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sobre Pilar de la Horadada
El municipio más al sur; ofrece playas de calidad, historia romana y senderismo
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Las primeras campanadas del domingo llegan desde la torre de la iglesia cuando todavía la calle Mayor huele a pan recién hecho y al limón que los repartidores descargan en la plaza. En Pilar de la Horadada el alba es un asunto serio: el cielo suele amanecer limpio y la línea del horizonte aparece recta, sin edificios altos que la rompan. A las ocho ya hay luz suficiente para distinguir la silueta de la Torre Vigía desde el paseo marítimo, y a las nueve el sol pega con tal intensidad que las farolas parecen de cartón piedra.
El mar que perforó la piedra
El nombre del pueblo entero viene de ese cilindro de sillares que está junto al mar: la Horadada, perforada por cañones y por el tiempo. La torre costera se levantó a finales del siglo XVI para vigilar posibles incursiones desde el Mediterráneo; hoy observa a los windsurfistas que se lanzan desde la cala del Puerto.
Si te acercas al atardecer, cuando la marea baja, verás los pozos redondos que el mar ha excavado en la roca: charcos de agua transparente donde los niños buscan cangrejillos y peces diminutos mientras los mayores recuerdan cuando se bañaban aquí «antes de la carretera», cuando llegar a esta punta de costa era ya una pequeña excursión.
Tierra adentro, el antiguo trazado de la Vía Augusta pasa por esta zona, aunque hoy queda oculto entre carreteras modernas y parcelas agrícolas. En algunos puntos han aparecido restos romanos y del antiguo asentamiento de Thiar. Apenas son muros bajos y terreno rojizo, pero ayudan a entender que este paso entre Murcia y el sur de Alicante lleva siglos siendo lugar de tránsito.
Esa misma tierra rojiza es la que durante décadas sostuvo una de las señas del municipio: el cultivo de clavel. Los invernaderos todavía salpican el paisaje; al mediodía los plásticos reflejan la luz y desde lejos parecen láminas de agua.
Cuando el río se quedó sin agua
Al oeste, el Río Seco ha dibujado un pequeño laberinto de barrancos de color ocre. La mayor parte del año no baja agua, pero el cauce sigue marcando el terreno. Las raíces de algunos árboles asoman en las paredes de arcilla y los pájaros pequeños se refugian en los huecos de los taludes.
La senda discurre entre romero y cantueso. En los cortados es fácil ver cernícalos planeando y, si te sientas un rato en silencio, el sonido constante de los grillos parece salir de la propia tierra agrietada.
En verano conviene madrugar. A partir del mediodía la piedra devuelve el calor acumulado y el sendero se vuelve áspero. Agua, gorra y algo de sombra donde parar un momento. En septiembre, después de las primeras lluvias, a veces aparecen huellas de jabalí que bajan desde la zona de Sierra Escalona.
Fiestas que huelen a clavel y pólvora
Alrededor del 12 de octubre la plaza se llena de montículos de flores. Durante varios días los claveles regresan a su pueblo convertidos en manto: cooperativas y vecinos aportan miles de tallos que se van colocando en bastidores de madera hasta formar la imagen de la Virgen. Las calles cercanas acaban cubiertas de pétalos y el aire huele a verde recién cortado.
Otra fecha señalada suele llegar a finales de julio, cuando se recuerda la segregación del municipio respecto a Orihuela. No es una celebración pensada para grandes multitudes: muchas familias cenan en la calle, se juntan mesas en las aceras y suena música hasta tarde mientras corre el aire templado de la noche.
Qué se come cuando el mar no da más
En la zona de la Torre la cocina mira al mar, pero también tira mucho de campo. En las mesas aparecen arroces y calderos de pescado cuando la pesca acompaña, aunque en muchas casas el plato que marca la semana son las migas: pan remojado y frito con ajos, acompañado de trozos de longaniza y panceta.
Pregunta por la coca de cebaola. Lleva masa fina, tomate seco y cebolla morada confitada con aceite. Se come con las manos y siempre acaba goteando por la muñeca.
Los domingos, en bastantes casas todavía se prepara guiso de patatas con carne y pelotas: bolas de picadillo de cerdo que se cuecen en un caldo espeso mientras la cocina huele a tomillo y a pan tostado.
Cómo moverse y cuándo venir
Pilar de la Horadada no tiene estación de tren. El AVE más cercano suele ser el de Orihuela-Miguel Hernández. Desde el aeropuerto de Alicante el trayecto por la AP‑7 ronda los tres cuartos de hora; desde Murcia se llega rápido por autovía.
Octubre suele traer días claros y temperaturas suaves. En agosto, en cambio, el calor aprieta y la arena de la playa puede quemar hasta bien entrada la tarde. Si puedes elegir fechas, evita la segunda quincena de ese mes: coinciden los conciertos de verano y la mayor afluencia de visitantes, y aparcar en zonas como Mil Palmeras exige paciencia.
Al caer la tarde, cuando el sol empieza a bajar, merece la pena acercarse a alguno de los campos abiertos que rodean el pueblo. La luz se vuelve rosada sobre la tierra seca y las golondrinas vuelan muy bajo. Luego puedes regresar al paseo de la Torre de la Horadada: hay bancos mirando al mar donde, cuando cae la noche, siempre hay alguien sentado hablando en voz baja mientras el Mediterráneo queda casi negro.