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sobre Petrer
Ciudad unida a Elda con un impresionante castillo y casco antiguo de calles empinadas
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Petrer es como ese compañero de piso que te sorprende: de día trabaja en una fábrica de zapatos y por la tarde se va a escalar al castillo que tiene en su terraza. Y funciona. Porque aquí la industria del calzado no es algo que se vea en los folletos, se huele: hay días que el aire recuerda a piel nueva, como cuando abres una caja de zapatos recién estrenados.
Lo primero que hace falta saber
Elda y Petrer son como hermanos siameses que no se pueden separar. Cruzas una avenida y cambias de municipio, pero la vida sigue casi igual: la misma industria, el mismo ritmo, el mismo acento. Con algo más de treinta mil habitantes, Petrer mantiene ese aire de pueblo grande que ha crecido alrededor de las fábricas, con la ventaja de que todavía puedes aparcar el coche sin convertirlo en una prueba de paciencia.
El castillo es lo que ves desde casi cualquier punto, y eso marca bastante el paisaje. No es el más espectacular de la Comunidad Valenciana (ese debate suele acabar saliendo cuando alguien menciona Xàtiva), pero aquí forma parte de la vida diaria. La gente sube a pasear como quien da una vuelta después de cenar.
El castillo y las casas que no son casas
La subida al castillo es como ir al bar de siempre: sabes lo que te vas a encontrar, pero vas igualmente. Desde el centro se llega en un paseo corto cuesta arriba, lo suficiente para notar que has hecho algo de ejercicio.
En la ladera aparecen las casas‑cueva. Desde fuera parecen simples puertas en la roca o en la muralla, casi como trasteros improvisados. Pero detrás hay viviendas excavadas que mantienen una temperatura bastante estable durante todo el año. Cuando hace calor fuera se agradece; cuando llega el invierno también.
Cerca está la ermita del Santísimo Cristo y uno de los miradores clásicos del pueblo. Hace más de un siglo alguien lo bautizó como “el balcón de España”. Lo de toda España suena optimista, pero el Valle del Vinalopó se abre entero delante y se entiende por qué la gente se queda un rato mirando.
La fiesta que no te deja dormir
Los Moros y Cristianos de Petrer se celebran en mayo y durante esos días el pueblo cambia de ritmo. O te sumas al ambiente o te costará ignorarlo.
No es una fiesta pensada para quien llega de fuera a mirar un rato. Aquí participa medio pueblo: comparsas, trajes elaborados durante meses, familias enteras metidas en el desfile. Y luego está la pólvora. Los arcabuces suenan desde primera hora y sirven de despertador incluso para quien no tenía intención de madrugar.
Lo que comes cuando no estás de dieta
La cocina de aquí es de las que te hacen pensar que alguien debería adoptarte como nieto temporal. Los fassegures son un guiso contundente de carne y caldo que entra especialmente bien cuando refresca.
Luego están los rollos de aguardiente, que parecen un pequeño experimento de repostería tradicional: masa frita con ese toque de licor que te recuerda a ciertas sobremesas familiares. Y en época navideña suelen aparecer los almendrados, muy ligados a la repostería de la zona.
El calzado (o cómo justificar la excursión)
Aquí el calzado no es un reclamo turístico: es la economía del lugar desde hace décadas. Muchas fábricas y almacenes tienen venta directa, así que no es raro ver a gente que viene expresamente a buscar zapatos.
Si te acercas por la mañana suele haber más calma para mirar con tiempo y preguntar. Es uno de esos planes curiosos: sales con un par de zapatos y con la sensación de haber visto cómo funciona de verdad una ciudad industrial.
En cuanto a naturaleza, por los alrededores salen varias rutas hacia la sierra del Cid. La más conocida sube hasta la llamada Silla del Cid, una formación rocosa con forma de asiento donde la tradición dice que descansó el Cid Campeador. Sea verdad o no, la subida tiene su esfuerzo y las vistas del valle compensan.
Cuándo venir y por qué
Petrer no suele aparecer en las listas de grandes destinos. Funciona más bien como parada que como meta del viaje. Pero tiene su gracia: un castillo que se sube andando, industria viva alrededor y montañas bastante cerca.
Si vienes un sábado por la mañana se entiende bien el ritmo del pueblo. Das una vuelta por el centro, subes al castillo para estirar las piernas, comes por la zona de la plaza y, si te apetece, miras zapatos antes de irte.
En unas horas te haces una buena idea del sitio. No es un lugar de postal, pero sí de los que se recuerdan con facilidad porque la vida aquí sigue bastante pegada a lo que siempre ha sido. Y eso, hoy en día, ya tiene bastante valor.