Full Article
about Lucena
The Pearl of Sepharad is an industrial and commercial city with a notable Jewish and Baroque past, highlighted by its sanctuary and Hebrew necropolis.
Hide article Read full article
Lucena, sin prisa
Hay ciudades que te reciben con un cartel gigante diciéndote lo importantes que son. Lucena no es una de ellas. Llegas, aparcas en una de esas calles anchas que rodean el casco histórico (consejo de amigo: hazlo, el centro se recorre mejor a pie), y te encuentras con una ciudad andaluza que vive a su ritmo. Un ritmo marcado por el olivo, los talleres de muebles y una historia que no grita, pero que si te paras a escuchar, tiene mucho que contar.
Fue importante para los judíos en época de al-Ándalus, luego llegaron los cristianos, después el barroco. Pero aquí no hay un solo relato oficial. Es más bien como escuchar a varias personas hablar a la vez en una mesa familiar; al final, la historia es la suma de todas sus voces.
El Castillo del Moral y su huésped ilustre
El castillo está ahí, en pleno centro, sin demasiada fanfarria. Subir a su torre del homenaje es la mejor manera de entender Lucena. Desde arriba ves un mar de tejados blancos bajando la cuesta, ordenados y apretados. La vista te explica por qué este sitio fue estratégico.
Dentro, es donde la cosa se pone interesante. Aquí estuvo preso Boabdil, el último rey de Granada, después de la batalla de Lucena. Pero para mí, lo más revelador fue la parte dedicada a la necrópolis judía descubierta en las afueras. Más de trescientas tumbas. Te hace replantearte lo que creías saber sobre esta zona en la Edad Media. No era un pueblo más; era un centro con peso propio.
Barroco por sorpresa
La Parroquia de San Mateo engaña. Su fachada es sobria, como muchas otras. Pero entras al Sagrario y es como si alguien hubiera dicho "aquí vale todo". Columnas retorcidas, yeserías que no saben cuándo parar... es el barroco cordobés en estado puro. Un exceso total y absolutamente fascinante.
Allí dentro está también el Cristo de los Faroles. Si coincides con Semana Santa verás la devoción real, la de los vecinos, no montada para postales. No es el espectáculo masivo de otras capitales; es más íntimo y por eso quizás más auténtico.
Dulces con historia (y azúcar glass)
No te vayas sin probar un bollo lucentino. Son rectangulares y van cubiertos de un glaseado blanco tan denso que cruje al partirlo. La tradición dice que la receta nació en un convento hace siglos. Tienen un sabor a canela y matalahúva que sabe a cocina antigua, a receta guardada.
Si vas en septiembre durante la Feria Real, los verás por todos lados. La feria es sobre todo para los locales: casetas, música y noches largas. Es su celebración anual, no un evento turístico.
El aire huele a aceite
Conducir cinco minutos en cualquier dirección fuera del casco urbano te sumerge en el mar de olivos de la Subbética. Colinas suaves hasta donde alcanza la vista. Hay senderos y caminos agrícolas para pasear sin dificultad.
En otoño, cuando empieza la recolección, el olor a almazara lo impregna todo desde lejos. Es un olor terrenal que te recuerda que el aceite no sale de una botella en un supermercado, sino de esto: del trabajo anual en estos campos.
Por estos caminos también se habla de El Tempranillo, el bandolero del siglo XIX cuya leyenda recorre toda la comarca. Su historia añade otro capítulo a un paisaje ya cargado de memoria.
Cómo moverse
Olvídate del coche para el centro histórico. Aparca fuera y camina sin rumbo fijo. Deja que las épocas se mezclen: la judería medieval aquí, una fachada barroca allá, el taller de carpintería al fondo. Lucena no te va a golpear con una lista de "imprescindibles". Funciona por acumulación. Un castillo con vistas. Un barroco desatado dentro de una iglesia discreta. Un dulce nacido en un convento. El olor a aceituna molida en octubre. Es una ciudad cómoda en su propia piel, sin necesidad de demostrarle nada a nadie