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sobre Fregenal de la Sierra
Conjunto Histórico-Artístico con un castillo templario que alberga una plaza de toros y mercado; cuna de ibéricos y folclore
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Las campanas de Santa María repican cerca de las siete cuando el cielo todavía está gris sobre la sierra. Desde el castillo, a primera hora, la bruma suele quedarse baja sobre la dehesa, agarrada a los alcornoques y a las encinas. Huele a tierra húmeda y a leña de la noche anterior. Abajo, en el mercado de abastos que funciona dentro del propio recinto del castillo, empiezan a levantarse las persianas metálicas y alguien comenta el tiempo mientras pesa carne en una báscula antigua.
El castillo que terminó siendo plaza
Subir por la cuesta que lleva al castillo es hacerlo despacio. Las calles aprietan entre casas blancas y el suelo, en algunos tramos, está pulido por décadas de pasos. La fortaleza domina el pueblo desde arriba y sus muros de piedra, de un tono ocre apagado, guardan uno de esos usos que desconciertan la primera vez que se ve.
Dentro está la plaza de toros.
Las gradas se apoyan contra el interior de la muralla y el ruedo ocupa casi todo el patio. No es un añadido moderno: forma parte de la vida del lugar desde hace generaciones. A esa hora de la mañana suele estar tranquilo. Se oyen palomas moviéndose entre las almenas y el eco de la gente que atraviesa el recinto para ir al mercado.
Porque el mercado municipal también está aquí dentro. Los puestos se reparten en las dependencias del castillo y el aire mezcla olores muy concretos: madera, embutido curado, papel de estraza, algo de humedad de piedra vieja. Es uno de esos espacios que siguen funcionando como siempre, sin demasiada escenografía.
Por encima de los tejados aparece la torre de la iglesia de Santa María. Desde algunos puntos del castillo se ve cómo sobresale sobre el caserío blanco y las cubiertas oscuras. Alrededor del pueblo, la dehesa se abre en todas direcciones: encinas separadas entre sí, cercas de piedra y caminos de tierra que se pierden suavemente entre las lomas.
Las danzas de noviembre
Cuando llega noviembre, Fregenal cambia el ritmo durante unos días. Es el momento de las danzas vinculadas a la Virgen de la Salud, una tradición muy arraigada en el pueblo. Los danzaores avanzan por las calles acompañados de tamboril y flauta, marcando pasos que se repiten desde hace mucho tiempo.
No es un baile espectacular en el sentido moderno. Más bien es un movimiento contenido, casi ritual: pasos cortos, giros medidos, el sonido constante del tambor marcando el compás. La procesión atraviesa calles estrechas del centro mientras la luz de la tarde va cayendo sobre las fachadas encaladas.
Si coincides esos días, conviene moverse con paciencia. El centro se llena y muchas calles quedan cortadas durante el recorrido.
La dehesa en el plato
A mediodía, sobre todo en los meses cálidos, el sol cae con fuerza sobre las plazas abiertas. Las mesas a la sombra se ocupan despacio y siempre aparece en algún momento el producto más ligado a esta zona: el cerdo ibérico criado en dehesa.
El jamón cortado muy fino deja un brillo suave de grasa que se vuelve casi transparente con el calor. También aparecen platos sencillos que aquí se preparan desde siempre: migas hechas en sartén grande, con pan, aceite y pimentón, a veces acompañadas con uvas o trozos de carne.
Todo tiene bastante que ver con el paisaje que rodea el pueblo. Las encinas y alcornoques que se ven desde cualquier mirador no están ahí solo para hacer bonito: forman parte de un sistema ganadero que lleva siglos funcionando en esta parte de Extremadura.
Cuando cae la noche sobre la sierra
Por la noche el pueblo se apaga rápido. A partir de cierta hora apenas quedan coches circulando y muchas calles del centro se quedan en silencio. Desde el cerro de San Cristóbal —uno de los puntos altos alrededor del casco urbano— se ve el conjunto del pueblo iluminado con una luz amarilla suave.
Fuera del núcleo urbano la oscuridad llega enseguida. Caminos de tierra, cercas, encinas aisladas y un cielo bastante limpio en muchas noches del año. En verano el aire suele ser seco y las estrellas se ven con claridad si te alejas un poco de las farolas.
Cuándo ir: La primavera y el otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por el pueblo y los alrededores sin el calor fuerte del verano. En noviembre hay más movimiento por las danzas tradicionales. En julio y agosto conviene madrugar o salir a última hora de la tarde: a mediodía el calor en la Sierra Suroeste aprieta de verdad.