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about Villamartín
Service hub of the region with major archaeological heritage; communications crossroads ringed by fertile farmland
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Villamartín huele a aceite de oliva recién prensado
Lo primero que notas al bajar del coche en Villamartín es el olor. No es un perfume suave, es el aroma denso y punzante que sale de una almazara cuando está en plena campaña. Te da directamente en la nariz y, si eres como yo, te hace pensar inmediatamente en buscar una barra de pan.
Esa primera impresión no engaña. Este es un pueblo agrícola hasta la médula. La gente mayor aún recuerda cuando los jornaleros llevaban pantalones blancos, de ahí el apodo local de culiblancos. Han pasado romanos por aquí, andalusíes que levantaron fortalezas en los cerros y repoblaciones desde Sevilla. Pero el ritmo diario sigue marcado por los olivos y los campos de cereal.
El Castillo de Matrera: polémica con vistas
A unos nueve kilómetros del pueblo está el Castillo de Matrera. En el mapa parece a la vuelta de la esquina. En la realidad, depende de tu disposición a subir una cuesta bajo el sol gaditano.
La fortaleza corona un cerro desde donde se controla buena parte de la campiña. Su origen es andalusí y durante siglos fue un punto clave en una frontera inestable.
Lo que lo ha hecho famoso últimamente es su restauración. Tras un derrumbe, la intervención que se hizo mezcla ruina histórica con estructuras nuevas de hormigón. En las fotos parece un choque brutal. Estar allí, con ese paisaje abierto alrededor, le da más sentido al conjunto.
Las vistas son lo que realmente te quedas. Desde lo alto, se ve toda la serranía, un mosaico de olivares, tierras de labor y cortijos dispersos. Es ese tipo de sitio donde la gente se queda un rato más, incluso después de hacerse la foto obligatoria.
El Dolmen de Alberite: un viaje inesperado
A las afueras del pueblo te encuentras con el Dolmen de Alberite. No es una piedra pequeña junto al camino; es una estructura megalítica seria, con una galería formada por bloques de varias toneladas que tiene unos 6.000 años.
Tiene su historia: apareció en los años 90 durante unos trabajos agrícolas. Lo que parecían unas piedras raras resultó ser uno de los dólmenes más importantes por aquí.
Se puede visitar, pero no siempre está abierto a voleo. Suele haber que gestionar el acceso antes para proteger el sitio. Si te interesa la arqueología, merece la gestión previa. Puedes entrar dentro y eso cambia completamente la percepción del lugar.
La iglesia que guarda sorpresas
En pleno centro está Santa María de las Virtudes, la iglesia principal. Por fuera parece bastante sobria, incluso modesta para lo que uno espera en Andalucía.
Dentro es otra cosa. La torre se le atribuye a Hernán Ruiz II, el mismo tipo que trabajó en la Giralda sevillana, y el retablo mayor es una pieza barroca del círculo de Pedro Roldán. Hay más arte del que aparenta desde la calle. La nave central tiene más amplitud de lo que su fachada sugiere. Es ese efecto sorpresa que tienen algunos edificios antiguos: guardan todo el interés para cuando traspasas la puerta.
Comer como un culiblanco
Aquí no vienen a hacer cocina creativa. Se come como se ha comido siempre: platos contundentes, hechos en olla o sartén, que casi exigen mojar pan.
Es zona de sopas tostadas con espárragos trigueros, guisos camperos y dulces de horno generosos. Los cuernos con crema son famosos en todo el pueblo y los gantees, unos dulces con raíces andalusíes, están en todas las vitrinas pastelerías.
Mi método infalible: fíjate dónde hay gente del lugar a la hora de comer o cenar. Si suena el ruido constante de cubiertos y conversación animada, normalmente vas bien. Ojo con el gazpacho caliente si lo ves en carta: no es el fresco veraniego. Aquí es más bien un guiso espeso, perfecto para días fríos.
Un ritmo distinto
Villamartín no es un pueblo para ir tachando visitas obligadas una tras otra. El ritmo va más lento. Un día normal puede ser pasear por el centro sin rumbo fijo, acercarse al dolmen o al castillo, y dejar que las horas pasen sin demasiada prisa. Durante el año hay fiestas con mucha chispa, como su feria o la romería de la Virgen de las Montañas, que llena el cerro del santuario de gente de todos los pueblos de alrededor. También sirve como campamento base para explorar la zona: Bornos, Arcos y otros pueblos blancos están a tiro de coche. Villamartín no grita para llamar tu atención. Funciona a su propio compás, el que marcan los olivos y las costumbres repetidas durante generaciones. Esa tranquilidad constante acaba siendo lo que más valoras cuando te vas