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sobre Torrevieja
Gigante turístico y salinero; famoso por sus lagunas rosas, habaneras y playas urbanas
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Las nueve de la mañana en el paseo marítimo y el aire ya sabe a sal y a protector solar. Las primeras parejas de jubilados británicos pasean con el perro, hablando de los precios del gin tonic de anoche. A lo lejos, la laguna brilla de un rosa tan intenso que parece de mentira, como si alguien hubiera derramado allí un bote entero de malvasía dulce. Pero no: es el agua, esa que lleva siglos trabajando para dar de comer a este rincón de la costa alicantina.
El agua que todo lo tiñe
Torrevieja no se entiende sin la sal. Durante siglos las lagunas se han explotado para extraerla, y todavía hoy se ven los montículos blancos y el ir y venir de camiones por la zona de las salinas. El Parque Natural ocupa una extensión enorme de agua rosada y verde, un paisaje raro en esta parte del Mediterráneo.
El color lo provoca un alga microscópica, la Dunaliella salina, que prospera cuando la salinidad es muy alta. Por eso aquí flotar resulta fácil: el cuerpo se queda en la superficie con una ligereza extraña, como si el agua empujara desde abajo.
Hay senderos que bordean las lagunas y permiten acercarse caminando o en bicicleta. La mejor hora suele ser el final de la tarde. Cuando el sol cae hacia el oeste, la superficie se vuelve de un fucsia casi irreal y el aire huele a sal húmeda y a barro caliente.
Si te pica la curiosidad por la historia del lugar, el Museo del Mar y de la Sal reúne fotos antiguas, herramientas y maquetas que ayudan a entender cómo ha vivido Torrevieja mirando a estas lagunas. Allí se conserva también una maqueta de la fragata Virgen del Carmen. Cada verano, durante la festividad del Carmen, la imagen sale en procesión por el mar acompañada por decenas de embarcaciones. Es de los pocos momentos en que se mezclan sin demasiado ruido los vecinos de siempre y la multitud que llega en verano.
Las torres que siguen mirando al mar
En el Cabo Cervera, la Torre del Moro se levanta sobre la roca con esa piedra áspera que el viento ha ido desgastando durante siglos. Formaba parte del sistema de vigilancia costera que avisaba de ataques desde el mar. Hoy queda como un mirador natural: abajo se ve el litoral extendiéndose hacia el sur, bloques de apartamentos, pequeñas calas y el puerto al fondo.
Desde el puerto sale el dique de Levante, una larga lengua de hormigón que se adentra mar adentro. Caminarlo entero tiene algo hipnótico. El viento suele soplar con fuerza, las gaviotas se colocan en fila sobre las farolas y el agua cambia de color según la luz: a ratos azul limpio, a ratos casi negro.
En el extremo norte del municipio está la Torre de la Mata, más baja y más robusta. También formaba parte de aquella red defensiva de la costa. Hoy el entorno es mucho más tranquilo que el centro de Torrevieja, y mucha gente recorre el litoral entre ambos puntos a pie o en bici. Entre semana el ambiente es bastante local; en fin de semana la senda se llena y toca ir despacio, compartiendo espacio con patinetes, bicicletas y familias enteras caminando hacia la playa.
El sabor de volver
En el mercado todavía se ven productos que hablan del pasado salinero y marinero del pueblo. Uno de ellos es el peix sec: pescado abierto y secado al sol, de olor intenso, que luego se asa o se utiliza para dar sabor a guisos.
También aparecen las cocas dulces con albahaca fresca, piñones y azúcar. El contraste sorprende la primera vez, porque la albahaca aquí no sabe a pesto ni a cocina italiana, sino a huerta caliente y a horno recién abierto.
En muchas casas los domingos siguen teniendo forma de arroz. El caldero —heredado de la tradición de Tabarca— se prepara con pescado de roca y un caldo oscuro que luego se convierte en arroz. Y en las pastelerías tradicionales suelen verse los llamados borrachos: bizcochos empapados en almíbar con ron y canela, pegajosos y contundentes.
Cuándo venir y cuándo bajar el ritmo
La primavera suele ser el momento más agradable. En mayo el pueblo celebra sus fiestas patronales y las calles se llenan de música de charanga, pañuelos de colores y sillas sacadas a la puerta de casa. Hay ruido, sí, pero también una sensación de barrio que en verano cuesta más encontrar.
Agosto cambia completamente el ritmo. La población se multiplica, el tráfico se vuelve lento y aparcar cerca de la playa puede convertirse en una pequeña expedición. Si vienes en esos meses, merece la pena madrugar: a primera hora el mar está casi plano y el paseo marítimo todavía suena a pasos y conversaciones bajas.
Otro momento muy ligado a la identidad local es el certamen de habaneras, que cada verano llena la ciudad de coros y de canciones marineras. Una de las imágenes más repetidas es la de la gente sentada en la arena con sillas plegables mientras cae la noche. Cuando empiezan a sonar las habaneras más conocidas, media playa termina cantando.
El detalle que queda
Cuando te marches, probablemente llevarás algo de sal pegada en las sandalias y ese olor leve a algas que se queda en la piel después de bañarte. Quizá también una coca salada envuelta en papel o un trozo de dulce que sobrevive al viaje de vuelta.
Torrevieja tiene mucho hormigón y veranos ruidosos, eso es evidente. Pero también tiene momentos muy concretos —la laguna rosa al atardecer, el viento en el dique cuando cae la tarde, el mercado a media mañana— en los que el lugar se queda en silencio unos minutos y deja ver lo que había aquí antes de que llegaran tantos edificios. Y en esos momentos se entiende por qué tanta gente termina volviendo.