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sobre San Fulgencio
Municipio agrícola con grandes urbanizaciones; cercano a la costa pero con núcleo tradicional interior
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El cerro de El Oral domina la llanura de la Vega Baja como una atalaya natural. Desde arriba se entiende la lógica del lugar: el mar está cerca, las tierras de regadío se abren hacia el interior y, con buena visibilidad, se distinguen las salinas de Santa Pola. San Fulgencio no nació en este cerro, pero parte de la historia del territorio empieza ahí.
Los íberos y el olivo
Los yacimientos de El Oral y La Escuera no son ruinas monumentales. Lo que se conserva pertenece a dos asentamientos íberos que controlaban el paso entre el litoral y el interior. Desde aquí se gestionaba una red agrícola que producía aceite y vino, productos que luego salían por la costa hacia otros puertos del Mediterráneo.
Las excavaciones comenzaron a finales del siglo XX y han sacado a la luz cerámicas, ánforas y restos de talleres metalúrgicos. Parte de ese material se guarda en el museo arqueológico municipal. El edificio, una casa señorial rehabilitada, merece una mirada incluso si la arqueología no es tu prioridad: el patio conserva un antiguo aljibe y una prensa de aceite que recuerda hasta qué punto el olivo ha marcado la economía local.
La subida hasta El Oral es corta, algo más de dos kilómetros entre ida y vuelta, pero el paisaje de la Vega Baja apenas da sombra. Conviene llevar agua. El camino pasa entre campos de cítricos y olivos viejos, con troncos muy retorcidos. En la parte alta se distinguen las trazas de lo que fue un pequeño oppidum —una aldea fortificada— y desde allí la vista explica muchas cosas: al norte aparecen las sierras de Crevillente y hacia el este el litoral y las urbanizaciones que hoy concentran buena parte de la población del municipio.
Un pueblo agrícola a dos kilómetros del mar
El actual núcleo de San Fulgencio se asentó tierra adentro. Durante siglos el litoral cercano era una franja difícil: dunas móviles, zonas salobres y terrenos poco estables. Las huertas, en cambio, estaban algo más altas y se regaban con acequias que aprovechaban el agua que bajaba de la sierra.
La iglesia parroquial de San Fulgencio pertenece a esa etapa de organización del pueblo como comunidad agrícola. El edificio responde a un lenguaje sobrio por fuera, con un interior más trabajado, donde la cúpula del crucero concentra la luz del templo.
El crecimiento del pueblo fue lento durante mucho tiempo. La agricultura marcaba el ritmo y la infraestructura llegaba poco a poco. En el siglo XX funcionaron varios molinos vinculados al cereal de la zona. Hoy apenas quedan rastros de aquella actividad, más allá de algunos edificios transformados en viviendas y del recuerdo que todavía cuentan los vecinos mayores.
La otra San Fulgencio
Al acercarse a la franja litoral aparece otra realidad. Las urbanizaciones de La Marina y su entorno forman un núcleo residencial muy distinto al pueblo histórico. En ellas vive una comunidad extranjera numerosa, sobre todo procedente del norte de Europa. El inglés se oye casi tanto como el español y la vida cotidiana tiene otro ritmo.
No se parece a los grandes destinos turísticos de la costa alicantina. La construcción es baja, con chalés adosados y pequeñas calles residenciales. Cerca queda una playa larga, abierta, con tramos de dunas y pinares. Fuera de los meses centrales del verano suele estar tranquila.
La convivencia entre el núcleo tradicional y estas urbanizaciones ha sido un proceso lento. Con el tiempo han surgido espacios compartidos: fiestas populares, encuentros vecinales o comidas colectivas en la calle donde cada familia lleva lo suyo y se juntan vecinos de procedencias muy distintas.
El arroz de la huerta
La cocina de San Fulgencio tiene más que ver con la huerta que con el mar. Uno de los platos más repetidos es el arroz “clarico” de verduras, una receta sencilla que los agricultores preparaban en el campo con lo que hubiera a mano: judías verdes, acelgas, pimiento y tomate. No lleva carne ni pescado; el sabor depende del sofrito y del caldo vegetal.
También se cocina el cocido con pelotas, una preparación contundente de garbanzos, patata y unas albóndigas hechas con pan rallado, ajo y especias. Es comida de invierno, de las que llenan la casa de olor durante horas.
En algunas casas y carnicerías se siguen preparando embutidos ligados a la tradición murciana de la zona, como la llamada salchicha de pellizco, que suele hacerse con carne de cerdo y distintos condimentos según la temporada.
Durante las fiestas patronales de la Virgen del Remedio la plaza se llena de grandes paellas colectivas. Son las que se cocinan para el propio pueblo: arroz con conejo, pollo y verdura de la huerta.
Cómo orientarse en la visita
San Fulgencio se encuentra en la Vega Baja, al sur de Alicante y muy cerca de la costa. El núcleo histórico es pequeño y se recorre andando en poco tiempo.
Si interesa el contexto histórico, conviene acercarse al museo arqueológico municipal y subir después al cerro de El Oral para entender el paisaje donde surgieron los primeros asentamientos.
La primavera y el inicio del otoño suelen ser los momentos más agradables: la huerta está activa y el calor es más llevadero que en pleno verano. En los meses de invierno el ambiente es tranquilo y la vida del municipio se reparte entre el pueblo y las urbanizaciones cercanas al mar.