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about Pinarejo
Agricultural municipality with a mill tradition, set in high country.
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Pinarejo, sin prisa
Hay pueblos que te obligan a bajar la velocidad. Llegas a Pinarejo, ves cuatro calles y piensas: "¿y ya está?". Ese es el momento en el que el pueblo empieza a funcionar. No hay trampa. Lo que ves es lo que hay: 172 personas, un puñado de calles y La Mancha abierta hasta donde alcanza la vista. El turismo aquí no es una atracción, es casi una consecuencia accidental.
Está en Cuenca, en esa zona donde los mapas tienen más espacio vacío que nombres. Las casas son bajas, de fachadas lavadas por el sol, con portones que a veces dejan ver un patio interior o la entrada a una cueva-bodega. En diez minutos has cruzado el pueblo entero. Y no pasa nada.
La iglesia y la plaza, que son casi lo mismo
En el centro está la iglesia de San Bartolomé, del siglo XVI aproximadamente. No es una catedral, es más bien un edificio sólido y serio, como un mueble antiguo que siempre ha estado en la misma habitación. A su alrededor se abre una plaza ancha y tranquila.
Aquí pasa todo lo que puede pasar: alguna conversación a la sombra, un par de coches aparcados, el ir y venir de quien tenga algo que hacer. En verano, para las fiestas del patrón, la cosa cambia. Vuelve gente que se fue a vivir fuera, se montan barras temporales y hay música hasta tarde. Es el momento de más bullicio del año. El resto del tiempo, el silencio es lo normal.
Salir andando (sin mapa)
La Mancha parece plana hasta que te pones a caminar. Aquí hay cuestas suaves, algún bosquete de pinos y campos que suben y bajan como una tela tendida al viento.
No hace falta buscar senderos señalizados. Sales por cualquier camino de tierra –los que usan los tractores– y en dos minutos estás entre viñas o campos de cereal. El aire huele a tomillo cuando hace calor. Si miras al cielo, es fácil ver cernícalos suspendidos en el aire, como si los hubieran colgado de un hilo invisible.
En otoño, si ha llovido bien, la gente del pueblo sale a buscar níscalos por los pinares cercanos. No es un plan organizado para visitantes; es algo que hacen ellos y punto. Si vas por tu cuenta, mejor informarte antes sobre permisos.
Los pueblos de al lado
Para entender Pinarejo ayuda mirar alrededor. A pocos kilómetros hay otros pueblos parecidos: Santa María del Campo Rus, El Cañavate... Son nombres pequeños en carreteras comarcales.
No esperes centros históricos espectaculares. Verás una plaza con algunos bancos, un frontón para jugar a pelota –aquí le llaman "trinquete"– y quizá una cooperativa agrícola cerrada a mediodía. La gente te mirará con curiosidad si llevas cámara de fotos, pero no con mala leche. Es solo que no están acostumbrados a verse en postales.
Comer como se come aquí
Olvídate de restaurantes con estrella Michelin. En Pinarejo se come lo de siempre: platos contundentes para aguantar el frío o el trabajo en el campo.
Cuando baja el termómetro aparecen las gachas manchegas, ese puré espeso de harina aliñado con cosas serias como torreznos o pimentón. Luego está el morteruelo conquense –una especie de paté caliente hecho con hígado y carne de caza– que aquí toman casi como un rito invernal.
Muchas familias siguen haciendo embutidos durante la matanza. Si tienes la suerte de que alguien te ofrezca probar algo en su casa –un trozo de lomo adobado, unas migas– di que sí sin pensarlo. Es la mejor manera (y a veces la única) de probar cómo sabe este lugar.
Un sitio pequeño a propósito
Pinarejo no va a cambiarse para gustarte a ti. Es lo que es: un pueblo muy pequeño donde las noticias viajan rápido y los planes suelen ser sencillos.
No vengas buscando agenda cultural ni tiendas bonitas. Ven si te apetece pasear sin rumbo por un camino polvoriento, sentarte en una plaza vacía o simplemente estar en un sitio donde el mayor evento del día sea el paso del tractor por la calle principal.
A veces eso basta. En Pinarejo no solo basta; es todo lo que hay