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sobre Higuera la Real
Importante centro de producción de cerdo ibérico; cuenta con el yacimiento celta de Capote y un rico patrimonio religioso
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El turismo en Higuera La Real empieza por la nariz. Suena raro, pero es así. Aparcas el coche, te bajas después de las curvas del puerto de San Pedro y lo primero que notas es la mezcla: dehesa, encina y ese olor a jamón curándose en los secaderos. No es algo que hayan preparado para el visitante, es simplemente lo que hay. Y en ese momento piensas algo muy básico: si aquí huele así, algo bueno tiene que salir de esta tierra.
El sitio donde los celtici hacían barbacoas de 200 personas
Lo primero que me mencionaron fue el oppidum de Capote. El nombre suena un poco a serie histórica, pero en realidad es un yacimiento bastante serio que queda a pocos minutos del pueblo. Sales por un camino de tierra, dejas el coche junto a una encina enorme —de esas que parecen colocadas a propósito— y te encuentras con una muralla de piedra que lleva allí desde alrededor del siglo II a.C.
Dentro hay una estructura que siempre llama la atención: una sala cuadrada con banco corrido y una mesa de piedra en el centro. Imagínate el salón de tu casa, pero hecho de roca y sin tele ni enchufes. Allí aparecieron restos de lo que se interpreta como un gran banquete ritual. Se habla de una comida para unas doscientas personas. La primera vez que me lo contaron pensé: “vale, estos sabían montar reuniones”.
La explicación que suelen dar es que tenía un sentido ceremonial, probablemente para sellar acuerdos o alianzas. Algo bastante humano, en realidad. Cambian los siglos, pero seguimos arreglando muchas cosas alrededor de una mesa.
La villa que no parece de Higuera La Real
Después de la excursión prehistórica me acerqué a la Villa de Santa Lucía. No es exactamente un pueblo aparte, más bien una colonia residencial pegada a Higuera, pero cuando entras da la sensación de que estás en otro sitio.
Las calles forman cuadrículas bastante ordenadas, con casas bajas y jardines cuidados con ese esmero de quien riega todas las tardes en verano. Me recordó a esas urbanizaciones que se construían hace décadas para pasar temporadas largas, solo que aquí todo tiene un aire más tranquilo, más cotidiano.
Hay una plaza con bancos y una fuente que no para de soltar agua. Me senté un rato y pasó lo que suele pasar en sitios así: un señor empujando el carrito de la compra, una mujer regando mientras hablaba por teléfono con alguien de la familia, un coche que pasa despacio. Nada espectacular, pero justamente por eso tiene gracia. Es como si alguien hubiera colocado un trocito de barrio en medio de la dehesa.
El jamón que no necesita cartel
Con el jamón pasa algo curioso en Higuera La Real. En otros sitios es reclamo. Aquí es despensa.
Pides un plato en cualquier bar del pueblo y te lo ponen con la naturalidad con la que en otros sitios te sirven una tortilla. No hace falta mucha explicación: la dehesa está alrededor y el cerdo ibérico forma parte de la economía local desde hace generaciones.
En otoño, cuando llega la montanera, es bastante habitual ver a los animales moviéndose por la dehesa buscando bellotas bajo las encinas. No es una escena preparada; es simplemente el campo funcionando como siempre ha funcionado por aquí.
No voy a dar nombres de sitios porque en los pueblos pequeños esas cosas se comentan luego. Pero tampoco hace falta demasiada investigación: preguntas dónde se come bien y alguien te manda a dos calles más allá. Así funciona.
Cómo no aburrirse (o aburrirse bien)
Higuera La Real no es un lugar de lista de actividades. Es más bien de pasear y ver qué pasa.
Los alrededores están llenos de caminos que salen hacia la dehesa. Algunos son pistas anchas, otros senderos que parecen hechos a base de que la gente los ha usado durante años. Yo terminé siguiendo uno que salía detrás del cementerio y acabé en una era donde un agricultor estaba peleándose con un tractor.
Nos pusimos a hablar un rato: lluvias que llegan tarde, el precio de la bellota, y la eterna discusión sobre quién hace el mejor gazpacho extremeño de la familia. Veinte minutos se pasan sin darte cuenta.
No hay grandes planes ni un recorrido marcado con flechas cada diez metros. Pero sí hay ese tipo de tranquilidad que hace que el tiempo vaya más despacio. Das una vuelta por el pueblo, comes algo contundente, y en algún momento te sorprendes pensando que una siesta no sería mala idea.
Y cuando te marchas, te queda la sensación de haber pasado un domingo sencillo. De los que no parecen gran cosa mientras ocurren, pero luego recuerdas con bastante cariño.