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about Solanillos del Extremo
Hilltop village overlooking La Alcarria; farming tradition
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A las siete de la mañana en Solanillos del Extremo, el único sonido es el de una puerta que se abre en alguna calle y el motor de un coche arrancando en la parte baja. El aire, incluso en agosto, suele traer una brisa fría que baja de los páramos. Llegar aquí es cuestión de seguir carreteras secundarias entre campos de cereal y manchas de quejigo. Cuando por fin aparece el grupo de casas, con sus paredes pálidas y tejados oscuros, da la sensación de que el camino te ha llevado al borde de algo más ancho y vacío.
Este lugar pertenece a La Alcarria, en el extremo oriental de Guadalajara. Tiene setenta y dos vecinos censados. Sus calles son cortas, con el terreno irregular en algunos tramos, y las fachadas alternan la piedra caliza, el revoco desgastado y puertas de madera que han pasado muchos inviernos. No es un pueblo detenido: hay antenas, coches aparcados y alguna casa restaurada. Aun así, el ritmo sigue siendo lento y pegado a la tierra.
La iglesia y las calles de caliza
La torre de mampostería de la iglesia de la Asunción sobresale por encima de los tejados y se ve desde casi cualquier camino de entrada. No es un monumento grandioso, pero ha marcado la vida aquí durante generaciones.
Las calles estrechas se apiñan a su alrededor, flanqueadas por casas de piedra caliza. Algunas conservan portones anchos que delatan antiguos corrales o cuadras. Los líquenes amarillentos se extienden por los muros, y las grietas finas atrapan la luz del atardecer, proyectando sombras delicadas.
Quedan aún, aquí y allá, muretes bajos que antes separaban huertos y pequeños cercados. Muchos ya no se usan igual, pero ayudan a entender cómo se organizaba la vida diaria cuando cada casa tenía animales o cultivaba una parcela cerca.
La plaza pequeña tiene bancos y un pozo antiguo, un recordatorio de cuando el agua se sacaba a mano. En verano, cuando el sol del mediodía cae a plomo, la gente suele reunirse en las franjas de sombra pegadas a las paredes.
El páramo que empieza donde acaba el pueblo
Basta pasar el último muro del pueblo para que el paisaje se abra de golpe. Los páramos de alrededor son campos de cereal, rastrojos y quejigos dispersos. En julio, la tierra se vuelve ocre y el viento mueve la hierba seca con un sonido áspero, como un susurro rasgado. En invierno, el terreno parece más desnudo y el frío se nota en cuanto llega el viento del norte.
Varias pistas rurales salen del pueblo. Muchas son de tierra y siguen rutas usadas durante generaciones por labradores y pastores. Caminar por ellas a menudo significa recorrer tramos largos sin cruzarse con nadie. De vez en cuando se oye el campanilleo lejano de un rebaño, o se ve un ave rapaz planeando sobre una corriente de aire ascendente.
La noche trae otro tipo de silencio. Si el cielo está despejado, el pueblo queda en una oscuridad casi completa. El alumbrado público es mínimo, y el cielo se llena de estrellas, una vista que se ha vuelto poco común en zonas más pobladas.
Caminar sin prisa (y con agua)
La zona invita a paseos largos por pistas agrícolas y caminos poco transitados. La señalización no siempre es clara; conviene llevar un mapa o tener el móvil preparado con antelación. El terreno no tiene dificultad técnica, aunque la apertura del paisaje puede complicar la orientación los días de viento fuerte o niebla.
La luz cambia la experiencia del paisaje. La primera hora de la mañana y la última de la tarde suelen ofrecer las vistas más definidas. A esas horas, los muros de piedra, las verjas metálicas oxidadas y los cerjos de piedra seca se recortan con más claridad que bajo la luz plana del mediodía.
Si vienes en verano, planea bien las horas. El sol es intenso durante la parte central del día, y hay poca sombra natural más allá del pueblo mismo. Salir a caminar pronto hace que el paseo sea más llevadero.
Un ritmo marcado por las temporadas
La agricultura y la ganadería han moldeado desde siempre la vida en Solanillos, y los restos de ese modo de vida siguen siendo visibles. En invierno, algunas familias aún hacen la matanza tradicional, una práctica estacional centrada en preparar embutidos. Durante los meses más templados hay una actividad constante ligada a los huertos, los animales y las pequeñas parcelas.
Muchos vecinos pasan parte del año fuera pero vuelven para las vacaciones o fechas señaladas. La fiesta principal suele ser a mediados de agosto, alrededor del día de la Asunción. Entonces el pueblo se anima más de lo habitual, y la plaza vuelve a llenarse con el sonido de conversaciones que se alargan hasta bien entrada la noche.
Para tener en cuenta antes de llegar
Solanillos del Extremo está en una zona bastante apartada, lejos de las rutas principales. Lo normal es llegar por carreteras comarcales que pasan por otros pueblos pequeños de La Alcarria. El último tramo suele ser por carriles más estrechos; es mejor ir sin prisas.
Los servicios dentro del pueblo son muy limitados. Si piensas pasar varias horas caminando por los alrededores, trae agua y algo de comida contigo.
En invierno, las condiciones en el páramo pueden ser duras. El viento sopla con fuerza y las temperaturas bajan rápidamente en cuanto se pone el sol