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about Collazos de Boedo
Small village in the Boedo-Ojeda comarca; noted for its Romanesque church and the quiet of its rural setting.
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A las siete, el viento que baja de la meseta ya agita las puertas de madera descolorida en Collazos de Boedo. Huele a tierra removida y a paja seca. Los tejados de teja árabe, oscuros y desiguales, captan la primera luz lateral del día, y el único sonido constante es el de una bomba de agua en algún corral.
A novecientos veinte metros, en la comarca de Boedo-Ojeda, viven unas noventa personas. Las calles no llevan a una plaza mayor; se abren en descampados, en eras de trillar aún reconocibles, en corrales con paredes de adobe y piedra en las esquinas. No hay un centro, sino un conjunto disperso que sigue la lógica del trabajo antiguo.
La iglesia con la luz de las cinco
La iglesia de Santa Lucía no se alza, se aguanta. Tiene muros gruesos y una espadaña que recorta el cielo abierto de la paramera. Conserva trazos del románico rural palentino, aunque reformas posteriores han ido cambiando su aspecto.
No es un monumento para visitar, es un edificio que está. Su momento llega hacia las cinco de la tarde, cuando el sol bajo tiñe la piedra de un dorado pálido, un color que no dura más de una hora. El efecto no está en la talla, está en la luz rasante de la meseta.
Los caminos de tierra entre los trigales
Desde las últimas casas salen pistas anchas, de tierra compactada por los tractores. Son rectas, pensadas para maquinaria, y se pierden entre campos de cereal que llegan hasta donde termina la vista. En verano todo es ocre y amarillo quemado; en abril, un verde intenso pero fugaz cambia por completo el carácter del lugar.
Caminar aquí es sencillo y monótono. La recompensa no es el sendero, sino lo que ocurre arriba: milanos reales trazando círculos en las corrientes térmicas, cernícalos apostados en los cables eléctricos. Conviene salir al amanecer; para las once, el sol cae a plomo y no hay una sombra donde refugiarse en kilómetros a la redonda.
La logística del día a día
Collazos no tiene comercios. Ni bar, ni tienda de alimentación. La vida práctica se resuelve en los pueblos mayores de alrededor, a diez o quince minutos en coche. Quien llega debe venir con lo necesario, o asumir esos desplazamientos.
Esto condiciona la visita: no es un lugar para quedarse días, sino para hacer una parada tranquila. Sentarse en un banco junto al campo, ver cómo la luz cambia la textura de los tejados, escuchar el silencio que solo rompe el viento. El atractivo está en esa ausencia.
El ritmo que solo se altera en verano
El movimiento, lo poco que hay, llega en julio o agosto con las fiestas patronales de Santa Lucía. Es cuando vuelven los que se fueron y las calles recuperan durante unos días el ruido de las conversaciones y la música bajada del trastero.
Después, todo vuelve al compás lento del cereal: la siembra, el crecimiento, la cosecha. Y Collazos de Boedo se queda otra vez con su sonido propio: el crujir de una puerta de madera al viento, sola en medio del páramo.