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about Villablino
Capital of Laciana; a former mining valley turned nature and ski destination (Leitariegos)
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Villablino, con el carbón en la memoria
Villablino es de esos sitios que te reciben con una pregunta tácita: ¿vienes a ver lo bonito o a entender dónde estás? Si buscas lo primero, probablemente te quedes corto. Esto es un pueblo minero, sin más. Las calles huelen a leña de las chimeneas y a algo más, un registro seco y antiguo que reconocerás si has estado en otras cuencas. No es tristeza, es peso. El peso de un oficio que ya no está pero que moldeó cada cosa aquí.
El pueblo se agarra al valle de Laciana, rodeado por montañas que en invierno cortan el aliento. Verás barrios de casas bajas junto a bloques de pisos de los años buenos, todo con tejados de pizarra negra. No hay un plan de embellecimiento urbano; lo que ves es lo que hay. Y eso, curiosamente, es lo que le da credibilidad.
Aun así, el contraste salta a la vista. Estás en una Reserva de la Biosfera donde sobrevive el oso pardo cantábrico. Desde la plaza Mayor, donde los mayores comentan el frío en los bancos, las lomas verdes parecen estar a un salto. Pero esa naturaleza no es decorativa. Es parte del mismo paquete.
Paisaje con herrumbre
Aquí la minería no es un museo. Es el paisaje mismo. Si sales a caminar por los senderos cercanos, te cruzarás con cicatrices: estructuras de carga comidas por el óxido, bocaminas cerradas con ladrillos y escombreras donde ya crece el brezo.
Son rutas honestas. No vas a encontrar paneles explicativos brillantes ni miradores fotogénicos cada dos pasos. En su lugar, hay vías por donde antes corrían los vagones y taludes de tierra oscura. Caminar por ahí te da una lectura más clara del territorio que cualquier folleto. Entiendes la escala del trabajo, el sudor que hubo detrás de cada túnel.
En el pueblo hay un espacio dedicado a la memoria minera de Laciana. Es pequeño, hecho con más voluntad que presupuesto. Dentro hay fotos en blanco y negro y herramientas pesadas y sin brillo. Sales de allí y miras las lomas de alrededor con otros ojos; ahora son algo más que colinas.
Iglesias románicas y pueblos callados
Si tienes coche, en diez minutos cambias de mundo. Los pueblos del municipio –Robles, Lumajo, Rioscuro– son lugares quietos donde el tiempo parece haberse sentado a esperar.
En Robles está San Xuliano, una iglesia románica de las antiguas. No es espectacular ni enorme; su gracia está en lo intacta que se siente. La puerta suele estar abierta. Dentro huele a piedra fría y cera vieja, ese silencio denso que solo se rompe si entra alguien del pueblo a rezar un rato.
Pero lo mejor suele ser lo de fuera: las praderías verdes, las casas de piedra con tejado a dos aguas y los picos al fondo. No hace falta hacer nada especial; basta con aparcar y dar una vuelta para notar el cambio de ritmo.
Comida para aguantar el invierno
La cocina aquí no tiene dobleces: es contundente o no es nada. Cuando baja el termómetro se come cocido leonés, un plato serio que requiere siesta obligatoria después. El botillo también manda, normalmente acompañado de patata o berza. Son platos pensados para reponer fuerzas después de una jornada en la mina o en el campo. Los postres siguen la misma línea: tartas caseras densas y dulces tradicionales. No esperes presentaciones vanguardistas ni mezclas sorprendentes. Esto sabe a lo que siempre ha sabado.
El año tiene sus ritmos
En Villablino las estaciones marcan la agenda. El invierno trae nieve y con ella llegan los coches con portaequipies llenos de esquís camino de la estación de Leitariegos. El pueblo se anima unos grados aunque solo sea por el ir y venir buscando calor.
En otoño celebran Feriona, la feria ganadera importante. Durante ese fin de semana las calles se llenan de animales, puestos y gente charlando entre vacas y churrascos. Tiene ese caos ordenado típico de las ferias rurales donde todo pasa a la vez.
Y luego está el verano, con sus fiestas locales y las sillas en la calle al atardecer cuando refresca. A los villablinenses les llaman "quinquilleros", un mote histórico sobre el comercio ambulante que aún usan entre ellos como un guiño local.
Para qué venir (y para qué no)
Venir aquí buscando postal alpina es un error. Villablino funciona mejor como base para moverse por Laciana: para subir al puerto, perderse por sus pueblos o caminar por esas sendas donde aún resuena el eco del pico.
Trae ropa abrigada incluso en verano. Al caer la tarde, el valle recuerda rápido que está rodeado de montañas altas.
Quedarse a dormir cambia la perspectiva. Por la mañana temprano, el pueblo despierta sin prisa. Un café a esa hora viene acompañado del sonido del día empezando poco a poco. El silencio aquí no es ausencia; es algo tangible, como si todo respirara bajo una manta tranquila