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sobre Formentera del Segura
Pueblo de la Vega Baja a orillas del río Segura; destaca por su soto y áreas recreativas
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Los domingos por la mañana, el mercadillo de Formentera del Segura parece el WhatsApp de los pueblos. Pero en versión real. Hay más extranjeros que en el aeropuerto de Alicante. Los españoles murmuran que “esto ya no es lo de antes”. Los niños corren entre montones de calabacines que sus abuelas no comprarían jamás. Ellas tienen huerto en casa.
Ahí, entre el olor a torrijas y el inglés chapurreado de los vendedores, entiendes qué pasa en este rincón de la Vega Baja.
El pueblo que se comió la lechuga
Formentera del Segura es como ese primo que se fue a Londres a pelar patatas y volvió con un BMW. No sabes muy bien cómo lo ha hecho, pero ahí está.
Hace veinte años vivían poco más de mil personas. Ahora rondan las cinco mil. El campo de fútbol algunos días parece un aparcamiento de coches extranjeros.
El motivo es bastante claro. Llegaron británicos, belgas y algún alemán despistado. Muchos buscaban sol y casas baratas. Y se quedaron.
El casco original es pequeño. Muy pequeño. Lo cruzas en diez minutos andando. Hay tres calles principales, la plaza y la iglesia de la Purísima. Allí siempre hay jubilados con el tablero de ajedrez.
La iglesia actual es del siglo XIX. La anterior cayó con un terremoto. La reconstrucción se nota. Tiene ese aire de pueblo que se levanta con lo que tiene a mano.
Donde el Segura deja de ser un desastre
A un par de minutos del centro aparece el Soto del Segura. Y el cambio sorprende. Es como cuando en tu casa caótica encuentras una habitación ordenada.
El agua aquí se ve mejor que en otros tramos del río. Hay vegetación de ribera y algo de sombra. También bancos donde sentarte un rato.
Los fines de semana se mezcla todo el mundo. Familias extranjeras con picnic. Abuelos del pueblo que pasean despacio. Alguno recuerda cuando aquello era casi un descampado.
La senda es sencilla. Incluso quien no camina mucho la hace sin problema. Son un par de kilómetros tranquilos. Se oye el agua y poco más.
Eso sí, trae agua contigo. Por la zona no suele haber quioscos. Y si vienes con perro, mejor llevarlo controlado. Los ciclistas pasan rápido.
Las fiestas donde todo el mundo es de algún sitio
En agosto llegan las fiestas de San Miguel y San Roque. El pueblo cambia de ritmo. Durante unos días parece una mezcla curiosa de tradiciones locales y comunidad internacional.
Los ingleses sacan sus sillas plegables. Los vecinos de siempre aparecen con taburetes o mesas pequeñas. El calor es el mismo para todos.
Los petardos suenan a horas raras. Alguien acaba en la fuente alguna noche. Y siempre hay quien dice que el año siguiente todo será más tranquilo. Luego nunca lo es.
Lo curioso es que muchas costumbres siguen ahí. La paella gigante del domingo suele aparecer. También los dulces que preparan las peñas o las familias para la procesión.
Al final pasa algo bastante simple. Gente de sitios distintos termina haciendo cola en el mismo puesto de empanadillas.
El truco de Formentera
Aquí está la clave. Formentera del Segura no entra por los ojos como otros pueblos. No tiene castillo ni casco medieval. Tampoco playa.
Lo que tiene es otra cosa. Un pueblo que ha cambiado mucho y aun así mantiene cierta vida cotidiana.
Aquí el carnicero puede hablarte en un inglés muy peleado. Pero también te pregunta por tu madre si te ve cada semana. En el mercado puedes comprar membrillo casero y baked beans en la misma bolsa.
Mi consejo es venir en primavera. Cuando los naranjos florecen, el olor a azahar lo llena todo. Durante un rato te olvidas de que Torrevieja está a media hora.
Come en algún bar del centro. Los reconocerás enseguida. Persianas algo viejas, terrazas sencillas y vecinos que se conocen por el nombre. Si ves flores de calabacín en la carta, pruébalas.
Y si vienes en agosto, trae paciencia. También tapones para los oídos. Es fácil acabar compartiendo mesa con desconocidos. Siempre aparece alguien contando cómo sería esto en su país.
Formentera del Segura es ese tipo de sitio que no suele salir en las guías grandes. Pero aquí lo recomendamos cuando alguien pregunta por un pueblo normal.
Normal significa que la gente se saluda. Que aún hay huertos en algunas casas. Y que, con suerte, todavía encuentras sitio para aparcar sin dar veinte vueltas.