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sobre Cabeza la Vaca
El pueblo más alto de la provincia situado en plena sierra; famoso por su entorno boscoso de castaños y su arquitectura serrana peculiar
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A las siete de la mañana, las calles de Cabeza la Vaca todavía están en silencio. Solo se oye algún gallo al fondo y el ruido seco de unos pasos sobre el empedrado. El aire baja fresco desde la sierra y huele a leña apagada y a campo húmedo. A esa hora el pueblo parece suspendido unos minutos antes de que empiece el día.
Cabeza la Vaca está en la comarca de Tentudía, al sur de Badajoz, donde la dehesa empieza a subir hacia las primeras laderas de la sierra. Viven aquí poco más de mil personas y el pueblo conserva una forma sencilla: calles algo irregulares, casas encaladas, tejados rojizos y algunas fachadas donde asoma la piedra.
Un pueblo que se recorre despacio
El centro se organiza alrededor de la plaza, con una fuente de piedra y bancos donde suele haber conversación a media mañana. La iglesia parroquial dedicada a San Sebastián queda muy cerca. No es un edificio monumental, pero su presencia marca el ritmo del pueblo: las campanas siguen marcando horas que aquí todavía se escuchan.
Las calles cercanas mezclan casas antiguas con otras más recientes. En algunas puertas todavía se ven macetas alineadas o sillas sacadas a la sombra cuando llega la tarde. El movimiento es tranquilo: algún coche que pasa despacio, vecinos que entran y salen de las tiendas pequeñas, conversaciones que se quedan flotando en la esquina.
La dehesa empieza en las afueras
Basta caminar unos minutos cuesta arriba para que el pueblo se abra al paisaje. Encinas y alcornoques ocupan casi todo el horizonte, con claros de pasto donde suele verse ganado. Cuando el sol está bajo, las sombras de los árboles se alargan sobre la hierba y el terreno toma un tono dorado muy suave.
Desde algunos altos cercanos se distingue bien el relieve de la Sierra de Tentudía. El pico más conocido de la zona, Tentudía, suele verse recortado en días claros. No es un paisaje abrupto; más bien una sucesión de lomas redondeadas que cambian mucho de color según la estación.
En primavera el campo se vuelve verde brillante y aparecen flores bajas entre la hierba. En otoño el suelo se cubre de hojas secas y el aire trae olor a tierra húmeda y a corcho recién cortado en algunas fincas.
Caminos alrededor del pueblo
De las afueras salen varios caminos rurales que cruzan la dehesa. Algunos siguen antiguos pasos ganaderos y otros conectan con fincas y arroyos de la zona. No son recorridos especialmente largos, pero conviene llevar agua y protección para el sol si se camina en verano: aquí el mediodía cae fuerte.
A primera hora o al atardecer es cuando el campo está más activo. No es raro ver rapaces planeando sobre las encinas o escuchar el sonido seco de algún animal moviéndose entre los matorrales. En otoño, cuando el suelo se llena de humedad, mucha gente del entorno sale a buscar setas en zonas que conocen bien.
Ganadería y vida cotidiana
La dehesa alrededor de Cabeza la Vaca sigue teniendo un uso muy claro: ganadería extensiva. Vacas y cerdos ibéricos forman parte del paisaje casi tanto como los árboles. Es un sistema antiguo que combina pasto, monte y aprovechamiento del corcho.
Esa relación con el campo también se nota en el día a día del pueblo. Todavía hay pequeños comercios y obradores donde se hacen productos tradicionales, y es habitual ver a gente que entra y sale con bolsas de pan o con encargos del campo.
Cuándo acercarse
La mejor luz suele llegar en primavera y en otoño, cuando el calor no aprieta tanto y el campo cambia de color casi cada semana. Entre finales de marzo y junio el paisaje está más vivo; en octubre el aire vuelve a ser fresco y el suelo empieza a cubrirse de hojas.
En verano el calor del mediodía puede ser intenso. Si se visita en esos meses, compensa salir temprano o esperar a última hora de la tarde, cuando el sol baja y el pueblo recupera algo de movimiento en las calles.
Cabeza la Vaca no gira alrededor del turismo ni de grandes monumentos. Lo que hay es otra cosa: silencio por la mañana, dehesa a pocos pasos y un ritmo lento que todavía se mantiene. Aquí el tiempo se mide más por la luz que cae sobre las encinas que por lo que marque el reloj.