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about Lesaka
"Little Venice" for its canals; an industrial town with a beautiful old quarter and the famous Sanfermines of Lesaka.
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Lesaka, sin prisa pero con carácter
Lesaka es de esos sitios donde el domingo más tranquilo puede torcerse de repente. Estás paseando por la calle Mayor, todo parece normal, y de pronto te cruzas con una figura cubierta de paja que te golpea suavemente con una vejiga de cerdo inflada. No es una broma privada. Es martes de carnaval y así se hacen las cosas aquí.
Esa escena resume bastante bien la visita. No vienes a ver monumentos, vienes a ver cómo vive un pueblo que ha decidido conservar sus costumbres, aunque parezcan sacadas de otro siglo.
El pueblo está en el valle de Bortziriak, en Navarra, con el río Bidasoa partiéndolo en dos y las lomas verdes apretándolo por los lados. La vida va a otro ritmo. No es lento, es deliberado. Aquí no hay escaparates para el turista; hay horarios de misa, partidos de pelota y mercados donde se habla en euskera.
Los fantasmas de paja del carnaval
Esas figuras se llaman zaku-zaharrak. Aparecen en Carnaval, el domingo previo al Entierro de la Sardina. El ritual es simple: te metes en un saco lleno de paja de centeno (que aguanta más), te lo atas por encima de la cabeza y sales a la calle a correr y golpear levemente a la gente.
Lo notable es la naturalidad con que se vive. No es un espectáculo montado. Son familias enteras, abuelos enseñando a los nietos cómo se rellena el saco para que no se desinfle a media mañana. Asistes a algo que sigue vivo porque la gente quiere, no porque dé dinero.
Por eso tampoco extraña que Lesaka se proclame cuna del Olentzero. El carbonero navarro encaja aquí. No es un Papá Noel edulcorado, es un tipo que baja del monte con la cara tiznada. Tiene más que ver con el oficio real que hubo en estas laderas que con renos voladores.
Monte a cinco minutos
Una de las virtudes de Lesaka es que el campo empieza donde acaba el último caserío. En literalmente cinco minutos pasas del asfalto a un sendero que sube.
La vía verde del Bidasoa es la ruta cómoda. Sigue el antiguo trazado del tren Txikito y es prácticamente plana. La usan desde ciclistas serios hasta abuelas con carrito. No esperes grandes emociones; es un paseo agradable para estirar las piernas.
Si quieres vistas, mejor apuntar a alguna cima cercana como Frain o Bianditz. Son ascensiones asequibles, de esas que haces en una mañana y te dan derecho a una cerveza larga después.
La zona de Agiña tiene otro aliciente: dólmenes dispersos por la ladera. No hay carteles brillantes ni rutas señalizadas. Son piedras grandes en sitios altos, con esa presencia silenciosa que hace preguntarte por qué alguien eligió ese lugar exacto hace miles de años.
Una iglesia que no le corresponde
La iglesia de San Martín de Tours te llama la atención por lo desproporcionada. Es enorme para un pueblo de este tamaño.
Empezaron a construirla en el siglo XVI y les llevó su tiempo, lo cual explica algo. El resultado domina la plaza principal con una autoridad que parece decir "esto podría ser una ciudad". Dentro predomina la madera y un barroco navarro sobrio, más macizo que decorativo. No es un espacio que invite al recogimiento íntimo; impone respeto.
El casco antiguo guarda otras huellas: casas señoriales con escudos y torres medievales como Minddurenea o Zabaleta salpican las calles sin aspavientos. No son museos; son viviendas o almacenes que han ido pasando los siglos sin hacer ruido.
Cuando baja el carbonero
En diciembre la Plaza Zaharra se llena de Olentzeros hechos por los vecinos. Los hay cuidadosos y los hay hechos un poco con lo que había en el trastero. Todos llevan boina, pipa y esa expresión entre cansada y bonachona.
La gente se junta y canta la canción tradicional. Es pegadiza; después de oírla dos veces te dura todo el día en la cabeza.
El otoño tiene su propia cita: una feria ganadera y artesana donde se juntan productores de todo Bortziriak. Hay animales, quesos de oveja latxa, txistorra y mucho hablar entre puesto y puesto. Se nota que esto funciona sobre todo como punto de encuentro local.
Visitar sin forzar
Lesaka no va a ganar concursos del pueblo más bonito de Navarra, y quizá ni le interese. Tiene otra virtud: autenticidad sin postureo.
Tienes río, tiene monte cerca y un casco histórico que recorres en una hora sin agobios. Lo que queda después no es una postal, sino una sensación: la de estar en un sitio donde las tradiciones no son folklore, son costumbres.
Para comer pasa lo mismo: predominan los platos sencillos y contundentes. Txistorra a la plancha, pimientos asados, bocadillos calientes en las barras del centro. Comida para seguir andando.
La manera más honesta de conocer Lesaka es así: pasear sus calles viejas, cruzar el puente sobre el Bidasoa, subir un poco hacia cualquier sendero y volver. Si coincides con Carnaval o con la llegada del Olentzero tendrás anécdota para contar. Si no coincides igualmente habrás visto un pueblo navarro funcionando por su cuenta. Y eso ya tiene valor