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sobre San Isidro
Municipio joven nacido de la colonización agrícola; trazado moderno y palmeral
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A las seis y media de la tarde, cuando el sol baja y las acequias brillan como espejos rotos, el aire de San Isidro huele a azahar y a tierra removida. No es el perfume decorativo de los pueblos que se venden, es el olor real de un lugar que vive de lo que produce. Los tractores regresan por el camino de tierra paralelo al canal, lentos, con los neumáticos cubiertos de barro seco. Las mujeres sacuden las alfombras en los porches de las casas bajas, todas muy parecidas: fachadas blancas, tejado a dos aguas, alineadas como si alguien hubiera dibujado primero el pueblo en un plano. Muchas se levantaron en los años cincuenta, cuando el Instituto Nacional de Colonización organizó este asentamiento agrícola.
No hay turistas. Aún no.
Un pueblo levantado sobre el regadío
San Isidro es uno de los municipios más jóvenes de la provincia de Alicante. Se independizó de Albatera en 1993, aunque el origen del pueblo es anterior: a mediados del siglo XX el Estado transformó miles de hectáreas de secano en regadío y repartió parcelas y casas entre familias llegadas sobre todo de Murcia, Almería y Jaén.
El arquitecto José Luis Fernández del Amo participó en el diseño del núcleo original. Por eso las calles son rectas, anchas, casi geométricas, y las viviendas repiten un mismo patrón con pequeñas variaciones. La iglesia, sencilla, tiene más aire de edificio público que de templo. La plaza central es amplia y despejada, pensada más como punto de encuentro que como postal.
Caminar por aquí tiene algo de paseo por un proyecto de colonización agrícola que todavía sigue en pie. Farolas bajas, pequeños jardines, naranjos que asoman por encima de las tapias. Y ese olor constante a cítrico que se queda en la ropa incluso en los meses fríos.
En la calle Mayor, que es la más abierta del pueblo, suele haber un bar que levanta la persiana temprano. Dentro, tres o cuatro mesas de formica, una cafetera que resopla y partidas de dominó que van despacio. Algunos de los colonos originales —o sus hijos— siguen quedando allí. Si entras, nadie te examina demasiado. Pero tampoco te preguntan de dónde vienes.
El saladar que queda entre los campos
A un par de kilómetros del centro, entre parcelas de cebolla y limoneros, aparece uno de los saladares que aún sobreviven en la Vega Baja. El paisaje cambia de golpe: suelo blanquecino, vegetación baja adaptada a la sal y algunas palmeras silvestres que crecen dispersas.
Se puede recorrer en bicicleta o andando por un circuito de tierra que ronda los ocho kilómetros. Parte cerca del núcleo urbano y enseguida deja atrás el asfalto. El camino cruza acequias de agua verde oscura y bordea campos cultivados antes de entrar en la zona más abierta.
En primavera los tamariscos se llenan de pequeñas flores rosadas y el aire se vuelve más húmedo, más dulce. Lo normal es oír cogujadas, algún perro a lo lejos y el motor irregular de un motocultor trabajando en los bancales.
No hay demasiada señalización. A veces solo un poste con una flecha azul que indica “Saladar”. Pero si te paras un momento y miras hacia el sur, el Segura aparece como una línea plateada antes de perderse entre los cultivos de la huerta de Orihuela. Al norte, las sierras de Albatera levantan un muro rojizo que cambia de color según avanza la tarde.
Los días en que el pueblo se junta
Las fiestas patronales se celebran el 15 de mayo, día de San Isidro Labrador. El programa suele ser sencillo: misa, procesión por las calles del pueblo y comida al aire libre en el parque de las Palmeras.
Cada familia lleva su mesa plegable y su silla de playa. En las mesas aparecen tortillas de patata, longanizas hechas allí mismo en pequeñas planchas y, casi siempre, torta de acelga. Es una masa fina, verdosa, con pasas y piñones. Se encuentra también en otros pueblos de la Vega Baja, pero aquí suele salir bastante.
A comienzos de julio se celebran las fiestas que recuerdan la segregación de Albatera. Durante esos días el ambiente cambia: hay atracciones, música por la noche y puestos ambulantes que venden de todo un poco. Muchos jóvenes que trabajan o estudian fuera vuelven entonces unos días.
El pueblo se llena de coches aparcados junto a las aceras y de conversaciones que se alargan hasta tarde. De madrugada, cuando se apaga la música, vuelve el silencio del regadío.
Cómo llegar y cuándo pasar
San Isidro está a unos 25 minutos en coche de Alicante siguiendo la A‑7 hacia el sur. En cuanto sales de la autovía, el paisaje ya es huerta: acequias rectas, parcelas de limoneros y caminos agrícolas que se cruzan como una cuadrícula.
No es un lugar pensado para dormir varios días. El alojamiento en el propio municipio es limitado y muchos visitantes terminan buscando habitación en localidades cercanas como Orihuela o Albatera.
Merece más la pena venir por la mañana, sobre todo en abril o mayo, cuando los naranjos están en flor y el aire mezcla olor de azahar con la humedad de las acequias.
Agosto puede resultar duro. El calor se queda atrapado entre los campos y al caer la tarde aparecen bastantes mosquitos cerca del agua. Y si llegas en domingo, conviene traer algo de comida: las tiendas del pueblo suelen cerrar a mediodía.
Luego solo queda sentarse un rato en una terraza, pedir un café y mirar alrededor. Los limoneros se extienden hasta donde alcanza la vista, las palmeras se mueven muy despacio con el viento de la tarde y cuesta creer que este pueblo, levantado hace relativamente poco, no haya estado siempre aquí.