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sobre Zalamea de la Serena
Famosa por la obra de Calderón 'El Alcalde de Zalamea'; cuenta con el dístilo romano único en la península
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Cuando llegas a Zalamea de la Serena lo primero que suele aparecer es un cartel recordando que aquí nació Pedro de Valdivia, el conquistador que terminó fundando ciudades al otro lado del Atlántico. Es como si el pueblo se presentara diciendo: “oye, que de aquí salió alguien que hizo historia”. Y algo de razón tiene. Para un municipio de poco más de tres mil habitantes, aquí se acumulan conquistadores, gramáticos, restos romanos y hasta un festival de teatro que implica a medio pueblo.
El pueblo que se cree obra de teatro
Lo de Zalamea es curioso. Mucha gente conoce el nombre por El Alcalde de Zalamea, la obra de Calderón de la Barca que a más de uno le tocó leer en el instituto. Lo llamativo es que el pueblo existe… y cada verano la obra vuelve a las calles.
Durante varios días, centenares de vecinos se visten de soldados, campesinos o nobles y representan la historia en distintos rincones del casco urbano. No tiene pinta de espectáculo montado para autobuses de excursión. Se parece más a cuando un pueblo entero decide implicarse en algo porque lo siente suyo.
La trama va de honor y justicia, pero lo interesante es el ambiente. Ves a gente mayor diciendo sus frases con una seriedad tremenda, chavales haciendo de soldados y vecinos mirando desde las puertas de casa. En ese momento entiendes que aquí el teatro no es decoración cultural: forma parte de la identidad del pueblo.
Por el centro todavía se señala la casa asociada al personaje de Pedro Crespo, el alcalde de la historia. No es un museo espectacular ni nada parecido; es más bien uno de esos edificios que te obligan a parar un momento y pensar que la literatura también deja huella en los lugares reales.
Un santuario tartésico en mitad de la dehesa
Si te gusta la arqueología, cerca de Zalamea hay una parada que merece el desvío: Cancho Roano. Está a unos kilómetros del pueblo, en plena llanura de La Serena, y cuando llegas cuesta imaginar qué hace un complejo tartésico tan elaborado en medio del campo.
Se trata de un santuario de época prerromana con una arquitectura bastante inusual en la península. Los arqueólogos llevan décadas estudiándolo porque mezcla influencias mediterráneas con tradiciones locales. Dicho de forma sencilla: parece un edificio que no esperas encontrar en esta parte de Extremadura.
La visita se hace con pasarelas alrededor de las ruinas, lo que ayuda a entender la estructura del conjunto. No es un yacimiento enorme, pero sí de esos que te hacen pensar en las rutas comerciales antiguas y en lo conectado que estaba el mundo mucho antes de lo que solemos imaginar.
El monolito romano que apareció donde nadie lo esperaba
En el casco urbano hay otro detalle histórico que sorprende bastante: el Dístilo de Zalamea. Es un monumento romano formado por dos columnas unidas por un bloque superior, y se considera uno de los restos romanos más singulares de Extremadura.
Lo curioso es cómo salió a la luz. Según cuentan en el pueblo, apareció al desmontar parte de una antigua torre vinculada a la iglesia. Imagina la escena: empiezas a derribar un muro viejo y resulta que dentro hay un monumento romano de varios metros de altura.
Hoy está integrado en el entorno de la iglesia y se ve sin esfuerzo al pasear por el centro. No necesitas dedicarle una hora; basta con acercarte, mirarlo un momento y pensar que lleva ahí casi dos mil años mientras el pueblo crecía a su alrededor.
Donde Nebrija trabajó en la lengua que hablamos
Otro lugar que suele mencionarse es el palacio de Don Juan de Zúñiga. A simple vista parece una casa señorial más, pero tiene un peso cultural considerable: allí pasó una temporada Antonio de Nebrija trabajando bajo el mecenazgo de esta familia.
Nebrija es el autor de la primera gramática del castellano, publicada a finales del siglo XV. Dicho de otra manera: buena parte de las reglas que usamos hoy para escribir español empezaron a tomar forma en lugares como este.
El edificio conserva detalles interesantes, como techumbres decoradas y estancias que recuerdan el ambiente humanista de la época. No es el típico palacio monumental, pero tiene esa sensación de sitio donde se pensaron cosas importantes.
Migas, queso de La Serena y comida de la que pide siesta
Después de tanto paseo, toca hablar de comida. En Zalamea y en toda La Serena manda el producto de la dehesa: oveja, cerdo ibérico y quesos potentes.
El queso de La Serena es probablemente el más conocido. Se hace con leche de oveja merina y cuando está bien curado tiene una textura cremosa que casi se come con cuchara. Si no lo has probado nunca, prepárate para algo bastante intenso.
Luego están platos muy de la zona: migas con torreznos, guisos contundentes y dulces tradicionales que tiran mucho de almendra y azúcar. Es comida de la que te deja pensando seriamente en una siesta después.
La plaza principal ayuda bastante con eso. Tiene soportales y bancos de piedra donde la gente se sienta a pasar la tarde, sin prisa. Ese tipo de plaza donde siempre hay alguien charlando y algún crío cruzando con la bici.
Cuándo merece más la pena acercarse
Si vas en pleno verano coincidirás con la representación de El Alcalde de Zalamea, que es cuando el pueblo tiene más movimiento. También es cuando más calor hace, así que conviene ir mentalizado.
A mí personalmente me gusta más en otoño o primavera. La dehesa alrededor del pueblo cambia bastante con las estaciones y se agradece poder caminar sin que el sol apriete demasiado. Hay caminos sencillos por los alrededores y zonas de agua cerca del municipio donde muchos vecinos salen a dar un paseo.
Zalamea no es un lugar para pasar tres días viendo monumentos uno detrás de otro. Es más bien una parada tranquila dentro de La Serena: das una vuelta por el centro, te acercas a Cancho Roano, comes con calma y luego te quedas un rato mirando la llanura.
Y con eso ya te llevas una buena idea de cómo funcionan muchos pueblos de Extremadura: discretos por fuera, pero con más historia acumulada de la que parece a primera vista.