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sobre Callosa de Segura
Ciudad a los pies de una gran sierra caliza; destaca por su patrimonio religioso y el cáñamo
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Hablar de turismo en Callosa de Segura obliga a empezar por una costumbre que aquí se menciona como si fuera lo más normal del mundo: partir la vieja. Ocurre cada año unas semanas después del Miércoles de Ceniza. En la plaza se reúne la gente y una figura de mujer —la vieja— se divide en dos ante los vecinos. Luego se reparte pan bendito y algo de vino dulce. Nadie parece demasiado interesado en justificar el origen del ritual. Simplemente se hace, como tantas cosas que se mantienen porque siempre estuvieron ahí.
El cerro que lo explica todo
Callosa se entiende mejor desde el cerro del Castillo. La elevación domina la vega del Segura y el paso natural hacia la costa. Desde arriba se aprecia bien: la llanura fértil se abre hacia el río mientras el relieve se estrecha hacia el interior. Ese control visual explica que el lugar estuviera ocupado desde tiempos muy antiguos.
En la cima se han documentado restos de un asentamiento de la Edad del Bronce, vinculado a la cultura argárica. No es un yacimiento monumental: quedan trazas de muralla, cimientos de viviendas y fragmentos de cerámica. Pero el valor está en la posición. Desde aquí se vigila el valle entero.
La presencia islámica también dejó huella. El nombre antiguo del lugar aparece en algunas crónicas andalusíes como Qalyusa, y el cerro funcionó como punto defensivo dentro de la red de fortificaciones que protegían la vega del Segura.
Castillo, parroquia y la plaza
Tras la incorporación del territorio a la Corona de Aragón en el siglo XIII, el cerro siguió teniendo valor estratégico. El castillo que hoy se distingue en lo alto responde en buena medida a reconstrucciones posteriores, cuando la frontera entre reinos todavía hacía necesario vigilar el territorio.
Abajo, el centro de la vida municipal se organiza alrededor de la plaza Mayor. Allí se levanta la iglesia de San Martín, cuyo aspecto actual responde sobre todo a reformas de época barroca. El edificio es sobrio por fuera, pero dentro conserva un retablo mayor que merece detenerse un momento.
La escena principal representa a San Martín compartiendo su capa con un mendigo, un tema muy repetido en la iconografía del santo. Más interesante es fijarse en los detalles secundarios: la talla de algunos ángeles y figuras laterales revela manos de artesanos que trabajaban en la zona y que probablemente heredaban tradiciones mudéjares. No es raro en pueblos del sur valenciano, donde las comunidades y oficios no desaparecieron de un día para otro.
El cáñamo y otras formas de trabajar
Durante mucho tiempo la economía local giró alrededor de la agricultura de la vega. Además de los cítricos, el cáñamo tuvo cierta importancia en la zona. Con su fibra se fabricaban cuerdas, sacos y tejidos resistentes, muy utilizados antes de la expansión de las fibras industriales.
En algunas casas antiguas del término todavía se distinguen estructuras donde se colgaban las plantas para secarlas. No es un paisaje evidente si no sabes lo que estás mirando, pero forma parte de la memoria agrícola de la comarca.
Otra tradición muy arraigada es la Semana Santa, que aquí se vive con bastante implicación vecinal. Existe incluso un pequeño espacio expositivo dedicado a conservar pasos, documentos y piezas relacionadas con las cofradías. Más allá de lo religioso, sirve para entender hasta qué punto estas celebraciones han marcado la vida social del pueblo.
La cocina del valle
La cocina de Callosa responde a lo que da la huerta y a lo que llegaba desde la costa. El bacalao meneao, acompañado de pasas, aparece en muchas mesas. También las gachamigas y otras preparaciones sencillas a base de harina, aceite, ajos y patata, pensadas para jornadas largas de trabajo.
En días más señalados es habitual el cocido con pelotas, con albóndigas especiadas bastante contundentes. Y en el apartado dulce siguen presentes recetas domésticas que pasan de generación en generación: almojábenas, tortas de calabaza con miel o la llamada torta boba, que de boba tiene poco.
Cómo recorrer Callosa
El centro histórico se recorre a pie sin dificultad. La plaza Mayor y la iglesia marcan el punto de partida natural. Desde allí salen calles estrechas donde aún se conservan viviendas del siglo XIX con balcones de hierro y portadas trabajadas.
La subida al castillo es corta pero con pendiente. Conviene llevar agua en meses calurosos: el sol en la Vega Baja aprieta incluso cuando parece que no. Arriba, más que las ruinas en sí, lo que compensa es la vista sobre la huerta y el valle del Segura.
Si te interesa entender el lugar, lo mejor es tomárselo con calma: pasear por el casco antiguo, mirar las casas antiguas y observar cómo el pueblo se apoya literalmente en la ladera del cerro. Ahí está buena parte de la explicación de por qué Callosa es como es.