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about Fuenterrobles
A flatland municipality with livestock and wine-growing tradition near the Hoces park.
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A las siete, el aire todavía tiene algo de humedad de la noche. Un coche cruza la plaza, una persiana metálica traquetea al subir, y la torre de piedra de San Bartolomé se recorta contra un cielo que va clareando. Fuenterrobles está a 830 metros, encaramado en el borde de la Plana, y el viento se cuela por sus calles anchas y despejadas.
Con poco más de seiscientos vecinos, el pulso del pueblo lo marca la tierra. Los viñedos empiezan donde terminan las últimas casas; solo hay un muro de piedra seca, un camino de tierra, y ya están las primeras cepas.
Cómo llegar hasta aquí
Desde Valencia son unos 120 kilómetros. La carretera es ancha y recta casi todo el camino, hasta que tras Utiel el paisaje se abre de golpe y el tráfico desaparece. Se viene en coche. Hay línea de autobús algunos días, pero los horarios son justos; conviene consultar con tiempo si no vas a conducir.
Los viñedos que rozan las casas
El paisaje es un mosaico de parcelas de vid y cereal, delimitadas por esos muros bajos e irregulares que jalonan la llanura. El cambio entre estaciones es radical: el verde pálido de los brotes en abril, la tierra cuarteada y polvorienta de agosto, los ocres rojizos que tiñen las lomas en octubre.
La viticultura es el eje. Varias familias cultivan aquí las variedades de la zona, sobre todo bobal. Algunas bodegas permiten visitas si se conciertan con antelación; nada aquí es espontáneo, el ritmo lo pone el trabajo del campo.
La fuente que da nombre al pueblo
A diez minutos a pie desde las últimas casas, bajando por un sendero entre pinos y tierra clara, está la Fuente del Roble. En los días tranquilos solo se oye el chorro de agua constante contra el pilón y el viento en las ramas.
Suele manar incluso en años secos, aunque en verano es prudente preguntar en el pueblo por su estado. Hay sombra y unos bancos de piedra. Es un lugar habitual para los vecinos, que vienen a llenar garrafas o a sentarse cuando remite el calor de la tarde.
El centro: la iglesia y la luz baja
La iglesia de San Bartolomé, de sillares regulares, no es un monumento grandioso, sino un punto de referencia. La torre se ve desde casi cualquier calle.
A su alrededor se arremolina el casco antiguo, con casas de dos plantas y fachadas encaladas. En invierno, sobre las tres de la tarde, la luz entra rasante y baña las paredes de un amarillo suave, casi mate.
Senderos entre almendros
Varios caminos agrícolas salen del pueblo y son transitables a pie o en bici. No hay grandes desniveles; son paseos lentos que serpentean entre viñas, almendros dispersos y pequeños pinares.
En verano, el calor aprieta de verdad a partir del mediodía. La fórmula es salir temprano y llevar agua: muchos tramos no tienen ni una sombra y el sol pega de lleno.
El momento del movimiento
Agosto es el mes con más vida. Se celebran las fiestas de San Bartolomé y durante unos días cambia el compás: vuelven familias que viven fuera y las calles ganan bullicio.
Poco después llega la vendimia. Entonces las tractores con remolques cargados de uva no paran de cruzar la zona. Un olor dulzón, a mosto recién pisado, flota alrededor de las cooperativas.
El resto del año, Fuenterrobles vuelve a su ritmo pausado. Viñas, viento y caminos de tierra entre parcelas definen el paisaje. Es un escenario llano, sin adornos, donde cada estación se anuncia con un cambio de color en el campo y una luz distinta sobre la llanura.