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about La Pobla de Montornès
Town surrounded by forests near the coast, with a popular hermitage and living nativity scene.
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Llegar a La Pobla de Montornès es como cuando un amigo te da una dirección y, al llegar, piensas "esto no puede ser". El GPS dice que has llegado, pero el pueblo parece haberse hecho un poco a un lado, ocupado en sus cosas. Las calles están tranquilas, sin prisa. No parece un decorado preparado para ti; es un sitio donde la gente vive y trabaja, punto.
Lo primero que ves, clavada en la loma sobre los tejados, es la ermita. Ahí se queda, vigilando. Esa silueta termina marcando el ritmo de cualquier visita que hagas por aquí.
Subir a la ermita (porque no hay otra)
La Ermita de Montornès está arriba. No hay autobús turístico ni carretera asfaltada. Si quieres verla, toca andar. El camino es una pista de tierra que serpentea entre pinos y almendros, con alguna piedra suelta. No es una subida épica, pero tampoco un paseo por un jardín.
Arriba, la ermita en sí es sencilla. Lo que cambia todo es lo que hay alrededor. Desde ahí arriba se ve todo el Camp de Tarragona desplegado como una maqueta gigante. Al fondo, el mar parece una línea azul finísima que alguien hubiera colocado con cuidado en el horizonte.
Pero si vas en Navidad, el cerro cambia completamente. Se monta el Pessebre Vivient, uno de los más antiguos de la zona según la gente del lugar. Usan las cuevas naturales y los senderos del monte para las escenas. La gente del pueblo actúa, se alumbra con antorchas y tiene ese aire de cosa hecha entre vecinos donde casi todos se conocen. Nada de efectos especiales.
Las masías del camino
Si sales del pueblo por alguno de los caminos rurales, te encuentras con viejas masías. Hay una ruta conocida de unos seis kilómetros que pasa por la Mas Mercader y la Mas Gisbert. Hazla cuando no pegue mucho el sol, porque va bastante a campo abierto.
La Mas Mercader no está restaurada para parecer nueva. Se ven las capas: lo antiguo, lo añadido después… A veces organizan visitas o actividades culturales dentro. Si puedes entrar, verás frescos bastante antiguos y herramientas agrícolas reutilizadas en la estructura. Te das cuenta rápido de que esto fue, sobre todo, un lugar de trabajo.
La Mas Gisbert está en ruinas. Quedan arcos y trozos de muro que adivinas cómo fue todo. El acceso depende del estado del camino y no siempre es fácil llegar hasta ella. Pero aunque sea desde fuera, tiene ese peso silencioso de las cosas que llevan siglos ahí.
La capilla con suelo azul
Dentro del pueblo está la Capilla de Santa Teresa. Es pequeña y discreta por fuera, pero entras y notas el cambio.
El suelo lleva unos azulejos valencianos azules que ya no se ven así por ningún lado. Afuera hay una piedra con la fecha 1727 grabada; las letras son algo irregulares. Dentro huele a cera vieja y hay ese silencio denso típico de las capillas antiguas. Aunque no te interese lo religioso, sueles quedarte un minuto mirando el suelo o las paredes.
Comer: mejor preguntar antes
Aquí toca ajustar expectativas. La Pobla no es uno de esos pueblos con fila de restaurantes esperando al visitante. Hay bares y algún alojamiento rural por los alrededores donde a veces sirven comida si se avisa. Lo que cocinan es claro: arroces, conejo, platos de cuchara y vino de cooperativas cercanas. Las cartas no son largas ni los nombres son rebuscados.
Mi consejo: pregunta antes o lleva algo en la mochila. Si vas a hacer alguna ruta por los caminos, un bocadillo se convierte en tu mejor aliado.
Entonces ¿merece la pena?
Depende totalmente de lo que busques. Si prefieres pueblos con terrazas alineadas y tiendas pensadas para quien pasa, aquí te va a parecer demasiado comedido.
Si te gustan los sitios tranquilos, la cosa cambia. Es un lugar donde puedes subir a una ermita, estar diez minutos mirando un paisaje sin que nadie te interrumpa, bajar entre almendros y volver al pueblo sin prisa.
La Pobla no intenta impresionarte. Te enseña las cosas poco a poco: una capilla con azulejos azules, una masía medio olvidada, un camino que termina en un cerro con vista al mar. Para algunos viajes, eso basta