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sobre Casares de las Hurdes
El balcón de Las Hurdes; municipio de alta montaña con alquerías dispersas y vistas espectaculares
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Casares de las Hurdes es de esos pueblos que, cuando llegas en coche por la carretera de curvas, te hacen pensar: “vale, ahora entiendo por qué la gente habla tanto de Las Hurdes”. No es un sitio que impresione de golpe como un mirador famoso. Más bien se va entendiendo poco a poco, mientras caminas un rato y miras cómo están hechas las casas.
La primera vez que pasé por aquí me llamó la atención lo claro que se ve la relación entre el pueblo y el terreno. Las fachadas de piedra, los tejados de pizarra, las calles que suben y bajan sin pedir permiso… todo parece pensado para aguantar inviernos duros y veranos secos.
Un pueblo pequeño en la parte alta de Las Hurdes
Casares de las Hurdes ronda los pocos cientos de habitantes y está en una de las zonas más altas de la comarca. Eso se nota enseguida: el aire suele ser más fresco que en otros pueblos cercanos y el paisaje alrededor tiene ese punto de sierra que no siempre se asocia con Extremadura.
El centro del pueblo gira alrededor de una pequeña plaza donde está la iglesia parroquial dedicada a Santa María. No es un edificio que busque llamar la atención. Más bien sigue la lógica del resto del pueblo: muros gruesos, ventanas pequeñas y una construcción práctica, pensada para durar.
Desde esa zona salen varias calles y caminos que acaban bajando hacia arroyos o hacia huertos que todavía se trabajan. Aquí no vas a encontrar grandes palacios ni restos de señoríos. Lo que hay habla más de vida diaria que de historia monumental.
Calles donde aún se ve la vida de antes
Pasear por Casares tiene algo curioso: no parece un decorado preparado para quien viene de fuera. Hay portones de hierro, gallineros, pequeños corrales y patios donde a veces se ven parras o macetas con hierbas para cocinar.
En algunos rincones todavía quedan construcciones agrícolas antiguas medio cubiertas de musgo. No son ruinas “bonitas” ni nada parecido; simplemente están ahí, recordando que durante mucho tiempo la economía del pueblo fue ganadería, huertos y poco más.
Un pequeño arroyo atraviesa parte del término y, cuando ha llovido unos días, se oye bastante desde algunas calles. En invierno o primavera ese sonido se mezcla con el silencio de la sierra, que aquí sigue siendo bastante real.
Caminar por los alrededores (aunque sea un rato)
No hace falta organizar una ruta larga para empezar a entender el paisaje de Casares de las Hurdes. Basta con salir por alguno de los caminos que parten del casco urbano y andar un poco hacia las laderas.
Los senderos suelen pasar entre pinos, robles y pequeños bancales antiguos. A ratos aparecen casas aisladas o huertos que todavía se usan. Y desde algunos puntos altos se ve bien cómo el pueblo queda encajado entre montes, con los tejados de pizarra formando una especie de mancha gris entre el verde.
Si te gusta fijarte en la fauna, madrugar ayuda. En estas sierras no es raro ver rapaces planeando o escuchar bastante movimiento entre los matorrales. Los animales grandes suelen mantenerse lejos, pero la sensación de territorio poco alterado sigue ahí.
Lo que se come aquí tiene bastante lógica
La cocina de la zona no es complicada ni pretende serlo. En realidad sigue una lógica bastante clara: aprovechar lo que da el terreno y lo que se ha criado cerca.
Son habituales los quesos de cabra curados, embutidos hechos durante las matanzas familiares y productos de temporada como las castañas cuando llega el otoño. No es una despensa pensada para sorprender, sino para alimentar bien a quien vive en un entorno de sierra.
Cuándo acercarse a Casares de las Hurdes
El clima aquí manda bastante.
En primavera el campo suele estar más verde y las temperaturas permiten caminar sin mucho esfuerzo. El otoño también funciona bien: los bosques cambian de color y el ambiente se vuelve más tranquilo.
En verano el sol aprieta, así que lo más sensato es moverse temprano o esperar al final de la tarde. Y en invierno puede hacer frío de verdad, sobre todo cuando sopla viento en la sierra. A cambio, los días despejados dejan unos paisajes muy limpios y, de vez en cuando, alguna nevada cambia completamente el aspecto del pueblo.
Cuando llueve varios días seguidos, eso sí, el terreno se vuelve más resbaladizo y los caminos se llenan de barro. Pero también es cuando los arroyos bajan con más fuerza y el paisaje tiene ese aire salvaje que muchos asocian con Las Hurdes.