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sobre Rafal
Municipio de la huerta del Segura; destaca por su plaza y tradiciones agrícolas
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Uno no se para en Rafal por casualidad. La carretera CV‑91 que une Orihuela con la costa pasa rozando el pueblo, pero hay que girar deliberadamente para entrar. Y cuando lo haces, lo primero que llama la atención es la densidad: casas adosadas, calles estrechas, un tejido urbano que parece querer compensar con altura lo que le falta de extensión. Con apenas 1,62 kilómetros cuadrados, Rafal es uno de los municipios más pequeños de la Comunidad Valenciana, aunque su historia ocupa bastante más espacio del que sugieren sus límites.
El marqués que compró un pueblo
La fecha clave es 1636. Ese año, Felipe IV firmó una carta que hizo dos cosas a la vez: concedía a Jerónimo Rocamora el título de Marqués de Rafal y convertía la alquería dependiente de Orihuela en municipio independiente. No fue un gesto gratuito. Rocamora había financiado y embarcado en Alicante 120 soldados para los tercios españoles destinados a distintos frentes europeos. La Corona recompensaba así a un noble que, además, tenía ya peso económico en la Vega Baja.
Jerónimo no era oriundo de Rafal. Nació en Orihuela en 1571 y construyó su carrera como jurista y administrador. En 1611 se casó con María García de Lasa, heredera de parte de la heredad de Rafal, y con el tiempo adquirió el resto. En pocas décadas pasó de propietario agrícola a señor jurisdiccional de un lugar que todavía en el siglo XIX conservaba un paisaje muy humilde, con viviendas de materiales ligeros y una economía basada en trigo, cebada, cáñamo y cultivos de huerta.
La iglesia parroquial de Nuestra Señora del Rosario está vinculada a esa etapa. Se inició como capilla promovida por el primer marqués y fue ampliándose con el tiempo hasta convertirse en el edificio más reconocible del pueblo. La arquitectura es sobria: nave única, techumbre de madera y reformas posteriores de aire barroco. Su interés está más en el contexto que en la ornamentación. Representa el paso de una alquería dependiente a un núcleo con vida religiosa propia.
De alquería islámica a pueblo cristiano
El nombre de Rafal procede del árabe ráh(al), término usado en el Levante islámico para designar una casa de campo o explotación agrícola. No era un gran asentamiento, sino una propiedad vinculada al regadío y a la proximidad del río Segura. La agricultura intensiva formaba parte del paisaje desde entonces.
Tras la conquista cristiana se mantuvo buena parte de esa estructura agraria. Las tierras siguieron organizadas en torno al regadío y durante siglos la población vivió dispersa, con viviendas sencillas levantadas con adobe, caña y madera.
La repoblación del siglo XIII introdujo el sistema de señoríos y reorganizó la propiedad de la tierra. Aun así, Rafal continuó siendo una alquería dependiente de Orihuela durante varios siglos, hasta la concesión del marquesado. Hay referencias que apuntan a que el catalán —o variedades cercanas— se utilizó aquí durante bastante tiempo, reflejo de la compleja mezcla lingüística del antiguo reino de Valencia.
El palacio que no está aquí
Hay un detalle que suele sorprender: el palacio del Marqués de Rafal no está en Rafal, sino en Orihuela. Se levantó a comienzos del siglo XX en la plaza de Santa Lucía, con fachadas monumentales y abundante heráldica del linaje Rocamora.
La explicación es sencilla. Los marqueses residían en la ciudad, donde se concentraban la administración, el comercio y las redes de poder. Rafal funcionaba sobre todo como base agrícola y fuente de rentas.
Eso ayuda a entender el aspecto actual del pueblo. Apenas hay arquitectura señorial. Lo que domina es la vivienda tradicional de huerta: casas bajas, fachadas lisas, patios interiores y cubiertas de teja. Es la arquitectura de quienes trabajaban la tierra, no de quienes la administraban desde la ciudad.
Un pueblo rodeado de huerta
El casco urbano se recorre rápido. Las calles confluyen en torno a la plaza de la iglesia, donde el templo y el ayuntamiento se miran casi de frente, recordando la convivencia —a veces tensa— entre autoridad civil y religiosa durante siglos.
En cuanto se sale del núcleo aparecen los campos de cítricos. En primavera el olor del azahar se cuela fácilmente hasta las calles del pueblo. Los caminos agrícolas avanzan rectos entre parcelas de regadío que dependen, directa o indirectamente, del sistema hidráulico ligado al Segura. Es un paisaje muy horizontal, hecho para trabajar cada metro de tierra.
Hacia el sur, el río marca el límite con el término de Orihuela. Gran parte del cauce está canalizado, aunque todavía quedan tramos donde el río conserva curvas más naturales y cierta vegetación de ribera. Garzas y otras aves acuáticas siguen apareciendo por la zona, algo habitual en los márgenes del Segura cuando el entorno no está demasiado alterado.
Cómo llegar y cuándo ir
Rafal está a unos 50 kilómetros de Alicante. El acceso más directo suele hacerse por la A‑7 y después por la CV‑91, la carretera que atraviesa buena parte de la Vega Baja.
La estación de tren más cercana está en Orihuela, a pocos minutos en coche. También existen conexiones por carretera con otras localidades de la comarca, aunque los horarios están pensados sobre todo para el uso cotidiano de los vecinos.
El pueblo se puede recorrer en poco tiempo. Lo interesante es caminar sin prisa por las calles del centro y luego salir hacia los caminos de huerta. La primavera coincide con la floración de los cítricos; en otoño el clima suele ser más suave para pasear por los alrededores. El verano aquí es seco y caluroso, algo habitual en la Vega Baja, aunque por la noche suele refrescar un poco.
Rafal no acumula monumentos ni grandes miradores. Tiene más que ver con entender cómo funciona un pequeño municipio de huerta: la herencia de las alquerías andalusíes, la reorganización señorial del siglo XVII y una agricultura que todavía estructura el paisaje y el ritmo del lugar. A veces basta con eso para que merezca la pena desviarse de la carretera.