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sobre Aspe
Localidad del valle del Vinalopó famosa por su uva de mesa embolsada y su basílica barroca
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Hay un momento, justo cuando el GPS te dice que faltan tres minutos para llegar, en que las viñas dan paso a naves agrícolas e invernaderos y el aire huele a tierra caliente y uva que ya piensa en vino. Ahí es cuando empiezas a entender el turismo en Aspe: no es un sitio que se venda mucho, pero todo alrededor gira en torno a lo que sale de la tierra.
El castillo que aparece cuando ya no lo esperas
El Castillo del Río es como ese primo que se hace fotógrafo: todo el mundo sabe que existe, pero nadie se lo imagina del todo hasta que lo tiene delante. Te plantas en lo alto de un cerro que parece poca cosa desde abajo y de repente aparece la fortaleza.
Se suele atribuir a época islámica, levantada para vigilar el valle del Vinalopó. Y tiene sentido: desde arriba ves el río, los campos y ese mosaico de cultivos que explica cómo se ha vivido aquí durante siglos.
La subida no tiene misterio. Una caminata corta, algo de cuesta, y ya estás arriba. No hay taquilla ni un recorrido montado. Subes, paseas entre los restos y miras el paisaje. A veces eso es suficiente.
La plaza donde el pueblo baja a verse
Cuando bajas al centro acabas en la Plaza del Ayuntamiento. Es de esas plazas que recuerdan a cuando la vida del pueblo pasaba entera ahí: la iglesia marcando las horas, los bancos ocupados a media tarde y gente que se para a hablar sin mirar el reloj.
El conjunto tiene ese aire de plaza antigua levantada con calma, con edificios que llevan generaciones viendo pasar fiestas, mercados y conversaciones largas.
Si te sientas un rato lo verás enseguida: los mayores que se conocen de toda la vida, niños cruzando la plaza a toda velocidad y grupos que se paran a charlar delante de un portal como si no hubiera prisa para nada. Es una escena bastante cotidiana en muchos pueblos del Vinalopó.
El casino modernista
El Casino Modernista es uno de esos edificios que llaman la atención aunque no seas muy de arquitectura. No es enorme, pero tiene detalles que hacen que te fijes: balcones trabajados, curvas, un interior con bastante personalidad.
A veces se utiliza para actividades culturales o reuniones del pueblo. Y no es raro que dentro haya alguna partida de cartas en marcha. Si te asomas entenderás rápido que en estos sitios el mus se toma bastante en serio.
Más que un monumento de postal, es un edificio que sigue formando parte de la vida diaria del centro.
Lo que se come cuando nadie está mirando
Aquí viene una de las partes que mejor explican el pueblo. En Aspe la cocina tira mucho de lo que ha dado siempre la huerta y el campo.
La coca de mollitas aparece mucho. Pan, migas crujientes por encima, aceite, ajo… algo sencillo que termina desapareciendo de la mesa sin que te des cuenta.
También está el gazpacho aspero, que en realidad se parece más al gazpacho manchego que al andaluz. Lleva carne —normalmente conejo— y tortas troceadas. Es de esos platos contundentes que explican por qué en muchos pueblos la siesta sigue teniendo sentido.
Y luego está todo lo relacionado con el embutido. La tradición de la matanza ha sido importante en la zona, y todavía hay familias que mantienen recetas de longanizas, morcillas y otros embutidos que llevan décadas haciéndose casi igual.
Cuándo se anima más el pueblo
Hay dos momentos del año en los que Aspe cambia bastante el ritmo.
En septiembre llegan las fiestas dedicadas a la Virgen del Socorro. El centro se llena de actos, música y procesiones, y el ambiente es el de un pueblo que lleva todo el año esperando esos días.
En abril suelen celebrarse los Moros y Cristianos, una fiesta muy extendida por esta parte de Alicante. Comparsas, trajes elaborados, desfiles y bastante pólvora. Durante unos días todo gira alrededor de eso.
Si prefieres verlo con más calma, el otoño suele funcionar bien. El calor fuerte ya ha bajado, los campos siguen activos y el pueblo vuelve a su ritmo normal.
Al final Aspe no es un sitio para tachar monumentos de una lista. Es más bien de pasear un rato, subir al castillo, sentarte en la plaza y entender cómo encaja todo: el río, las viñas, las casas y la gente que lleva aquí toda la vida.