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about Romanillos de Atienza
Town on the Cid Route; Romanesque church and rural setting
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Romanillos de Atienza: El pueblo donde el GPS se queda sin cobertura
Hay sitios que no están escondidos, simplemente están apartados. Llegar a Romanillos de Atienza tiene algo de eso: sigues las indicaciones hasta que dejan de haberlas, y luego conduces un poco más por inercia, esperando ver algo. No es un pueblo secreto, es uno de esos lugares a los que no se va de casualidad.
Está en la Sierra Norte de Guadalajara, pero olvídate de la postal montañosa. Aquí el terreno es más bien una meseta alta, a unos mil metros, con colinas redondeadas y campos que parecen no terminar nunca. El paisaje es ancho, del tipo que te hace bajar la ventanilla solo para comprobar el silencio.
El pueblo en sí es pequeño. De los que si parpadeas al entrar, te lo has pasado. Hay una treintena de vecinos censados, lo que significa que un martes por la mañana puedes tener la calle principal -la única con nombre- para ti solo. No hay tienda. No hay bar abierto todo el año. Lo que hay son casas de piedra con portones grandes, algunas bien cuidadas y otras con ese aire a espera que tienen muchas en la España vacía.
La iglesia de San Andrés preside el conjunto. Es del tipo sólido y sin florituras, como casi todas por aquí. Si está abierta (cosa rara), merece un vistazo rápido por dentro para sentir el frescor de la piedra. Si no, su sombra sigue siendo un buen punto de referencia.
La gracia está fuera
Vale, has aparcado junto al pilón y has dado dos vueltas al pueblo en cinco minutos. ¿Y ahora qué? Aquí está el quid: Romanillos no es el destino, es el campamento base.
La razón para venir son los caminos que salen del caserío. Son pistas anchas de tierra, las de toda la vida, hechas más para tractores que para senderistas equipados con bastones. Coge cualquiera y empieza a andar. En diez minutos el pueblo queda atrás como una maqueta gris entre el verde y el ocre de los campos.
No vas a encontrar cascadas ni miradores señalizados con paneles informativos. El atractivo es más sutil: ver cómo cambia la luz sobre los cerros, escuchar el canto de las alondras o pillar el planeo lento de un buitre leonero buscando carroña. Es ese tipo de paseo que despeja la cabeza precisamente porque no tienes que estar pendiente de nada más.
Si vas en otoño, verás coches aparcados junto a las manchas de roble más cercanas. Es temporada de setas, y la gente local sabe dónde mirar. Tú, si no sabes, limítate a observar y a no coger nada.
Un sitio con pilas recargables
En invierno, Romanillos puede sentirse frío y vacío. La vida se recoloca hacia las ciudades y aquí solo quedan unas pocas chimeneas echando humo. Pero en verano o en puentes largos, el pueblo se recarga. Llegan familias con raíces aquí, se abren algunas ventanas cerradas todo el año y puede que hasta encuentres una mesa puesta en la calle.
Las fiestas son cosa local y espontánea. Si coincides, genial; si no, tampoco es que te pierdas un espectáculo organizado. Suelen ser una misa, una comida comunal y poco más. La sensación es la de colarte en una reunión familiar muy tranquila.
Cómo llegar (y por qué)
La referencia clara es Atienza, que está a unos pocos kilómetros y tiene más servicios (y algún bar donde parar). Desde Guadalajara se tira por la A-2 hasta Humanes y luego se sube por carreteras comarcales.
El último tramo hasta Romanillos ya te pone en situación: una carretera secundaria buena pero solitaria, rodeada de campos abiertos. No vengas buscando emociones fuertes ni fotos para Instagram impactantes. Vienes cuando quieres escaparte dos o tres horas a un lugar donde lo único programado eres tú mismo