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about Puebla de Don Rodrigo
Set in a Guadiana river bend; rich natural setting with riverside forests and surrounding hills.
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Puebla de Don Rodrigo, o cuando el nombre lo dice todo
Puebla de Don Rodrigo es de esos pueblos que pasas por la carretera y piensas "bueno, otro más". Hasta que te paras y te enteras de que lo fundó un tipo que, con ocho años, ya era Maestre de Calatrava. Te lo cuento porque a mí me pasó: llegué buscando sombra y un café, y me encontré con esa historia. Don Rodrigo Téllez Girón le dio su nombre al sitio en los años 1470, y hasta le añadieron el apellido un tiempo, para que no hubiera duda de quién mandaba. Ya te avisa el cartel nada más entrar.
La plaza es donde se entiende el ritmo. Bancos a la sombra, conversaciones que son como el río Guadiana por aquí cerca: lentas pero con fondo. La iglesia de San Juan Bautista está ahí desde hace siglos, sin aspavientos. Es de piedra maciza, sin florituras, como casi todas por esta parte de Castilla-La Mancha. Suena la campana y sabes qué hora es sin mirar el reloj.
Un año que gira alrededor de tres fiestas
Aquí el calendario lo marcan tres fechas. A finales de abril llegan los Mayos, que se alargan unos días. Es cuando las familias sacan las tortas de los Mayos y las calles se llenan de coplas que se repiten cada año. Si tienes suerte (o conoces a alguien), probarás la limonada casera que circula entre vecinos. Olvídate del refresco comercial: esta pica un poco, tiene carácter, como el terreno.
En mayo también está Santa Quiteria, muy ligada al pueblo. Pero donde se nota el cambio es en verano, con las fiestas de San Juan Bautista. Es cuando vuelve la gente que vive fuera. La plaza se llena de coches y las charlas se alargan hasta tarde; parece otro lugar.
Por donde pisaban los oretanos
El Guadiana marca el territorio, aunque no se vea desde el pueblo. Esta zona fue frontera hace siglos, tierra de oretanos y lusitanos. Quedan cerros y restos por ahí, pero si no vas con alguien del lugar, es fácil pasarlos por alto.
La ruta más conocida es el Estrecho de las Hoces. Cuesta andarla en agosto con cuarenta grados a la sombra –yo no lo haría otra vez–, pero el paisaje vale la pena: dehesa abierta con encinas y quejigos retorcidos. Es el monte toledano puro.
Lo que sí sorprende es el abedular del Río Frío. Ver abedules aquí abajo resulta raro; son árboles del norte. Parece un trozo de Asturias colado en La Mancha. Eso sí: el acceso suele estar controlado para protegerlo, así que pregunta antes de ir.
Caldereta sí, pero ¿y la perdiz?
La comida aquí es lo que hay: caza, aceite, pan y guisos lentos. En cualquier reunión importante aparece una caldereta grande, para compartir.
Pero donde hay debate es con la perdiz estofada. En muchos sitios es un plato para ocasiones; aquí es receta diaria. Se hace en casa, en una olla grande, y sabe aún mejor al día siguiente rehecha. Te lo dicen con naturalidad, como quien habla del tiempo.
Un sitio sin postureo
Puebla no es un pueblo decorado para fotos. Su plano es sencillo y práctico. Si buscas calles impecables o escenarios perfectos, esto no es tu sitio.
Lo que tienes es vida normal: a media mañana en la plaza se habla de si ha llovido lo suficiente para los campos o cómo va la temporada de caza. Nadie actúa para ti.
Y así es también como hay que moverse por los alrededores: sin prisa. Por los Montes de Toledo hay senderos, cañadas y riberas para caminar o ir en coche despacio.
Al final, este pueblo depende mucho de lo que esperes encontrar. No te va a recibir con fuegos artificiales ni una postal perfecta. Su gracia está en lo cotidiano: en esa historia curiosa del niño maestre, en las fiestas que lo transforman todo unos días al año y en un paisaje áspero que tiene sus rarezas –como un bosque de abedules donde menos te lo esperas–