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sobre La Morera
Pequeño pueblo blanco situado en la falda de una sierra; destaca por su tranquilidad y entorno natural
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A las diez de la mañana, cuando el sol ya empieza a apretar en esta parte de la comarca de Zafra‑Río Bodión, el olivo conocido como «La Tapada» proyecta una sombra redonda sobre la tierra clara. En el centro hace algo menos de calor que fuera, como si el árbol guardara su propio aire. Las ramas se retuercen en direcciones improbables y algunos troncos —más de uno tan ancho como una cintura— salen del mismo punto del suelo. Conté más de una decena antes de perder la cuenta.
El cartel que lo señala habla de un olivo milenario. Nadie en el pueblo parece discutirlo demasiado, aunque tampoco verás a nadie jurar una fecha exacta. Lo que sí comentan es que el árbol sigue dando aceituna algunos inviernos. Cuando la cosecha viene bien, el aceite acaba repartiéndose entre vecinos o entre quien pase por allí con una garrafa vacía y paciencia para escuchar historias.
El silencio de los 698
La Morera aparece casi de repente. Desde la EX‑104 hay un desvío discreto y en pocos minutos estás entrando por la calle Real. La torre cuadrada de la iglesia de San Lorenzo se ve desde lejos, recortada contra un cielo que en primavera suele estar limpio, muy azul.
Según el padrón viven aquí 698 personas. A media tarde parecen menos. Las sillas salen a la puerta de las casas o se arriman a las fachadas buscando sombra. El murmullo que llega desde dentro de los bares es bajo, como si la conversación no quisiera salir a la calle.
Caminar por La Morera es distinguir entre silencio y quietud. Las casas son bajas, muchas encaladas hasta media altura. Algunas puertas quedan entornadas. Se oye un gallo, luego un coche que pasa despacio, luego otra vez el gallo.
En la plaza —más ancha que larga— hay un pequeño kiosco de música que lleva años sin uso. Los gatos lo han convertido en lugar de descanso a la sombra. A esa hora de la tarde las tejas y los canalones reflejan la luz con un brillo seco que obliga a entrecerrar los ojos.
La huella de Santiago
Desde la plaza se sube en pocos minutos al cerro donde estuvo el castillo. Hoy quedan restos de muros y piedras dispersas, sin demasiada señalización, pero la vista compensa la cuesta. Desde arriba la dehesa se abre en ondulaciones suaves, salpicada de encinas oscuras sobre campos más claros.
Este territorio perteneció a la Orden de Santiago a finales de la Edad Media, como buena parte del sur de Badajoz. Algunos vecinos todavía señalan por dónde discurría la antigua muralla del pueblo. Hay quien recuerda haber visto piedras reaprovechadas en corrales o caminos.
La iglesia de San Lorenzo conserva elementos que parecen antiguos, entre ellos un arco apuntado en uno de los accesos. Dentro huele a cera y a madera vieja. Las vigas del techo están oscurecidas por el humo de décadas. No siempre está abierta; cuando lo está, suele ser porque alguien del pueblo tiene la llave y se acerca a echar un vistazo.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
La primavera suele ser el momento más agradecido para acercarse. Entre marzo y mayo la dehesa se pone muy verde y los caminos de tierra de los alrededores, si no ha llovido demasiado, se pueden recorrer sin dificultad con un coche alto o caminando.
En verano el calor cae sin filtro y las sombras son escasas fuera del casco urbano. Conviene madrugar si se quiere andar por el campo. En invierno el ambiente es tranquilo y el pueblo queda casi detenido durante las tardes.
Si sales a caminar por los alrededores, mejor llevar calzado cerrado: entre las piedras y la hierba seca se mueve bastante fauna pequeña, sobre todo cuando aprieta el calor.
Volver al olivo al final del día
Al atardecer la luz cambia rápido en la dehesa. El sol cae hacia el oeste y las encinas empiezan a alargar las sombras sobre la tierra. Bajo «La Tapada» el aire se queda quieto y huele a tomillo y a polvo caliente.
Algún pájaro se posa entre las ramas y repite su canto con una regularidad casi mecánica. Cuando el cielo empieza a apagarse, el olivo queda como una silueta oscura contra el último naranja del horizonte.
Quizá por eso cuesta escribir una guía detallada sobre La Morera. No es un lugar de listas largas ni de recorridos marcados. Funciona mejor cuando uno llega sin demasiada prisa, se sienta un rato a la sombra y deja que el pueblo vaya hablando poco a poco.