prisas no suelen servir de mucho.
El pueblo apenas ocupa siete kilómetros cuadrados en la Vega Baja, pero basta cruzar la carretera comarcal para entender que aquí el territorio se mide en olores: azahar entre finales de invierno y primavera, tierra removida tras la siega, y ese fondo salino que a veces llega cuando el viento gira hacia la costa. Camino por la calle Mayor y una mujer saca la basura con las pantuflas aún puestas; un tractor pasa a media velocidad, el conductor levanta la mano sin dejar de mirar la rueda delantera, que parece perder algo de aire.
La iglesia que sobrevivió a su propio pueblo
La de San Jerónimo es de esas iglesias que parecen haberse quedado solas en el mundo. Construida en el siglo XVII y rehecha después con el paso de los años, conserva una portada de piedra tostada con una hornacina vacía y un escudo de los Condes de Parcent que muchos pasan por alto. Entro justo cuando el sacristán abre las rejas; huele a cera caliente y a madera vieja, el olor de los bancos que se secan con el tiempo. El techo es bajo, con vigas oscuras. Encima del altar hay un Cristo de tamaño natural que los mayores llaman «el Cristo de la Procesión», porque suele salir en las celebraciones de San Jerónimo, a finales de septiembre, y lo sacan con cuerdas por una puerta lateral.
Desde el atrio se domina la Vega: naranjos en cuadrícula casi perfecta, alguna casa de campo con tejado a cuatro aguas y, al fondo, la sierra de Orihuela recortada contra el cielo. Un señor me cuenta, sin que yo le pregunte, que la iglesia se salvó de las bombas durante la Guerra porque el pueblo entero se fue al campo durante unos días y los aviadores confundieron las luces de otros pueblos cercanos. «Aquí no había nada que mereciera la pena tirar abajo», concluye, y enciende un Ducados.
Agua, piedra y un parque que es el salón común
La Fuente del Parque está justo donde acaba el asfalto y empieza la senda de tierra. Es un manantial sencillo: caño de hierro, pileta de piedra y un chorro constante que, según cuentan los vecinos, rara vez se seca, ni siquiera en los veranos más duros. Algunas mujeres mayores aún llenan garrafas de cinco litros; los jóvenes aprovechan para cargar botellines antes de subir a la torre, que funciona como mirador improvisado del pueblo.
La torre, de origen antiguo y reformada varias veces, tiene un tramo de escalera de caracol tan estrecho que hay que subir casi de lado. Arriba se entiende la escala de Benferri: cuatro calles principales, el campanario, el cementerio al fondo y un mar de hojas verdes que se mueve a la vez cuando pasa la brisa.
En el parque hay mesas de piedra y pinos que dan sombra densa. A mediodía, cuando el termómetro se acerca a los treinta y tantos, es el lugar donde aparecen ollas grandes de aluminio con arroz, bolsas de pan y botellas metidas en cubos con hielo. No hay quiosco ni música. Solo el ruido de las fichas del dominó, algún niño corriendo entre los árboles y conversaciones que suben de volumen cuando llega la hora de repartir gastos.
Fiestas que se celebran en la memoria de los árboles
Los Santos de la Piedra —Abdón y Senén— se celebran a principios de agosto. La procesión suele salir al anochecer, cuando la calzada todavía guarda el calor del día y el aire huele a polvo y riego reciente. Los mayores cuentan que antes las imágenes se llevaban hasta los caminos del término vecino, varios kilómetros entre huertos, y que la gente se arrodillaba junto a las acequias cuando pasaban los santos.
Hoy el recorrido es más corto y gira alrededor de la plaza y la ermita, pero se mantiene la costumbre de la «plegà»: muchos agricultores dejan algún cítrico en la puerta de casa como gesto de buena cosecha. Si llueve durante el recorrido —algo poco habitual en agosto— hay quien lo interpreta como señal de que la tierra ha aceptado la ofrenda.
En octubre llegan las fiestas de la Virgen del Rosario. Algunos vecinos todavía recuerdan una edición de los años cincuenta en la que un vendaval tiró los castillos de fuegos artificiales y el pirotécnico tuvo que improvisar con lo que tenía a mano. «Fue la mejor fiesta que hemos tenido», me dice la mujer de la casa donde me quedo. «Porque todo el mundo se rió y nadie se enfadó».
Cuándo ir y qué dejarse en el coche
Benferri no tiene horario ni puertas. En invierno la niebla se queda baja entre los naranjos y el olor de la leña sale por las chimeneas. En mayo el azahar se nota incluso caminando por la carretera. En agosto la tarde se alarga y algunos chavales se acercan a zonas de riego donde el agua acaba formando charcos grandes.
Si puedes, evita el fin de semana de fiestas mayores: el pueblo se llena, las peñas montan altavoces y la carretera se corta a ratos. Entre semana todo vuelve a su ritmo habitual. Los días de mercado o de feria agrícola —cuando coincide— suelen tener puestos de fruta de la zona y dulces caseros que se venden en porciones grandes, envueltos en papel.
Para llegar, lo más habitual es salir de la A‑7 a la altura de Orihuela y continuar unos minutos por carretera comarcal. Dentro del pueblo no hay aparcamientos señalizados: muchos coches se quedan en la plaza o cerca del colegio, donde los plátanos levantan el asfalto con las raíces.
Calzado cerrado si piensas subir a la torre, agua si te apetece caminar entre huertos y, sobre todo, tiempo. Benferri no es un sitio de fotos rápidas. Es más bien un banco bajo un pino, el ruido de un tractor alejándose y ese olor leve a piel de naranja que queda en el aire cuando alguien pisa una que se ha caído del remolque.