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sobre Redován
Pueblo a los pies de la sierra; conocido por sus rutas de montaña y el cultivo de cáñamo histórico
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Llevo diez minutos aparcado en Redován y ya me han saludado tres veces. No me conocen de nada, pero es ese tipo de pueblo donde la gente saluda por sistema. El primero llevaba una cesta con naranjas recién cogidas y me suelta que ahora están “en su punto, ni muy verdes ni pasadas”. El segundo me preguntó si venía haciendo el Camino del Cid. El tercero, directamente, me dijo que si esperaba el semáforo tomando un café. No en plan turístico, eh. Como quien comenta el tiempo.
Así empieza bastante bien cualquier día de turismo en Redován, un municipio de la Vega Baja que muchos pasan de largo camino de Orihuela o de la costa.
El pueblo que no esperas encontrar
Redován es como ese compañero de trabajo que parece discreto y luego te enteras de que toca en un grupo los fines de semana. A simple vista ves un pueblo agrícola de la Vega Baja, rodeado de huerta y de cítricos. Pero rascas un poco y aparecen historias curiosas.
Por ejemplo, aquí se encontró un yacimiento ibérico del que salió una pieza conocida como el “grial de Redován”, que hoy se conserva en el Museo Arqueológico Nacional. Lo cuento porque a mí me sorprendió: uno piensa en Indiana Jones y templos lejanos, no en un pueblo entre naranjos.
El centro se recorre rápido. Calles tranquilas, plazas donde siempre hay alguien sentado y la iglesia de San Miguel dominando el casco urbano desde el siglo XVIII. Muy cerca está la Casa del Reloj, antiguo ayuntamiento. Tiene ese aire de edificio serio de pueblo pequeño, de los que han visto pasar generaciones enteras por la puerta.
No es un casco histórico enorme ni monumental. Es más bien de esos que se entienden caminando despacio.
Cuando el arroz es cosa seria
En esta parte de Alicante el arroz no es un plato de domingo: es una discusión permanente.
Te sientas en un bar y enseguida escuchas a alguien debatiendo si el arroz con conejo lleva esto o aquello. No es broma. Se habla con la misma intensidad que otros hablan de fútbol.
Aquí también es típico el arroz con costra, que se termina en el horno y queda cubierto con una capa dorada de huevo. Cuando lo ves llegar a la mesa entiendes por qué la gente lo defiende tanto. Eso sí: partir esa costra sin destrozar el plato tiene su técnica.
Las fiestas de San Miguel, hacia finales de septiembre, cambian bastante el ritmo del pueblo. Hay actos, música en la calle y mucha comida compartida. Durante esos días Redován pasa de tranquilo a bullicioso con bastante facilidad.
Subir a la sierra para entender dónde estás
Si miras hacia el norte del pueblo verás enseguida la pared de roca de la sierra de Callosa y Redován. Es imposible no fijarse.
Por ahí discurren varias rutas y también una vía ferrata bastante conocida en la zona. No es un paseo sin más —hay tramos equipados y cierta altura— pero mucha gente se anima porque permite subir por la pared con seguridad si vas preparado.
Arriba cambia la perspectiva. Abajo queda la Vega Baja extendida como un tablero verde, con parcelas agrícolas y pueblos que parecen pegados unos a otros.
También hay senderos más tranquilos dentro del paraje natural municipal, entre pinos y zonas de matorral mediterráneo. Es donde muchos vecinos salen a caminar o a despejarse un rato por la tarde.
El Camino del Cid pasa por aquí
Redován forma parte del itinerario moderno del Camino del Cid, una ruta que sigue los lugares mencionados en el cantar medieval.
Hay alguna señalización y referencias en el término municipal. Si el Cid pasó exactamente por aquí o no es otra historia —muchas de estas rutas mezclan historia y reconstrucción—, pero el camino sirve para enlazar pueblos de la zona y descubrirlos con más calma.
Mi verdad sobre Redován
Te lo digo claro: Redován no es un destino al que vengas buscando monumentos famosos ni calles de postal.
Es otra cosa.
Es un pueblo de la Vega Baja que vive sobre todo del campo, con una sierra pegada a las casas y una vida bastante tranquila entre semana. Si te gusta observar cómo funciona un lugar sin demasiado maquillaje, tiene su gracia.
Mi consejo es sencillo: ven con tiempo, da una vuelta por el centro, siéntate a comer un arroz y luego acércate a la sierra a caminar un rato. No necesitas mucho más.
En medio día lo habrás recorrido entero. Pero te vas con esa sensación de haber pasado por un pueblo real, de los que siguen funcionando a su ritmo aunque nadie esté mirando.