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sobre Campanario
Localidad destacada de La Serena conocida por su romería de Piedraescrita; entorno de llanuras esteparias y yacimientos arqueológicos
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A las ocho de la mañana, el olor a pan recién hecho se mezcla con el de la hierba de la dehesa que entra por la ventanilla del coche. Hay una neblina muy baja sobre los campos de cultivo que rodean el pueblo, y cuando abres la puerta llega ese perfume dulzón del anís que aquí se cultiva desde hace generaciones. El turismo en Campanario empieza así, con olores antes que con monumentos.
El queso que se come con cuchara
En la plaza de España, bajo el alero de la llamada Casa del Diablo —un palacio del siglo XVI con figuras talladas en la cornisa que siempre han dado pie a historias de pueblo—, la mañana avanza despacio. Todavía hay persianas a medio abrir y el sonido de las sillas arrastrándose sobre el suelo de la plaza.
Aquí el queso no se corta: se abre.
La torta de La Serena, hecha con leche de oveja merina y cuajo vegetal, llega a la mesa blanda, casi temblando. En muchos sitios la sirven de la manera más sencilla: un corte en la parte superior y pan al lado. Luego cada cual va metiendo la cuchara. Cuando está en su punto se derrama despacio, espesa, con ese sabor ligeramente amargo que deja el cardo.
En primavera suele haber ferias y encuentros dedicados al queso en la comarca, aunque no siempre caen en la misma fecha. Si vienes fuera de esos días, tampoco cambia mucho la cosa: la torta sigue estando ahí. Solo conviene comerla sin prisa, cuando ya ha perdido el frío y la cuchara entra casi sola.
Las tres ermitas y el cerro
Desde el entorno de la ermita de Piedraescrita el pueblo se ve entero: las tejas rojizas, el campanario de la iglesia de la Asunción sobresaliendo sobre las casas y, alrededor, los campos abiertos de La Serena extendiéndose hasta donde alcanza la vista.
La romería suele celebrarse a mediados de agosto. La subida no es larga, pero conviene hacerla temprano. A las nueve de la mañana el sol ya empieza a apretar y el camino tiene poca sombra.
La ermita es pequeña, de piedra irregular, con ese olor mezclado de cera y hierbas secas que se queda en el aire. Dentro está la Virgen de Piedraescrita, una imagen antigua muy ligada al pueblo. Afuera, cuando el viento se mueve un poco, se oyen las colmenas de la dehesa y el zumbido constante de las abejas.
En los caminos de alrededor a veces aparece fauna que pasa desapercibida si vas rápido. Alguna tortuga mora puede cruzar la vereda en los meses cálidos. Lo mejor es dejarla seguir su camino: están protegidas y bastante tienen con esquivar el calor.
El yacimiento donde los guerreros dormían
A unos cinco kilómetros del casco urbano, en la zona conocida como La Mata, hay un yacimiento arqueológico que sorprende por lo desnudo del paisaje. Los muros bajos de piedra se recortan sobre la loma como si alguien hubiera dibujado el plano de un poblado y luego hubiera desaparecido.
Se trata de un enclave de época orientalizante, de alrededor del siglo V a.C. En la zona aparecieron estelas de guerrero grabadas en pizarra, con espadas y figuras esquemáticas que todavía hoy se estudian para entender quién vivía aquí y cómo se organizaban.
El acceso suele ser libre y el entorno está bastante abierto. No esperes un recinto musealizado: es más bien un paseo por un terreno donde el pasado aparece en forma de piedras alineadas.
El recorrido por los alrededores puede hacerse caminando, aunque el suelo tiene bastantes cantos y conviene llevar calzado cerrado. La distancia total depende del camino que sigas, pero fácilmente se alarga varios kilómetros entre encinas y silencio.
Trincheras y rosas
Al norte del pueblo, en la zona de Los Barrancos, todavía se distinguen zanjas excavadas en la tierra rojiza. Son restos de posiciones defensivas de la Guerra Civil. El terreno, erosionado por el agua y cubierto ahora de tomillo y jaras, hace que a veces cueste reconocerlas si no sabes dónde mirar.
Después de la lluvia el olor a tierra mojada llena todo el barranco, mezclado con romero silvestre. Es uno de esos lugares donde el paisaje parece tranquilo pero guarda capas de historia.
En el lado más doméstico del pueblo están las llamadas rosas campanariegas, un dulce muy ligado a las celebraciones locales. Tradicionalmente se preparan en torno a las fiestas de marzo, con masa frita o laminada, azúcar y un toque de canela o limón según la receta de cada casa.
No es algo que se encuentre todo el año. Cuando toca hacerlas, el olor dulce se escapa de los hornos y se nota en varias calles del centro.
Cuándo ir y qué evitar
La primavera suele ser el momento más agradecido para acercarse. Los cultivos están verdes, el aire aún se mueve y caminar por la dehesa no resulta pesado.
En agosto el ambiente cambia bastante, sobre todo durante las fiestas patronales de mediados de mes. Hay más gente, música hasta tarde y el pueblo funciona a otro ritmo.
Si vas a salir a caminar por los alrededores, evita las horas centrales del día. En La Serena las sombras escasean y el calor aprieta rápido. Llevar agua no es un consejo menor: muchas rutas pasan kilómetros sin una fuente cerca.
Y con la torta de La Serena conviene hacer lo mismo que hacen aquí: esperar un poco. Cuando el queso ha templado y empieza a ceder, entonces sí. Ahí es cuando realmente se come con cuchara.