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sobre Casar de Cáceres
Cuna de la Torta del Casar; pueblo con arquitectura popular singular y estación de autobuses vanguardista
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Llegué a Casar de Cáceres con el estómago vacío y eso fue, en retrospectiva, una jugada maestra. Porque este pueblo no te conquista con grandes panorámicas ni con calles de postal: aquí lo que manda es el olor a leche cuajada y una torta de queso que, vista desde fuera, parece un pastel algo desmayado pero que luego abre la tapa y te deja pensando unos minutos en silencio.
La Torta y sus secuaces
En la plaza está el Museo del Queso —muy cerca del ayuntamiento—, colocado casi como una declaración de intenciones. El espacio es pequeño, de los que se recorren rápido: varias salas, paneles, algún vídeo. Pero sirve para entender por qué la Torta del Casar cuesta lo que cuesta. Leche de oveja merina, cuajo vegetal de cardo y un proceso que, más que receta, parece tradición acumulada.
A la salida me dijeron algo que sonaba a consejo serio: “Si la torta no está blanda, no la compres”. Y tiene lógica. La gracia está en que casi se desparrame cuando cortas la tapa.
Me senté en un banco de la plaza con pan y media torta delante. Media hora después seguía notando ese punto amargo del cardo al final, que es lo que le da carácter. Es curioso cómo cada época tiene sus manías: se cuenta que a Carlos V le gustaba este queso, mientras que la tenca —el otro producto muy ligado al pueblo— no tenía tan buena fama siglos atrás.
La calle Larga y otros huesos
Después de la bomba láctea, me fui a caminar por la calle Larga. Aquí pasa la antigua Vía de la Plata, el corredor que conectaba Mérida con el norte de la península. Hoy es una calle ancha, con casas bajas y bastante vida tranquila. Cuesta imaginar a los romanos pasando por aquí cargados con armaduras, pero la traza está ahí.
Al final aparece la iglesia de la Asunción. La base es medieval, aunque el edificio ha pasado por tantas reformas que se notan capas de distintas épocas. Dentro, penumbra, olor a cera y ese silencio que tienen las iglesias de pueblo entre semana. Hay un retablo gótico que llama la atención en cuanto entras.
No estuve mucho rato, lo justo para echar un vistazo y salir otra vez a la luz.
Ermitas, charcas y un maestro bastante peculiar
Alguien me habló de que el término tiene varias ermitas repartidas por los alrededores. Yo me propuse ver unas cuantas, pero el plan se torció rápido: el sol de Extremadura a media tarde funciona como un secador industrial.
Llegué a la de Santiago, con una portada de piedra bastante potente, y a la de la Soledad, mucho más discreta. El resto quedan más dispersas por el campo, siguiendo ese esquema antiguo de levantar pequeñas ermitas alrededor del pueblo.
Luego está el Paseo de la Charca, un canal de agua que viene de una obra hidráulica antigua, levantada siglos atrás para abastecer al pueblo. Hoy es más bien un paseo tranquilo donde se sienta gente mayor a charlar.
Me senté un rato con ellos. Hablábamos de la sequía cuando uno sacó una historia curiosa: un antiguo maestro del pueblo, Ángel Rodríguez, que —según cuentan— se vestía como un griego clásico y hablaba latín en voz alta por la calle. “Raro, pero buena persona”, resumió uno. Al parecer escribió miles de versos, aunque yo no llegué a verlos en la biblioteca.
Fiesta de la Tenca y otras celebraciones
Me fui el 20 de agosto, justo antes de que llegara la Fiesta de la Tenca. Tradicionalmente se celebra hacia finales de agosto y el pueblo se llena de sartenes y olor a pescado frito o en escabeche. La tenca tiene muchos defensores por aquí; dicen que queda crujiente por fuera y con una carne que recuerda un poco a la sardina, pero más firme.
También me hablaron de la romería del Prado, que suele celebrarse en Pascua y reúne a medio pueblo en el campo, y de El Ramo, a principios de septiembre, una fiesta ligada al final de la cosecha.
Ese tipo de celebraciones que entiendes mejor cuando las ves en directo.
Cómo llegar y qué hacer sin complicarte mucho
Casar de Cáceres está a unos quince minutos en coche de Cáceres por la carretera que va hacia el oeste. Es uno de esos desvíos fáciles si estás por la zona.
Si llegas en autobús, te encontrarás una estación bastante peculiar, conocida por su arquitectura de hormigón. No pasa desapercibida.
Mi plan aquí sería sencillo: llegar a media mañana, pasar por el museo del queso, buscar pan y una torta y sentarte en la plaza a comer sin prisa. Luego paseo por la calle Larga, vistazo a la iglesia y, si el calor aprieta, caminar hasta la Charca.
A veces hay mercado o puestos locales donde comprar queso y dulces de la zona, aunque eso depende bastante del día.
Casar no es un sitio al que vengas a tachar monumentos en una lista. Es más bien de esos lugares donde paras un rato, comes algo que no se parece a lo que compras en el supermercado y te vas pensando que, en el fondo, todo el pueblo gira alrededor de ese queso.