Artículo completo
sobre Villar del Arzobispo
Capital de la Serranía con tradición minera carnaval famoso y vinos
Ocultar artículo Leer artículo completo
Las campanas de la iglesia repican a las ocho de la mañana y el olor dulce de un bollo recién horneado se escapa por una puerta entreabierta de la plaza. A esa hora todavía hay pocas persianas levantadas. Un hombre cruza con el coche despacio, buscando dónde aparcar cerca del estanco. Así empiezan muchas mañanas en Villar del Arzobispo: con el pueblo todavía medio dormido y el murmullo de quien va a comprar el pan antes de que apriete el calor.
Villar está en Los Serranos, tierra seca buena parte del año, donde el campo rodea el casco urbano casi sin transición. Sales de las últimas casas y enseguida aparecen los bancales, los almendros y los olivos, con ese tono gris verdoso que cambia según la luz del día.
El sabor de la tierra seca
La Hoya del Turia se abre alrededor del pueblo con lomas suaves y parcelas de cultivo. A finales de invierno los almendros suelen florecer y el paisaje se vuelve más claro, casi blanco en algunas zonas. Dura poco: en cuanto llega marzo avanzado o abril, los pétalos desaparecen y vuelve el color terroso de siempre.
Entre esos campos han aparecido restos antiguos desde hace tiempo. En las afueras se han excavado estructuras que se asocian a una villa romana, con suelos, conducciones de agua y otras piezas que indican que aquí ya se cultivaba y se producía aceite o vino hace muchos siglos. No todo está visible, pero el lugar ayuda a entender que este valle lleva trabajado desde muy atrás.
En la cocina local predomina el plato contundente. El gazpacho villarense no tiene nada que ver con el andaluz: es un guiso espeso de trigo con legumbres y carne que se sirve caliente. También se prepara una olla con verduras de temporada, cardos cuando es invierno, y embutido del terreno. Son comidas pensadas para jornadas largas de campo.
En el pueblo sigue habiendo tradición vinícola. La cooperativa tiene una historia larga y todavía es habitual que los vecinos compren vino a granel. Entre las variedades que se han cultivado por la zona aparece la forcallat, una uva tinta bastante oscura que da vinos intensos.
Piedras que hablan de obispos y santos
La plaza de la Iglesia concentra buena parte de la historia local. Allí están el antiguo Palacio Episcopal y la iglesia parroquial, levantada sobre estructuras más antiguas y reformada varias veces. Si te quedas un rato mirando la fachada se ven bien las piedras más gastadas, con marcas del paso del tiempo y de restauraciones posteriores.
Hay tradición de que algunos personajes importantes pararon aquí en sus viajes entre Aragón y Valencia. A veces se menciona el paso de Carlos V por el palacio en el siglo XVI, aunque las referencias aparecen más en crónicas locales que en documentos muy detallados.
Si bajas hacia el Arrabal, el trazado de las calles cambia: se estrechan, las casas se acercan unas a otras y aparecen rincones más sombríos incluso en pleno verano. Por esa zona está la ermita de San Vicente Ferrer. Junto a ella brota una fuente que los vecinos relacionan con el paso del santo por el pueblo. El agua suele estar fría incluso en agosto y todavía hay quien se acerca con botellas cuando aprieta el calor.
Cuando el pueblo se desmadra un poco
Febrero altera bastante el ritmo habitual. El carnaval de Villar del Arzobispo tiene fama en toda la comarca y durante esos días llega mucha gente de otros pueblos. Disfraces de todo tipo, comparsas, música en la calle y un humor bastante irreverente.
Uno de los momentos más comentados es el entierro de una morcilla gigante —la “morca”— en una especie de funeral paródico que mezcla teatro callejero, ruido de tambores y bastante guasa. No es un acto solemne ni mucho menos; más bien todo lo contrario.
En agosto llegan las fiestas de verano, ligadas a San Roque. Por las noches la plaza y las calles cercanas se llenan de peñas, música y casetas. El día grande suele concentrar mucha gente. Si buscas ver el ambiente del pueblo en fiestas, bien; si prefieres tranquilidad, conviene evitar esas fechas o madrugar mucho.
El alba entre ruinas y monte bajo
En los alrededores hay varios puntos donde caminar un rato sin alejarse demasiado. Cerca del pueblo se localiza el yacimiento de La Aceña, asociado a un asentamiento íbero. No es un lugar monumental, pero al amanecer o al atardecer tiene algo especial: los muros bajos de piedra se tiñen de dorado y el valle queda abierto hacia el Turia.
Por la zona también quedan rastros más recientes de la historia del siglo XX. En algunos montes cercanos se conservan restos de posiciones y refugios de la Guerra Civil, hoy medio cubiertos por romero y tomillo. Hay que fijarse bien para reconocerlos.
Dentro del casco urbano, el museo municipal —conocido como Casa de los Cinteros— reúne piezas de la historia local: documentos, objetos de oficios antiguos y fragmentos de una talla gótica de la Virgen que se perdió en un incendio a comienzos del siglo pasado. La imagen actual es posterior, pero el museo ayuda a entender cómo era la anterior gracias a fotografías y reproducciones hechas por vecinos.
Al final, Villar del Arzobispo tiene más que ver con el ritmo del lugar que con una lista obligatoria. Conviene venir sin prisa, pasear temprano o al caer la tarde y dejar que el pueblo se explique solo.
Cuándo ir: finales de invierno si te interesa ver los almendros en flor, o febrero para vivir el carnaval con todo su ruido. En otoño el monte alrededor huele a tomillo después de las primeras lluvias. Qué evitar: las horas centrales de julio y agosto si vas a caminar por los alrededores, y las mañanas de domingo dentro de la iglesia cuando hay misa y el espacio se llena enseguida.