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sobre Alburquerque
Impresionante villa medieval fronteriza dominada por el Castillo de Luna; conserva un barrio gótico judío y un entorno de dehesas y corcho
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La primera imagen de Alburquerque suele ser la misma: el castillo sobre una peña granítica y el caserío extendiéndose ladera abajo. No es una impresión falsa. El Castillo de Luna condicionó durante siglos la forma del pueblo. Las casas se apoyaron en la roca y en los muros de defensa, de modo que el casco antiguo todavía se lee como lo que fue: un recinto protegido que creció alrededor de una fortaleza.
Una posición estratégica
La geografía explica la historia local. Alburquerque se sitúa en un corredor natural entre la Sierra de San Pedro y la raya portuguesa. Durante siglos fue territorio vigilado, disputado y fortificado.
Hay indicios de ocupación antigua en el entorno —se menciona un asentamiento prerromano en el cerro de Carrión—, pero el nombre tiene raíz andalusí: Abu al‑Qurq, relacionado con los alcornoques de estas sierras. Tras la conquista cristiana en el siglo XIII, la plaza adquirió un papel militar dentro del sistema defensivo de la frontera.
El Castillo de Luna, levantado en esa centuria y ampliado después, acabó como residencia señorial de la familia vinculada a Álvaro de Luna. El conjunto conserva murallas, torres y un patio interior que habla de función militar y de representación de poder.
Subir a la torre del homenaje implica atravesar escaleras estrechas y muros gruesos, pensados para la defensa. Desde arriba se ve la dehesa: alcornoques dispersos, ondulaciones suaves y, hacia el oeste, la línea de sierras que anuncia Portugal.
Fortificaciones y una plaza de toros del siglo XVIII
El sistema defensivo no terminaba en el castillo principal. A unos kilómetros del núcleo está la fortificación de Azagala, en otro cerro desde donde se controla el mismo corredor. Quedan restos de muralla y torres, suficientes para entender su función de vigilancia.
El camino hacia ese cerro atraviesa dehesa abierta, con ganado y muros de piedra seca. No es un recorrido largo, aunque la subida final se nota. Desde allí la perspectiva cambia: el pueblo aparece al fondo, dominado por el castillo mayor.
Dentro del casco urbano hay otro edificio ligado a la historia local: la plaza de toros, del siglo XVIII. Mantiene una estructura poco habitual, con tendidos apoyados en muros de piedra y elementos de madera. Más que un gran coso, funciona como plaza integrada en el tejido del pueblo, donde tradicionalmente se reunía buena parte de la vida social.
Pinturas rupestres en el Risco de San Blas
A las afueras, en el paraje del Risco de San Blas, se conservan pinturas rupestres esquemáticas. Son figuras humanas muy simplificadas y algunos signos geométricos sobre la roca. Se relacionan con comunidades de la prehistoria reciente, aunque las dataciones exactas no siempre son fáciles.
El acceso se hace por pista forestal y un tramo a pie. No es un lugar monumental; es un abrigo rocoso donde alguien pintó hace miles de años. Conviene ir con esa idea: un rastro mínimo de ocupación humana en mitad del monte.
Un festival medieval que recuerda el siglo XV
Cada verano, normalmente en agosto, Alburquerque celebra un festival medieval que gira alrededor de un episodio del siglo XV: la concesión del ducado a Beltrán de la Cueva por parte del rey Enrique IV.
Durante unos días el casco histórico se transforma. Hay mercado, recreaciones históricas y actividades vinculadas al castillo y a las murallas. Los vecinos suelen implicarse en la ambientación y en los desfiles, lo que da al conjunto un aire más comunitario que escénico.
La cocina de la dehesa
La mesa aquí responde al paisaje: dehesa, ganado y cocina de fuego lento.
La caldereta de cordero aparece con frecuencia en celebraciones y reuniones familiares. También las migas, preparadas con pan asentado y acompañadas según temporada. El cerdo ibérico forma parte de la despensa habitual de la zona, y en la comarca se elaboran quesos de oveja que se encuentran en comercios locales.
En la repostería tradicional hay dulces de manteca como las perrunillas o preparaciones ligadas a fiestas y hornadas domésticas.
Cómo moverse por el pueblo
El casco antiguo se camina en poco tiempo, aunque conviene hacerlo sin prisa: calles estrechas, tramos de muralla integrados en viviendas y varias puertas que recuerdan el trazado defensivo original.
Es útil reservar tiempo para subir al castillo y mirar el territorio desde allí. La relación entre la fortaleza, la dehesa y la frontera se entiende mejor desde esa altura que en cualquier explicación.