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sobre Esparragosa de la Serena
Pueblo de tradición vinícola en la comarca de La Serena; conocido por sus vinos de pitarra y entorno de dehesa
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Llegué a Esparragosa de la Serena después de conducir un buen rato por una carretera que parecía no llevar a ninguna parte. El GPS marcaba un punto perdido en el mapa y, al llegar, lo que encontré fue un pueblo que da la sensación de haberse quedado tranquilo en otra época. Y no lo digo como crítica. Es como cuando abres el armario de tu padre y aparece una chaqueta vieja que sigue funcionando perfectamente.
El pueblo que se niega a desaparecer
Con algo más de 900 habitantes repartidos por el término municipal, Esparragosa es ese tipo de sitio donde los nombres de pila bastan para saber de quién hablas. Aquí la prisa no manda demasiado. A media mañana el bar de la plaza suele llenarse, pero no de gente con cámara al cuello: son vecinos que paran un rato después de haber estado en el campo desde temprano.
Al entrar al pueblo llama la atención la iglesia de Santa María Magdalena. Es grande para un lugar de este tamaño, casi desproporcionada. Como cuando ves a un crío con zapatos de adulto: le quedan grandes, pero ya crecerá. La obra empezó hacia finales del siglo XV y con el tiempo se le fueron añadiendo partes. El resultado es una mezcla curiosa de estilos que, sorprendentemente, encaja bastante bien.
Subir a la ermita sin morir en el intento
Desde el centro salen los escalones que llevan hasta la ermita de la Virgen de la Cueva. Son más de trescientos, y al principio parecen poca cosa… hasta que llevas un rato subiendo.
No es una caminata épica ni nada por el estilo, pero tiene su gracia. A mitad de subida empiezas a preguntarte si de verdad hacía falta poner tantos escalones. Arriba, eso sí, se entiende el motivo: desde allí la Serena se abre entera delante de ti, con ese paisaje de dehesas, olivos y campos que parece una manta extendida hasta el horizonte.
Consejo de colega: sube por la mañana. El sol de esta zona, cuando se pone serio, no tiene mucha paciencia con los que llegan sin agua. Yo aprendí la lección viendo a un señor mayor subir tan tranquilo mientras yo iba detrás resoplando.
Las migas y el queso de la zona
Las migas aquí a veces llegan sin chorizo, lo cual a mí al principio me chocó. Pero luego te ponen delante queso de oveja de la zona y unos buenos tropezones de panceta y empiezas a entender la lógica. Al final el plato funciona tal cual.
En verano el pueblo suele moverse más. Hay días de feria y encuentros alrededor del vino y los productos de la comarca, donde aparecen vinos de la zona de La Serena y alrededores. No es un evento sofisticado: más bien ambiente de plaza, charla larga y gente probando cosas sin demasiada ceremonia.
Cuando el pueblo se disfraza
Hay una fecha del año en la que Esparragosa cambia de ritmo: el Carnaval Zorrero. El nombre viene de cómo se llaman los vecinos del pueblo, “zorreros”. Ese día aparecen disfraces hechos con lo que haya por casa: sacos, ropa vieja, máscaras improvisadas.
Recuerdo ver a uno disfrazado de olivo. Literal. Con ramas incluidas. Ese tipo de ideas solo salen cuando todo el mundo se conoce y nadie se toma demasiado en serio.
También está la romería de San Isidro, que se celebra en el campo, cerca de la ermita de Los Pilaritos. Familias enteras pasan el día allí bajo las encinas, con comida, vino y mesas improvisadas. Tiene algo de excursión de colegio, pero con mucho menos control y bastante más conversación.
La historia que aparece cuando baja el agua
Por la zona del embalse de La Serena se habla a menudo de restos romanos que quedaron bajo el agua cuando se construyó la presa. Dicen que pertenecían a una villa antigua y que, cuando el nivel del embalse baja mucho, a veces se intuyen estructuras o restos en la orilla. No es algo que puedas planificar ver, pero forma parte de esas historias que siempre acaban saliendo cuando hablas con la gente del lugar.
Otra curiosidad: Esparragosa está hermanada con Baler, en Filipinas. La relación tiene que ver con un religioso nacido aquí que acabó ligado a la historia política del país. Es de esas conexiones improbables que aparecen cuando tiras del hilo de un pueblo pequeño.
Mi verdad sobre Esparragosa
Esparragosa de la Serena no es un sitio al que llegues por casualidad mientras haces una ruta turística. Hay que venir a propósito.
Si buscas calles llenas de tiendas de recuerdos o colas para hacerse fotos, aquí no las vas a encontrar. Lo que sí hay es vida de pueblo de verdad: tractores pasando por la calle, gente charlando en la puerta de casa y campos enormes alrededor.
A mí me gusta venir en primavera. Los campos cambian de color, el aire huele a tierra húmeda y el paisaje de la Serena se entiende mejor. Subes a la ermita, das una vuelta tranquila por el pueblo y acabas hablando con alguien en la plaza sin saber muy bien cómo empezó la conversación.
Y eso, para mí, ya justifica la visita. Porque hay lugares que no intentan impresionarte. Simplemente están ahí, viviendo a su ritmo. Y Esparragosa es bastante de ese tipo de sitio.