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sobre Fuenlabrada de los Montes
Conocida como la capital de la miel; situada en la Reserva de la Biosfera de la Siberia con un entorno forestal rico
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Llegué a Fuenlabrada de los Montes con una mancha de miel en el pantalón y el coche oliendo a panal. Había comprado un tarro en una gasolinera de camino y la tapa no cerraba bien. Cuando abrí el maletero parecía que llevaba medio colmenar conmigo. Y, pensándolo después, no era tan raro: en el turismo en Fuenlabrada de los Montes la miel no es un souvenir, es casi el argumento del pueblo.
Estamos en La Siberia extremeña, que suena a novela de espías pero en realidad es una comarca de dehesas largas, carreteras tranquilas y pueblos que viven a su ritmo.
El pueblo que huele a panal
Fuenlabrada de los Montes ronda los 1.700 habitantes y desde hace décadas tiene fama por la apicultura. Hay muchas colmenas repartidas por el término —bastantes más de las que uno imagina al llegar— y un museo dedicado a este oficio que aquí se toma muy en serio.
El Museo de la Miel repasa cómo funciona un colmenar, cómo se recoge la miel y por qué en esta zona las abejas trabajan entre monte bajo, encinas y tomillo. No es un museo grande, pero sirve para entender por qué el tema de las abejas aparece en conversaciones, ferias y hasta en algunos detalles del pueblo.
El casco urbano es un bucle de calles blancas con cuestas suaves. En el Paseo de la Constitución el suelo tiene mosaicos hechos con piedra de río que dibujan colmenas y abejas. Caminas por encima casi sin darte cuenta, como si el pueblo hubiera decidido recordar a qué se dedica sin poner un cartel enorme.
Y luego está el Rollo de Santa Ana, una columna de piedra que queda en pie desde cuando la villa tenía jurisdicción propia. Básicamente era el lugar donde se exponía a los delincuentes. Hoy funciona más como recordatorio de que estos pueblos pequeños también tuvieron su cuota de historia institucional.
Iglesia, ermita y memoria rural
La Iglesia de la Asunción ocupa uno de los puntos altos del casco. Es un edificio del siglo XVI con mezcla de estilos, algo bastante habitual en iglesias levantadas y reformadas a lo largo de generaciones.
Cerca está la ermita de Santa Ana. En mayo suele celebrarse una romería vinculada a San Isidro, con la gente saliendo al campo desde primera hora. Es de esas jornadas en las que el pueblo cambia de ritmo: coches con remolques, familias enteras y olor a romero aplastado bajo los zapatos.
La historia reciente también dejó episodios duros por la zona durante la Guerra Civil. No es algo que veas explicado en paneles, pero si hablas con gente mayor aparecen relatos, a veces contados casi en voz baja. En muchos pueblos de interior la memoria funciona así: fragmentada, doméstica.
A pocos kilómetros está el Risco de San Blas, donde se conservan pinturas rupestres protegidas. Llevan ahí desde la prehistoria mirando al mismo valle por el que ahora pasan senderistas y algún rebaño.
Senderos por la dehesa
Una de las cosas que más agradecí aquí fue lo fácil que es salir a caminar sin cruzarte con demasiada gente.
El camino hacia el Risco de San Blas es corto y bastante asumible si vas con calzado cómodo y agua. Se tarda poco en llegar y, aunque las pinturas están protegidas, se distinguen bien.
Otra opción es el camino que conecta con Villarta de los Montes. Son varios kilómetros de dehesa, encinas y silencio. De esos trayectos en los que acabas caminando más despacio sin darte cuenta.
Cuando aprieta el calor, mucha gente baja a la zona conocida como la Pretura del Molino, donde el agua forma una piscina natural alimentada por el río Zapatón. Sombra, agua fría y chavales saltando desde las piedras: el típico plan veraniego de pueblo.
La miel como excusa para juntarse
La apicultura también tiene su fiesta. Cada otoño suele celebrarse una feria dedicada a la miel y a los productos de la zona. La plaza se llena de puestos, demostraciones relacionadas con las colmenas y dulces donde la miel manda claramente.
Entre lo que aparece por las mesas suelen estar las llamadas rosas de miel, un dulce muy típico en Extremadura, además de quesos de oveja o platos de cocina serrana. Aquí también es fácil encontrarse con chanfaina, ese arroz con vísceras de cordero que divide a la humanidad en dos grupos: los que repiten y los que piden otra cosa.
En agosto llegan las fiestas de la Virgen de la Asunción. Durante unos días el pueblo cambia bastante: más coches, más gente en la calle y ese ambiente de feria que en los pueblos pequeños se vive con intensidad.
¿Merece la pena parar en Fuenlabrada de los Montes?
Fuenlabrada de los Montes no juega a competir con pueblos de postal ni con destinos que se hicieron famosos en redes sociales. Aquí vienes a otra cosa.
A caminar un rato por dehesa, entender por qué la miel tiene tanta importancia en esta parte de Extremadura y sentarte un rato en la plaza viendo pasar la tarde.
Mi consejo es sencillo: ven sin prisa. Da una vuelta por el paseo, entra en el museo si te pica la curiosidad por las abejas y, si el día aprieta, busca el agua en la zona del Zapatón. En unas horas te haces una idea bastante clara del pueblo.
Y si aún te queda tarde, sigue conduciendo por La Siberia. Hay embalses cerca, carreteras que serpentean entre encinas y ese tipo de paisaje que no intenta llamar la atención, pero cuando te das cuenta llevas un buen rato mirándolo por la ventanilla.