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sobre Belvís de Monroy
Localidad con un impresionante castillo medieval y convento franciscano ligado a la evangelización de América
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A las siete, la plaza huele a pan recién hecho y a tierra húmeda. Alguna persiana se levanta despacio. Se oyen conversaciones cortas entre vecinos que se saludan, el ruido de un coche cruzando el empedrado, el eco de las campanas. El calor del Campo Arañuelo todavía no ha empezado a apretar.
Belvís de Monroy no es un pueblo de casco histórico monumental. Tiene poco más de setecientos habitantes y una vida que sigue pegada al ritmo del campo. Se recorre caminando en media hora, pero conviene hacerlo sin prisa, dejando que el paso lo marquen las sombras largas de la mañana o el silencio pesado de la siesta.
El castillo sobre la loma
Antes de llegar al casco urbano ya se ve, sobre una elevación de tierra rojiza, la silueta del castillo. No es una fortaleza enorme, pero domina el paisaje con claridad. Su piedra sobresale entre las copas de las encinas.
Desde abajo se distinguen los muros gruesos y la torre principal. La subida es corta, un paseo entre olivos y matas de jara. Al final de la tarde, cuando la luz cae lateral, la piedra toma un tono anaranjado. Desde allí arriba el paisaje se abre: dehesas, parcelas de cultivo, caminos rectos que se pierden hacia el horizonte.
Calles de granito y geranios
El centro es sencillo. Calles cortas, algunas con ligera pendiente, casas con portadas de granito gastadas por el tiempo. En muchas ventanas hay rejas antiguas y macetas. En verano, los geranios añaden manchas rojas contra las paredes encaladas.
La iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción se levanta cerca de la plaza. Es un edificio sobrio, de piedra, con un campanario que sobresale por encima de los tejados. A mediodía, la plaza queda en silencio, solo interrumpido por el motor lejano de un tractor camino de las fincas.
Si llegas en coche, lo práctico es aparcar cerca de la plaza y recorrer el resto andando. En diez minutos habrás cruzado prácticamente todo.
El campo alrededor
El paisaje que rodea Belvís es el del norte de Cáceres cuando se aleja uno de las sierras: dehesas amplias, encinas separadas entre sí, parcelas agrícolas donde cambian los colores con las estaciones.
Muchos caminos rurales salen del pueblo y se internan entre fincas. Se pueden recorrer andando o en bicicleta sin dificultad. En verano, a partir del mediodía, el sol cae sin apenas sombra. En primavera el campo está más verde y aparecen amapolas en los bordes. En agosto todo se vuelve seco, ocres y dorados.
Fiestas y costumbres
Las celebraciones más concurridas son las de agosto, cuando muchos vecinos que viven fuera vuelven al pueblo. Las calles se llenan más de lo habitual y las procesiones recorren el centro.
En invierno todavía se habla de la matanza como algo que forma parte del ciclo del año. No siempre se hace como antes, pero sigue siendo una referencia en la memoria colectiva, en los sabores de la cocina de aquí.
Cómo llegar y cuándo ir
Belvís de Monroy queda cerca de Navalmoral de la Mata. Se llega por carreteras comarcales en un trayecto corto entre dehesas.
La primavera y el comienzo del otoño son momentos agradables para caminar por los alrededores. En pleno verano el calor es intenso desde media mañana; si quieres pasear o subir al castillo, hazlo temprano o cuando cae la tarde. En días de lluvia, algunas calles y caminos de tierra se vuelven resbaladizos.