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sobre Villafranca del Cid/Vilafranca
Capital de la piedra seca con un paisaje único de muros y casetas; importante industria textil y entorno de alta montaña
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A primera hora, cuando el aire todavía baja frío de los montes de Els Ports, el pueblo huele a tomillo pisado y a pan reciente. En la plaza Mayor de Vilafranca alguien cruza la cuesta empedrada con una barra bajo el brazo, envuelta en papel. El sol tarda en entrar entre las fachadas de piedra y cuando lo hace ilumina las tejas oscuras y los balcones de hierro uno a uno. A más de mil metros de altitud, la mañana llega despacio y el sonido que manda suele ser el de las campanas de la iglesia de la Asunción, que se oye desde casi cualquier calle.
Vilafranca —o Vilafranca del Cid, según quién lo nombre— está en la comarca de Els Ports, en el interior norte de la Comunidad Valenciana. Es un pueblo grande para esta zona de montaña, con algo más de dos mil habitantes y un casco histórico que todavía conserva la trama de cuando todo estaba rodeado por murallas.
El portal que quedó
Del antiguo recinto defensivo apenas quedan restos, pero uno de los accesos aún sigue en pie: el Portal de San Roque. Mira hacia el sur, en dirección a los caminos que bajan hacia el Maestrazgo. El arco de piedra está gastado en la base, pulido por siglos de carros, animales y botas.
Al cruzarlo empiezan calles estrechas que serpentean entre casas de piedra bastante altas para un pueblo de montaña. En algunas fachadas todavía se ven escudos y fechas grabadas en los dinteles. Si vas sin prisa, aparecen detalles pequeños: una ventana diminuta con reja torcida, una piedra marcada por la cuerda de un antiguo pozo, una inscripción casi borrada en la pared de una bodega.
En una de esas calles funciona un horno muy antiguo que el pueblo sigue utilizando ciertos días de la semana. No tiene nada de exhibición para visitantes: es un horno de los de siempre, donde se cuece pan para las casas. Cuando está encendido, el olor a leña de encina se queda flotando en la calle y te lo llevas pegado a la ropa un buen rato.
La mesa que sabe a matanza
Aquí la cocina sigue el ritmo del clima y de lo que se ha criado siempre en la zona. La olla de la Plana aparece en muchas casas cuando aprieta el frío: garbanzos, carne de cerdo y verduras cocinadas sin prisa en ollas grandes. Es comida de cuchara, de mesa larga y conversación lenta.
La coca de ceba, muy fina y con mucha cebolla, suele salir del horno con los bordes tostados y el centro casi dulce. Y en invierno todavía se hacen matanzas familiares en algunas casas del pueblo o en masías cercanas. Durante esos días el aire huele a pimentón, a ajo y a humo, y las longanizas se cuelgan a secar en lugares ventilados.
La miel que se vende por aquí suele venir de colmenas repartidas por el monte bajo de la comarca. Romero, tomillo, aliaga. Es una miel clara y aromática que muchos toman simplemente con pan y aceite o en una infusión caliente cuando el frío aprieta.
Cuando el pueblo se llena de alfombras
El día del Corpus Christi cambia por completo el aspecto de las calles. De madrugada, los vecinos empiezan a preparar alfombras con pétalos y plantas recogidas en los alrededores. Desde los balcones se ven dibujos que ocupan tramos enteros de calle: figuras religiosas, formas geométricas, a veces motivos que se repiten cada año.
Cuando pasa la procesión, el olor de las plantas recién cortadas —romero, salvia, flores de campo— se mezcla con el polvo de las calles y dura apenas unas horas. Luego el pueblo vuelve poco a poco a su aspecto habitual.
Las fiestas mayores llegan hacia finales del verano y durante unos días la plaza se llena de música de dolçaina y tabal. Por la noche suele haber hogueras y baile, y al día siguiente el pueblo amanece con gente desayunando chocolate caliente y buñuelos en la calle, todavía con la chaqueta de la noche anterior sobre los hombros.
El camino hacia la Pobla de Bellestar
Desde Vilafranca salen varios senderos que bajan hacia fuentes antiguas y pequeños núcleos dispersos. Uno de los paseos más habituales sigue el curso de varias fuentes históricas a las afueras del casco urbano. El camino discurre entre muros de piedra seca, aliagas y encinas bajas. El agua, cuando corre, lo hace sobre musgo oscuro y mantiene el entorno fresco incluso en verano.
Si sigues andando hacia la Pobla de Bellestar, el paisaje se abre. Las casas aparecen separadas entre sí y el silencio es mayor. Es una pedanía muy pequeña donde viven muy pocas personas durante todo el año. La escuela sigue en pie y el frontón conserva las marcas de muchas partidas, aunque ahora pase más tiempo vacío que lleno.
Cómo llegar y cuándo venir
Llegar a Vilafranca implica asumir carreteras de interior, con curvas y cambios de altura. El último tramo atraviesa zonas abiertas de cultivo y monte bajo, y no es raro que la cobertura del móvil vaya y venga.
La primavera suele ser buena época: el viento es más suave y los campos alrededor del pueblo se llenan de flores silvestres entre los cereales. El otoño también tiene algo especial aquí arriba; el aire huele a leña y a tierra húmeda al caer la tarde.
En invierno el frío se nota de verdad. Las heladas nocturnas son habituales y la sensación térmica puede bajar bastante cuando sopla el viento. Si vienes en esa época, mejor hacerlo bien abrigado y con tiempo para caminar despacio por las calles de piedra, cuando el pueblo vuelve a quedarse en silencio.