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sobre Casas de Reina
Alberga el impresionante Teatro Romano de Regina; pequeña localidad con un patrimonio arqueológico de primer orden en la Campiña
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A primera hora de la mañana, cuando el sol todavía no cae de lleno sobre la campiña, Casas de Reina se ve casi del mismo color que la tierra que la rodea. Tejas rojizas, paredes claras, polvo fino en los bordes de la carretera. El silencio solo lo rompe algún coche que cruza despacio o el ladrido de un perro al otro lado de un patio. En este pequeño municipio de la Campiña Sur, con apenas unos doscientos habitantes, el paisaje empieza prácticamente en la última casa.
Las calles son sencillas, rectas en su mayoría, con viviendas de una planta y muros gruesos que guardan bien el fresco cuando llega el verano. Muchas fachadas tienen rejas oscuras y portones anchos, pensados para otro ritmo de vida: entrar con el carro, guardar aperos, dejar pasar el aire al anochecer. No hay grandes cambios recientes; el pueblo conserva una escala muy doméstica, donde casi todo queda a unos pocos minutos andando.
El rastro cercano de la ciudad romana de Regina
A pocos kilómetros aparece uno de los lugares que explican por qué este rincón lleva siglos habitado: el yacimiento de Regina. Las ruinas de la antigua ciudad romana se levantan en medio del campo, con el teatro mirando hacia una llanura amplia donde el viento suele correr sin obstáculos.
Conviene ir temprano o al final de la tarde, cuando la piedra no quema y la luz entra de lado entre los restos de muros. A mediodía el sol cae con fuerza y apenas hay sombra. Desde allí se entiende bien la geografía de esta parte de Badajoz: colinas suaves, parcelas agrícolas y olivares que se extienden hasta donde alcanza la vista.
La plaza y la iglesia de San Bartolomé
En Casas de Reina casi todo termina pasando por la plaza. La iglesia de San Bartolomé, levantada a comienzos del siglo XX, ocupa el centro con una presencia tranquila: paredes gruesas, ventanas pequeñas y un interior que suele mantenerse fresco incluso en agosto.
A ciertas horas del día la plaza queda prácticamente vacía. Solo se oye el sonido metálico de alguna persiana o el eco de pasos sobre el pavimento. Es uno de esos lugares donde se nota enseguida cuándo es entre semana y cuándo han vuelto vecinos que viven fuera.
Caminos entre olivares
Al salir del pueblo en cualquier dirección empiezan caminos agrícolas que conectan con otras localidades cercanas, como Llerena. Son trayectos fáciles, con poco desnivel, que atraviesan parcelas de olivos, tierras de cereal y algún cercado para ganado.
Eso sí: la sombra escasea. En los meses de calor conviene llevar agua y cubrirse bien, porque el sol aquí cae limpio sobre las lomas. En invierno o a comienzos de primavera, en cambio, caminar por estos caminos tiene algo muy tranquilo: el olor a tierra húmeda después de la lluvia y bandadas de grajillas moviéndose entre los campos.
Luz de tarde sobre la campiña
Al caer la tarde el paisaje cambia bastante. Las hojas de los olivos reflejan una luz plateada y las lomas se vuelven más suaves a la vista. En algunos años, a principios del verano, aparecen parcelas de girasol entre los olivares, creando manchas amarillas que destacan mucho sobre el suelo ocre.
Quien lleve cámara suele encontrar buenos encuadres en los bordes del pueblo: puertas antiguas, muros con cal gastada, herramientas apoyadas junto a una pared. No es algo preparado; son detalles que siguen formando parte del día a día.
Comida de casa y calendario del pueblo
La cocina que se mantiene aquí es la de siempre en esta parte de Extremadura: aceite de oliva de cooperativas cercanas, embutidos de cerdo ibérico, quesos curados y platos contundentes cuando llega el frío. Las migas o el cordero asado aparecen a menudo en reuniones familiares y en fechas señaladas.
Las fiestas de San Bartolomé, hacia finales de agosto, suelen reunir a mucha gente que vuelve al pueblo esos días. Hay verbenas, procesión y mesas largas donde las familias se juntan a cenar en la calle cuando refresca. En invierno todavía se mantiene en algunas casas la tradición de la matanza del cerdo, más como reunión familiar que como evento público.
Cuándo acercarse
La campiña cambia bastante según la estación. Entre marzo y mayo los campos suelen estar verdes y el aire aún es suave para caminar. En otoño, después de las primeras lluvias, la tierra recupera algo de color y las temperaturas vuelven a ser llevaderas.
En pleno verano el calor aprieta con fuerza, sobre todo a partir del mediodía. Si vienes en esos meses, lo mejor es moverse temprano por la mañana o esperar a la tarde, cuando el sol baja y el pueblo vuelve a llenarse poco a poco de gente en las puertas.
Casas de Reina es un lugar pequeño, de los que se recorren sin mapa. Basta caminar despacio por un par de calles, salir hacia los caminos y mirar alrededor: el mismo paisaje que ha sostenido al pueblo durante generaciones sigue ahí, abierto y silencioso.